Voces ensortijadas 242. El encanto sonoro de la noche. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

El encanto sonoro de la noche

La época de lluvias estaba en su apogeo en el verano. Bertha disfrutaba de la lluvia, siempre y cuando estuviera en casa. Tenía gratos recuerdos de pequeña cuando en los días lluviosos las clases en la escuela se suspendían. Ella y sus hermanos solían jugar, inventándose historias que iban en barcos y transformando la sala de su casa en ese escenario.
El fin de semana Bertha, Amparo su pequeña hija de cinco años y Jacobo su esposo habían quedado de acampar en el patio de su casa. Amparo tenía mucha emoción por acampar; la situación económica en la familia no estaba tan generosa para salir de paseo fuera de la ciudad, así que Bertha propuso hacerlo en casa. A Jacobo y Amparo les pareció buena idea.
Cada integrante de la familia tenía asignadas tareas y las realizaron. Amparo buscó las lámparas de mano, unas cobijas y tapetes para colocar en el piso. Jacobo preparó los sandwiches para la cena. Eligió hacerlos dulces y salados. A Amparo y a Bertha les gustaba la mermelada de higos, también el atún con aguacate y lechuga. Bertha fue a buscar la casa de campaña que tenían tan guardada que le costó encontrarla. También preparó un té de zacate con una pizca de canela. Ésa era una bebida caliente que les encantaba.
Mientras buscaba la casa de campaña, Bertha halló unas velitas que había olvidado que tenía en casa. Se le ocurrió que podría colocarlas en vasos chicos y hacer como un pequeño camino con ellas que le diera un toque especial frente al campamento.
Entre los tres instalaron la casa de campaña, la reforzaron por si acaso llovía, acondicionaron al interior. Jacobo fue por la cena y Bertha con ayuda de Amparo prendió las velitas. Eran alrededor de las siete de la noche cuando el campamento ya estaba listo, así que decidieron entrar. No solo Amparo estaba emocionada también su mamá y papá.
Entraron a la tienda de campaña, prendieron las lámparas. Acto seguido comenzaron a caer unas gotitas de agua, estaban con tal algarabía degustando la cena que no alcanzaron a percibirlas hasta que la llovizna dejó de serlo para tornarse en una lluvia más fuerte. Amparo no tardó en preguntar si la casa de campaña resistiría a la lluvia, Bertha le dijo que sí, secundada por Jacobo.
Jacobo propuso leer el libro Las mil y una noches, como por arte de magia, lo sacó de una de las cobijas. Bertha y Amparo aceptaron, cada quien fue leyendo en voz alta una parte. Estaba tan entretenida la lectura que se olvidaron de la lluvia, hasta que Amparo dijo,
—¿Ya no está lloviendo?
—Es cierto, ¿tienen sueño? —preguntó Bertha.
—Yo no, ¿y ustedes? —respondió Jacobo.
—Tampoco —dijo Amparo.
Bertha les propuso acostarse, apagar las lámparas y disfrutar el encanto sonoro de la noche. Justo después de la lluvia había una especie de magia con los sonidos. Les invitó a disfrutarlos. Así, fueron distinguiendo el canto de los grillos, el croar de las ranas, el gotear de algunas hojas de los dos árboles que tenían en el patio y cerca de donde estaba la casa de campaña, más allá los ladridos de algunos perros de casas vecinas. Esa noche la lluvia había sido un bello regalo para disfrutar más su campamento.


    
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 241. La vida es una fiesta. María Gabriela López Suárez


Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

La vida es una fiesta

Julieta había quedado de comer el sábado con Mónica y Ramiro, dos de sus amistades de la época universitaria. Pese a su intensa semana laboral había despertado temprano ese día, tenía alrededor de un mes sin hacer su rutina de caminata en fines de semana. Echaba de menos salir a caminar, disfrutar la mañana sin prisas, escuchar el canto de los pájaros que solían habitar el parque por el que normalmente pasaba como parte de su ruta y observar esos detalles que de lunes a viernes pasaba inadvertidos por el incesante transcurrir del tiempo.
Mientras caminaba se percató que había nuevos murales en algunas bardas de casas, varios de ellos con alusión a temas de cuidado a la naturaleza. También encontró pequeños letreros como señalética para recordar depositar la basura en los botes. Eso le alegró no solo la vista sino también el corazón, sobre todo porque en esa zona había pequeñas áreas verdes y más de una ocasión ella había levantado botellas de plástico que la gente tiraba.
—¡Ojalá que estos murales nos hagan reflexionar y tener presente que si cuidamos a la naturaleza nos cuidamos! —se dijo en voz alta.
Continuó su recorrido, hizo una pequeña pausa para tomar agua, se dio cuenta que aunque era sábado había mucho movimiento, personas en distintas faenas, ésas que normalmente no tenía el gusto de observar en la semana. Se alegró de haber retomado la caminata, decretó desde su corazón que el tiempo tenía que ser su aliado, para poder disfrutar al máximo cada instante.
Al retomar su caminata vio a lo lejos que unas personas adultas mayores tenían una plática amena en la puerta de una casa. Al pasar cerca de ellas se dio cuenta que era una señora y dos señores quienes conversaban. El rostro de las tres personas mostraban alegría, la señora era quien tenía el turno de la palabra, justo cuando Julieta pasó frente a ella la escuchó decir:
—¡La vida es una fiesta! Reímos, bailamos, luego paramos, nada es para siempre.
El tono en que la señora expresó su sentir hizo mover muchas emociones en Julieta, cuántas veces se podía olvidar que la vida es una continua sucesión de oportunidades para estar y vivirlas. Vinieron a su mente los instantes de agobio y estrés en su dinámica cotidiana, había tanto que soltar. Siguió su caminata con más ánimo para luego dirigirse rumbo a casa.
Al llegar a su domicilio respiró profundo, vaya que la actividad había sido intensa, no solo por haber retomado el ritmo de hacerla sino por la cantidad de paisajes con los que se había deleitado. En eso estaba cuando escuchó su celular, era un mensaje de Ramiro, les preguntaba a Mónica y a ella si confirmaban la comida de esa tarde. Mientras Julieta respondía el mensaje afirmando que ella ya tenía agenda apartada para comer con ambos, que tenía muchas ganas de saludarles y conversar largo y tendido, sonrió para sí. Luego se dirigió a la cocina para ver qué prepararía de desayuno, el canto de un pájaro se escuchó como fondo musical y en su mente resonó nuevamente la frase, la vida es una fiesta.

    
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 240. Los dulces del terruño. María Gabriela López Suárez

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María Gabriela López Suárez

Los dulces del terruño

Terminó la jornada laboral del miércoles, Mariela apagó su equipo de cómputo, tomó su bolso y se encaminó a la salida. En el pasillo coincidió con Mercedes y Trinidad, quienes trabajaban en el área de contabilidad de la empresa, se saludaron y platicaron brevemente. El tema de la charla fue el clima, coincidieron en que percibían aires del tiempo que daban señales cercanas a fin de año, específicamente, un clima que anunciaba el Día de Muertos. Lo más curioso es que aún estaban en verano. Se despidieron y cada quien tomó su rumbo.
     Mariela se quedó pensando en la coincidencia con Trinidad y Mercedes, de inmediato vino a su mente el mensaje de dulces regionales. Antes de subir a su coche revisó su reloj eran las 5:15 de la tarde, recordó que Damián, su hijo, le había pedido que le comprara algunos dulces regionales. Al día siguiente tenía que participar en una exposición en la primaria.
     —¡Uff por poco se me olvida! ¡Bendito clima que me hiciste evocar los dulces! —dijo para sí.
     Subió al carro, estaba a tiempo de pasar cerca del mercado, justo cerraban a las 6 de la tarde. Por fortuna no tuvo problemas para hallar lugar donde estacionarse. Ahora el reto era encontrar puestos donde vendieran dulces.
     Mariela caminó entre los puestos, el área de las cocinas económicas estaba casi por cerrar. Se sintió extraña al pasar por ahí sin que nadie la llamara, como solían hacer en las cocinas cuando era mañana o mediodía, "¡pásele, le mostramos la carta! ¿Qué va a querer güerita?" Apresuró un poco el paso, atravesó el pasillo de las carnicerías, todo cerrado. Dio vuelta y alcanzó a distinguir unos canastos grandes, seguro eran las señoras que vendían pan, ya no estaba tan lejos de hallar quien vendiera dulces.
     Para la sorpresa de Mariela además de los puestos de pan estaban los de tamales, pero de dulces no se miraba ninguna señora con venta. El corazón de Mariela comenzó a sentir una especie de angustia, se resistió a mirar el reloj. No se dio por vencida y preguntó con una señora que vendía tamales y atole, dónde podría encontrar dulces regionales. La señora hizo un ademán en dirección opuesta a donde estaba. Mariela agradeció y se dirigió a ese rumbo.
     La mirada de Mariela se alegró, al fondo había una señora ya mayor, con una pañoleta roja cubriendo su cabeza, era la única que estaba vendiendo dulces. Los productos de la señora eran diversos, tenía dulces de cupapé, higos, camote, turuletes, chilacayote, gaznates y puxinú.
     —Buenas tardes señora —dijo Mariela.
     —¿Buena tarde chula, qué va usté a querer? —respondió la señora.
     Mariela hizo su pedido con un poco de cada dulce, se sintió afortunada de encontrar a la señora vendiendo a esa hora. Cada uno de los dulces le gustaba. Además de comprar para la tarea de Damián, apoyaba al comercio local y a una labor que cada vez se volvía más escasa, la elaboración de dulces regionales, los dulces del terruño. Dio las gracias a la señora, quien también se mostró contenta.
     —Muchas gracias señora —dijo Mariela.
     —¡Dios la bendiga chula! Le voy a poner su coitán, usted me trajo la suerte, ya voy a levantar mi venta, ya es tarde —señaló la marchanta.
     Mariela retomó su camino, con el corazón contento, vino a su mente la época de su infancia donde las vendedoras de dulces pasaban en las calles, vendiendo de casa en casa, con su canasto sobre la cabeza y anunciando sus productos de una manera muy particular,
     —¿Vas té a queré caballito, turulete, dulce de puxinú, oblea, gaznate?
     Vaya que los tiempos cambian pensó, ya tenía que compartirle a Damián, para su exposición sobre los dulces del terruño.


    
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 239. Mariposas en verano. María Gabriela López Suárez


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María Gabriela López Suárez

Mariposas en verano

Ese sábado Araceli despertó alrededor de las 7:30 de la mañana. A José, su papá, le sorprendió que en fin de semana estuviera despierta a esa hora. Mientras se preparaba un licuado de leche con manzanas y peras, le explicó a su papá que el motivo de madrugar ese día era porque quería comprar materiales para una maqueta que le habían pedido en la prepa. La tienda donde vendían lo que requería solo trabajaba un rato en día sábado. Se dio un baño y se apresuró para salir antes de las 9 de casa.
     Aunque el día era soleado, a esa hora todavía se percibía cierta sensación de frescura. Araceli se percató que mientras caminaba sobre la acera izquierda, apareció una mariposa amarilla en tamaño pequeño, volando en medio de la calle,  luego una mariposa más se incorporó y como en una especie de sincronización los vuelos de ambas se conectaron. Araceli las observó y pensó que era una linda manera de iniciar el día, sobre todo cuando era muy raro ver volar mariposas en las calles de la ciudad.
     A medida que continuó su recorrido las imágenes de las mariposas fueron viniendo a su mente; recordó que de niña solía ver muchas mariposas en las calles. Intentó identificar en los recuerdos si era en la época de verano cuando las veía, justo coincidió en que sí. Había olvidado que el vuelo de las mariposas le generaba una grata sensación y ánimo, como si ella también estuviera en movimiento con ellas. En ese mar de pensamientos, se le hizo breve  el trayecto a la tienda.
     Cuando Araceli se percató que la tienda que buscaba ya estaba abierta, sintió una especie de tranquilidad, aunque lo estaría más cuando verificara que ahí vendían los materiales que le faltaban para hacer su maqueta. En efecto, ahí encontró lo que necesitaba. Preguntó costos e hizo cuentas para ver si llevaba el dinero suficiente para la compra. Se detuvo unos instantes, no le alcanzaría para comprar todo lo que quería; antes de que pudiera juzgarse por no haber previsto llevar más dinero o pedirle a su papá, se hizo algunas preguntas:
     —¿A ver Araceli, en realidad requieres todo eso? ¿Hay algunos productos que podrías sustituir creándolos tú con materiales reciclables? ¿Y si lo intentas?
     En eso estaba cuando de nuevo vinieron a su mente las mariposas en movimiento, esa ligereza y ritmo en el vuelo era un hermoso paisaje para detenerse a observar. Sin duda que esa mañana la habían inspirado.
     Finalmente, decidió llevar solo algunos materiales, haría el intento de crear los que le faltaban. La materia prima a reutilizar la tenía; consideró integrar materiales como semillas, hojas y  ramas secas de flores o árboles que había en casa.
     Regresó a su domicilio, aún no había mucho movimiento en su familia, supuso que continuaban durmiendo. Se dirigió al patio donde tenían flores y algunos árboles frutales. Se agachó para recolectar hojas y ramas secas, mientras elegía cuáles eran las más idóneas para la maqueta se percató que una mariposa, luego otra y otra, revoloteaban en las flores que había en el patio. Hizo una pausa en su labor de recolección. Admiró la cadencia de los movimientos de las mariposas, sus bellos colores y decorados, su agilidad para ir de un lado a otro y luego posarse sobre las flores. El rostro de Araceli dibujó una sonrisa, las mariposas en verano la habían inspirado y recordado la importancia de crear desde lo que se tiene.


Foto de Quang Nguyen Vinh: https://www.pexels.com/es-es/foto/volador-agua-amarillo-animal-11669257/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 238. El valor del tiempo. María Gabriela López Suárez


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María Gabriela López Suárez
El valor del tiempo

Paola observó el reloj, las 5 de la tarde, tenía justo media hora para decorar las galletas de mantequilla del pedido que entregaría a las 6 en punto. Doña Rita, quien le había hecho el encargo, era muy puntual. Lo primero que se le vino a la mente fue llamar a Lorena, su hija mayor para que la ayudara. En ese momento recordó que no estaba, ella le había pedido ir a comprar unos materiales para un trabajo de la secundaria que tenía que entregar Mariana, su hija menor.
     —¡Qué mente la mía! Voy a llamar a Mariana, tiene menos práctica que Lore pero me ayudará —dijo para sí Paola.
     —¡Mariana, Mariana! Por favor, ¿puedes venir?
Se hizo una pausa, un breve silencio y luego se escuchó,
     —¡Voy mamá! ¡Ya voy!
Paola empezó a sentir el tic tac del reloj y Mariana no llegaba, justo cuando iba a llamarla nuevamente, se asomó.
     —Dime mamá. ¡Wow, qué bien huele! ¿Hiciste galletas?
     —Sí, tengo un pedido para doña Rita, ¿por favor, me ayudas con la decoración? ¿O prefieres ir acomodando en las cajitas para la entrega?
     Mariana optó por lo segundo, no era tan diestra en decorar y cuando Paola le dijo que tenían alrededor de 20 minutos para terminar el trabajo prefirió acomodar las galletas. Finalmente, el pedido quedó terminado en tiempo y forma. Paola obsequió unas galletas a Mariana quien comenzó a degustarlas mientras regresaba a continuar avanzando con su tarea escolar, en tanto llegaba Lorena con los materiales.
     Paola revisó el reloj, 5:40 de la tarde, respiró profundo.  Terminó de acomodar las cajas con galletas. Se sintió más tranquila. Su trabajo ya había terminado. Escuchó el sonido de mensajes en su celular, pensó que era doña Rita que llegaría antes. Eran mensajes de otros pedidos, de una empresa querían 50 galletas de avena y 50 de chocolate para las ocho de la noche y una familia quería unas roscas de mantequilla  para un desayuno al día siguiente. En el mensaje de la empresa le decían,
     —Doña Pao, disculpe hacer el pedido a esta hora, sin embargo, usted siempre saca el trabajo. Y sus galletas son muy ricas.
     Por la mente de Paola pasaron varias ideas, su trabajo era requerido y eso lo agradecía. Sin embargo, observó la hora, prácticamente tenía poco tiempo para hacer las galletas. Y al día siguiente tener listas las roscas. Normalmente le gustaba revisar los ingredientes, tener suficiente material y destinarle el tiempo, la energía y el amor al cocinar cada pedido. Se quedó unos minutos más pensando en la respuesta que daría, ¿acaso la gente no valoraba el tiempo que ella dedicaba a cocinar? Además de eso, ella también tenía otras actividades que hacer, estar con su familia; amaba su trabajo pero también respetaba sus tiempos. En ese dilema estaba cuando escuchó el sonido del timbre, fue a abrir la puerta.
    —Señora Paola buena tarde. ¿Cómo está? Vengo por mi pedido.
     —Doña Rita, usted tan puntual, justo me agarró pensando en el valor del tiempo. Pase, ahora le traigo sus galletas.
     Paola hizo la entrega de las cajas, doña Rita le echó flores a las galletas, al aroma y a la presentación. Le agradeció el trabajo; mientras tanto en la mente de Paola resonaba la importancia del valor del tiempo.

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Voces ensortijadas 237. Llegar a nuestro destino. María Gabriela López Suárez

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María Gabriela López Suárez

Llegar a nuestro destino

Margarita hizo memoria de cuánto tiempo tenía de conocer a Dani, una niña de alrededor de ocho años de edad que había visto cerca de casa, en una construcción que estaban haciendo. Su mente hizo el recuento y calculó alrededor de un mes.
Cuando Margarita la vio por vez primera identificó en Dani sus ojos llenos de luz y la sonrisa en su rostro, estaba charlando con una señora. Margarita intuyó que quizá era su abuelita. La actitud de Dani le hizo evocar a Margarita en su niñez en las vacaciones de verano. A esa edad su única preocupación era el juego con sus amistades del barrio.
Doña Ceci, vecina de Margarita, quien tenía una tienda de abarrotes se había hecho amiga de Dani. Conforme fueron pasando los días, Margarita fue conociendo un poco más sobre ella. Era una niña migrante que junto con su familia había salido de su país, Venezuela, en busca de mejores oportunidades de vida. Había aprendido a leer pero al migrar no continuó estudiando.
Las veces que Margarita llegaba a la tienda encontraba a doña Ceci acompañada de Dani, incluso antes de las 9 de la mañana. Dani ayudaba a acomodar algunas cosas en la tienda, le avisaba a doña Ceci cuando alguien llegaba a comprar y era gran conversadora. Doña Ceci compartía a Dani el desayuno y algunas frutas para su familia.
Dani siempre saludaba a Margarita y a quien llegara a la tienda, era atenta y les preguntaba qué cosa buscaban para avisar a doña Ceci. Margarita observaba que, aunque Dani era muy pequeña, era una niña muy segura, respetuosa y alegre. Al escuchar las conversaciones con doña Ceci advertía que la plática de la niña era interesante, denotaba sinceridad y madurez, a pesar de su corta edad. Por la mente de Margarita pasó más de una vez la reflexión sobre los retos que tenía la niñez migrante, de las difíciles experiencias que vivían con sus familias y que la infancia de niñas y niños era una etapa que poco podrían vivir en ese tránsito de la migración. Aún con todo, Dani era un ejemplo de las experiencias de vida que dejan aprendizajes; su ánimo, su voz alegre y sonrisa estaban presentes en su rostro, a diferencia del de su abuelita, con ojos grandes pero semblante triste, callada, como ausente.
Pasado ese mes Dani se había ganado el aprecio de doña Ceci, Margarita y la gente del barrio. Una tarde doña Ceci le comentó a Margarita y a otras vecinas que Dani y su familia continuaban su camino y se irían del barrio. Enseguida se hicieron comentarios que era una triste noticia, se organizaron para hacerle un desayuno a la niña y a su familia. Dani estaba muy contenta, el desayuno fue una sorpresa que la emocionó. Su familia estaba agradecida. Margarita se acercó y le obsequió una bolsa de tela, tipo mochila, con algunos dulces.
—Te vamos a extrañar Dani, te hemos agarrado cariño en el barrio. ¿A dónde irán ahora?
—Muchas gracias por el regalo doña Margarita, yo también los voy a extrañar. Primero iremos a México, de ahí hasta llegar a nuestro destino.
Margarita abrazó a Dani, sintió varios nudos en la garganta y no pudo evitar las lágrimas. Dani la observó,
—No llore, siempre los voy a recordar. Ahorita vengo, voy con mi abuelita —expresó, mientras su rostro sonriente observaba a Margarita.
Margarita se talló los ojos, respiró profundo deseando que Dani y su familia tuvieran buen camino y llegarán con bien a su destino.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 236. Saborines, saborines. María Gabriela López Suárez

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María Gabriela López Suárez

Saborines, saborines

La parada de colectivos de la ruta 142 estaba con una gran fila de espera. Margarita había salido de su trabajo puntualmente para ir a comer con algunas de sus amistades, justo se iría en la ruta 142.
—¡Oh no! ¿Pero por qué hay tanta gente hoy? ¡No puede ser, voy a llegar bien tarde a la cita! —comenzó a refunfuñar Margarita cuando iba cerca de la parada.
Aunada a su preocupación le sumó el calor de esa tarde. Mientras se acomodó en la fila de espera buscó en su celular la aplicación del clima, verificó que la temperatura indicaba 39 grados. Su rostro comenzó a sofocarse. Metió su mano izquierda al bolso y halló un pequeño abanico.
—Menos mal que traigo este abanico, sino desfallezco de tanto calor —pensó.
Mientras se abanicaba, Margarita intentó encontrar una explicación de por qué había más pasaje que de costumbre esa tarde. No se quedó con las ganas de conocer la razón y le preguntó a un pasajero que iba delante de ella.
—¿Señor, por casualidad sabe por qué hoy está más llena la parada de esta ruta?
—No sé, normalmente no tomo esta ruta.
Antes de que Margarita pudiera hacer algún gesto de desánimo una señora que estaba detrás de ella le respondió,
—Escuché a uno de los choferes que dijo que hay un par de colectivos descompuestos y eso ha ocasionado que se demoren los demás.
—Ah, muchas gracias por el dato señora —dijo Margarita con una sonrisa muy discreta.
—De nada, pero mire ya comenzó a avanzar la fila.
Margarita volteó a ver y en efecto, un colectivo había llegado y más de 9 personas se habían subido rápidamente. Intentó no contar cuántas personas faltaban antes que ella pero no se resistió, exactamente eran 6 personas. Es decir, que al siguiente colectivo podrían subirse y ella también. Continuó abanicándose y observando que la fila para el colectivo seguía llenándose.
Guardó por un momento el abanico, tomó su celular y escribió un mensaje al chat de sus amistades informando que podría demorarse unos minutos. En eso estaba cuando llegó el colectivo. Las seis personas que iban antes que ella subieron rápidamente y luego Margarita; alcanzó lugar cerca de una ventana pero el vidrio no se podía abrir. El transporte comenzó el recorrido, el calor era intenso. Margarita cerró sus ojos por un instante, luego sintió el golpe de su cabeza sobre la ventana. Había dormitado. Se despertó bruscamente, algo apenada. Ya no volvió a dormir. Decidió observar en la ventana.
En un alto del semáforo contempló a un señor de edad mayor empujando un carrito de paletas y helados, tenía un sombrero desgastado que apenas le cubría del sol, usaba una camisa arremangada y el rostro del señor se veía sofocado, tomaba aire y gritaba:
—¡Saborines, saborines!
—Mientras yo me ando quejando por el calor, por la espera, porque no quiero llegar tarde a mi cita para comer, este señor está bajo pleno sol y trabajando aún siendo muy mayor —se dijo para sí Margarita. Por su mente pasó la idea de que si el señor estuviera por la parada de la ruta 142 quizá vendería muchos de sus productos, sin embargo, la calle quedaba lejos de ahí. El semáforo cambió a verde y Margarita con el rostro triste alcanzó a ver la silueta del vendedor y a escuchar nuevamente,
—¡Saborines, saborines!
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

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Voces ensortijadas 235. Ser de buena madera. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Nadia Arce Mejía.

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Ser de buena madera

El mediodía del jueves el calor estaba más que sofocante, Asunción ya no sabía bien qué le causaba más irritación si el clima agobiante o la situación que estaba pasando. Salió de la oficina en la que compartía espacios con sus compañeras del trabajo y se dirigió al baño.
Mientras caminaba al sanitario iba pidiendo por dentro no encontrarse a nadie en el pasillo, por fortuna sus ruegos fueron escuchados. Al llegar al sanitario entró, cerró bien la puerta, se plantó frente al espejo, se miró y corroboró que tenía los ojos a punto de desbordarse en llanto. Al principio sintió que tenía mucho enojo, luego se fue calmando un poco y su sentir cambió a tristeza. Se sentía defraudada porque una persona a quien recomendó en la empresa donde laboraba había hecho malos comentarios hacia ella.
—¿Pero, Asunción, en qué momento confiaste en esa persona para que le dieran trabajo? Mira lo que ha dicho de ti, ahí sigues ayudando a la gente —su voz sonaba entre alterada y triste.
Se quedó un ratito más hasta que sintió que estaba más tranquila. Se lavó las manos, sentir el agua le hizo volver al presente. Observó que sus ojos estaban aún irritados por el llanto. Se enjuagó el rostro.
—Adiós maquillaje, bueno, no importa —dijo, intentando sonreír para sí.
Como a manera de cascada vinieron a su mente una diversidad de situaciones y retos que había tenido, personales y familiares y cómo había salido adelante, siempre con apoyo de sus familiares y amistades.
—¡Vamos de nuevo Asunción! Caer para levantarse y volver con nuevos bríos.
Su responsabilidad y compromiso respaldaban su trabajo, así que confiaba en eso. Recordó en especial el comentario que le hizo su primo Fernando en alguna ocasión donde tuvo una situación familiar que la desanimó:
—Todo saldrá bien Asunción, verás que pronto hallarás la solución. No desesperes, recuerda que eres de buena madera.
Sintió que su corazón se reconfortó. ¿Qué significado tenía ser de buena madera? Recordó a las mujeres y hombres de su linaje, personas buenas, amorosas, solidarias, luchadoras. Vaya que Fernando tenía razón.
Buscó en la bolsa derecha de su pantalón de mezclilla, halló su labial. Se pintó los labios y dibujó una sonrisa. Se acomodó el cabello. Salió del baño rumbo a su oficina. Su respiración estaba más tranquila, su paso era firme. Respiró profundo. Dejó que su corazón fluyera sin permitir que ningún mal sentimiento fuera para la persona que la ofendió.
En su mente resonaba la frase, "ser de buena madera". Antes de entrar a la oficina musitó para sí:
—Exactamente, soy de buena madera.
Asunción entró a la oficina. Las miradas de sus compañeras se fijaron en ella y les devolvió el mensaje con una sonrisa, de las que nacen del corazón.
Fotografía: Nadia Arce Mejía.
Fotografía: Nadia Arce Mejía.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

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Voces ensortijadas 234. Agua de coco, agua de coco. María Gabriela López Suárez

Foto: Anugrah Lohiya

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Agua de coco, agua de coco

Verónica salió de casa rumbo al mercado, prefería ir temprano para que no le diera el golpe de calor.
     Doña Chofi, su vecina, la había invitado a su cumpleaños en la tarde noche y Verónica quería
prepararle un atole de guayaba y un panque de vainilla con pasas. Además, aprovecharía para
comprar algunas legumbres para su despensa.
     Cuando tenía espacio de tiempo, como ahora, Verónica prefería ir al mercado caminando, entrar a
esa zona en coche requería de mucha paciencia no solo para encontrar dónde estacionarse sino
también para lidiar con el tráfico que siempre había.
     Revisó su reloj, eran apenas las 8:30 de la mañana y la zona no estaba tan despejada como imaginó.
     Observó que había nuevos puestos de comercio ambulante, pasó entre algunos de ellos. Los
productos eran diversos, ropa, zapatos, bolsas, plantas, dulces regionales, panes, bueno hasta
algunos instrumentos musicales como flautas. Verónica sabía que de no tener pendientes se
quedaría ahí revisando si había algo que le gustara para comprarlo. En esta ocasión pasó de largo.
     Al entrar al mercado las escaleras estaban vacías, ninguna vendimia se asomaba. Un mundo de
aromas le dio la bienvenida primero el olor a pan, luego arroz con leche, tamales, frutas, pinole
hasta llegar al aroma a rosas, que prevalecía sobre las demás flores. Buscó sus productos, encontró
unas guayabas hermosas con un aroma muy agradable. Fue al puesto de las especias, compró
canela, un ingrediente clave para el atole, fécula de maíz, así como los ingredientes para el panque,
azúcar mascabado, harina de trigo, vainilla, pasas, mantequilla. Repasó si algo más le faltaba, no, los
demás ingredientes los tenía en casa. Hizo una especie de escaneo entre las legumbres, compró
lentejas y garbanzos. Por fortuna eran pocas cosas y el peso era aceptable, acomodó los productos
en sus bolsas de tela. Regresaría a casa caminando.
Salió del mercado y se percató que las escaleras ya tenían productos en venta, unas bellas flores se
asomaban en bolsitas de plástico negras. Eran como una especie de decoración que alegraba la vista.
     Se puso sus gafas para el sol. El calor se sentía muy fuerte en la calle, le dieron ganas de salir
corriendo. Sin embargo, se la llevó tranquila, caminando entre la muchedumbre. Algunas personas
se detenían para buscar algo en el comercio informal, unas más respondían mensajes en el celular o
simplemente esperaban a alguien sin tener en cuenta que había más personas que deseaban pasar.
A lo lejos Verónica escuchó una voz que gritaba,
     —¡Agua de coco, agua de coco! ¡Lleve su agua de coco!
     Estaba cerca de los puestos de aguas frescas. Como una especie de respiro entre el gentío hizo una
pausa, se detuvo a comprar agua de coco. Se quedó unos minutos en el negocio, mientras la
degustaba, saboreando los trocitos de la pulpa de coco. Terminó el agua, dejó su bolsita en el bote
de basura del negocio y emprendió su camino.
Verónica sintió que se había recuperado del calor. Ahora le esperaba la emoción de preparar la
bebida y panque para obsequiar a doña Chofi. Mientras retomaba su paso aún alcanzó a escuchar,
     —¡Agua de coco, agua de coco!
     Verónica pensó en voz alta: ¡Agua de coco! Un oasis para este calor, mientras sonreía para sí,
disfrutando aún lo refrescante de la bebida.
Foto: Anugrah Lohiya
Foto: Anugrah Lohiya

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 233. Amor incondicional. María Gabriela López Suárez


Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez
Amor incondicional

Con cariño y agradecimiento al público lector
de las Voces Ensortijadas, en su séptimo aniversario.

La jornada laboral de Leonor había estado ardua, se agradeció haber preparado un día antes su comida porque ni tiempo tenía de ir a la cocina económica que estaba frente a la imprenta donde trabajaba. Doña Inés, la señora que les ayudaba con el aseo y a quien en ocasiones le solían pedir favor para comprarles sus alimentos no había llegado, estaba con un gran resfriado.
—¿Tomás, Pili, les parece si hacemos una pausa para comer y luego continuamos con las impresiones? — preguntó Leonor.
—Yo sí te tomo la palabra Leonor, mis tripas me están reclamando desde hace rato —dijo Pilar.
—Coman ustedes, mientras avanzo otro poco y luego me relevan —señaló Tomás.
—De acuerdo Tomás, vente Pili, vamos a comer.
Luego de comer Leonor compartió con Pilar el postre, peras que su amiga Rosario le había obsequiado de su cosecha, guardó una para Tomás. Platicaron un rato y continuaron con su labor. Tomás hizo una breve pausa, dijo tener poca hambre, en realidad su comida era un licuado que bebió de inmediato para luego degustar la pera que le ofreció Leonor. Finalmente, terminaron las impresiones que entregarían a las 4,30 de la tarde.
Para regresar a casa Leonor decidió tomar un taxi, poco le apetecía caminar, aunque recordó que caminar le sentaba bien para despejarse. Cambió de idea y emprendió la caminata. Al llegar a casa sintió una sensación de paz, el olor a flor de muralla de un par de arbolitos que tenía en el patio le dieron la bienvenida, al igual que su par de caninos, Tacho y Piolín quienes se habían percatado de su llegada y gustosos de verla no dejaban de juguetear con ella.
Leonor entró a casa, dejó sus cosas, se colocó sus sandalias y procedió a dar de comer a Piolín y Tacho que ladraban sin cesar. Mientras los caninos degustaban sus croquetas, Leonor fue a la cocina a preparar alguna bebida, era hora de relajarse. Buscó frutas secas, encontró unos pétalos de rosas y unas rajas de canela para preparar su tisana. Preparó una jarra pequeña.
Llevó su bebida caliente al patio, se sentó en uno de sus bancos de madera con cojines y cerró los ojos. Sintió el aroma de la tisana, era muy agradable. Bebió un sorbo, estaba deliciosa. Se percató que sus queridos caninos estaban a su lado, relajados. Los observó con cariño, el canto de los grillos comenzaba a escucharse. Tacho levantó las orejas, como percibiendo algún sonido. Piolín continuó acostado. Tacho volvió la vista a Leonor, sus miradas se encontraron, se acercó a ella y Leonor lo acarició. Agradecida con ese amor incondicional que los caninos suelen brindar en todo momento. Esos instantes fueron un gran regalo, el día ajetreado se había esparcido. Permanecieron ahí un rato más. Leonor terminó su tisana con una grata sensación en su corazón.
Tacho volvió a ponerse en alerta, no tardó en ladrar y Piolín lo secundó, a lo lejos se escuchó una voz,
—¿Leonor estás acá? Traje pay de queso —era Rosario, la amiga de Leonor quien como cada noche llegaba a visitarla con algo para compartir.
Photo by Marta Dzedyshko on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.