Voces ensortijadas 236. Saborines, saborines. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Saborines, saborines

La parada de colectivos de la ruta 142 estaba con una gran fila de espera. Margarita había salido de su trabajo puntualmente para ir a comer con algunas de sus amistades, justo se iría en la ruta 142.
—¡Oh no! ¿Pero por qué hay tanta gente hoy? ¡No puede ser, voy a llegar bien tarde a la cita! —comenzó a refunfuñar Margarita cuando iba cerca de la parada.
Aunada a su preocupación le sumó el calor de esa tarde. Mientras se acomodó en la fila de espera buscó en su celular la aplicación del clima, verificó que la temperatura indicaba 39 grados. Su rostro comenzó a sofocarse. Metió su mano izquierda al bolso y halló un pequeño abanico.
—Menos mal que traigo este abanico, sino desfallezco de tanto calor —pensó.
Mientras se abanicaba, Margarita intentó encontrar una explicación de por qué había más pasaje que de costumbre esa tarde. No se quedó con las ganas de conocer la razón y le preguntó a un pasajero que iba delante de ella.
—¿Señor, por casualidad sabe por qué hoy está más llena la parada de esta ruta?
—No sé, normalmente no tomo esta ruta.
Antes de que Margarita pudiera hacer algún gesto de desánimo una señora que estaba detrás de ella le respondió,
—Escuché a uno de los choferes que dijo que hay un par de colectivos descompuestos y eso ha ocasionado que se demoren los demás.
—Ah, muchas gracias por el dato señora —dijo Margarita con una sonrisa muy discreta.
—De nada, pero mire ya comenzó a avanzar la fila.
Margarita volteó a ver y en efecto, un colectivo había llegado y más de 9 personas se habían subido rápidamente. Intentó no contar cuántas personas faltaban antes que ella pero no se resistió, exactamente eran 6 personas. Es decir, que al siguiente colectivo podrían subirse y ella también. Continuó abanicándose y observando que la fila para el colectivo seguía llenándose.
Guardó por un momento el abanico, tomó su celular y escribió un mensaje al chat de sus amistades informando que podría demorarse unos minutos. En eso estaba cuando llegó el colectivo. Las seis personas que iban antes que ella subieron rápidamente y luego Margarita; alcanzó lugar cerca de una ventana pero el vidrio no se podía abrir. El transporte comenzó el recorrido, el calor era intenso. Margarita cerró sus ojos por un instante, luego sintió el golpe de su cabeza sobre la ventana. Había dormitado. Se despertó bruscamente, algo apenada. Ya no volvió a dormir. Decidió observar en la ventana.
En un alto del semáforo contempló a un señor de edad mayor empujando un carrito de paletas y helados, tenía un sombrero desgastado que apenas le cubría del sol, usaba una camisa arremangada y el rostro del señor se veía sofocado, tomaba aire y gritaba:
—¡Saborines, saborines!
—Mientras yo me ando quejando por el calor, por la espera, porque no quiero llegar tarde a mi cita para comer, este señor está bajo pleno sol y trabajando aún siendo muy mayor —se dijo para sí Margarita. Por su mente pasó la idea de que si el señor estuviera por la parada de la ruta 142 quizá vendería muchos de sus productos, sin embargo, la calle quedaba lejos de ahí. El semáforo cambió a verde y Margarita con el rostro triste alcanzó a ver la silueta del vendedor y a escuchar nuevamente,
—¡Saborines, saborines!
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 235. Ser de buena madera. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Nadia Arce Mejía.

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Ser de buena madera

El mediodía del jueves el calor estaba más que sofocante, Asunción ya no sabía bien qué le causaba más irritación si el clima agobiante o la situación que estaba pasando. Salió de la oficina en la que compartía espacios con sus compañeras del trabajo y se dirigió al baño.
Mientras caminaba al sanitario iba pidiendo por dentro no encontrarse a nadie en el pasillo, por fortuna sus ruegos fueron escuchados. Al llegar al sanitario entró, cerró bien la puerta, se plantó frente al espejo, se miró y corroboró que tenía los ojos a punto de desbordarse en llanto. Al principio sintió que tenía mucho enojo, luego se fue calmando un poco y su sentir cambió a tristeza. Se sentía defraudada porque una persona a quien recomendó en la empresa donde laboraba había hecho malos comentarios hacia ella.
—¿Pero, Asunción, en qué momento confiaste en esa persona para que le dieran trabajo? Mira lo que ha dicho de ti, ahí sigues ayudando a la gente —su voz sonaba entre alterada y triste.
Se quedó un ratito más hasta que sintió que estaba más tranquila. Se lavó las manos, sentir el agua le hizo volver al presente. Observó que sus ojos estaban aún irritados por el llanto. Se enjuagó el rostro.
—Adiós maquillaje, bueno, no importa —dijo, intentando sonreír para sí.
Como a manera de cascada vinieron a su mente una diversidad de situaciones y retos que había tenido, personales y familiares y cómo había salido adelante, siempre con apoyo de sus familiares y amistades.
—¡Vamos de nuevo Asunción! Caer para levantarse y volver con nuevos bríos.
Su responsabilidad y compromiso respaldaban su trabajo, así que confiaba en eso. Recordó en especial el comentario que le hizo su primo Fernando en alguna ocasión donde tuvo una situación familiar que la desanimó:
—Todo saldrá bien Asunción, verás que pronto hallarás la solución. No desesperes, recuerda que eres de buena madera.
Sintió que su corazón se reconfortó. ¿Qué significado tenía ser de buena madera? Recordó a las mujeres y hombres de su linaje, personas buenas, amorosas, solidarias, luchadoras. Vaya que Fernando tenía razón.
Buscó en la bolsa derecha de su pantalón de mezclilla, halló su labial. Se pintó los labios y dibujó una sonrisa. Se acomodó el cabello. Salió del baño rumbo a su oficina. Su respiración estaba más tranquila, su paso era firme. Respiró profundo. Dejó que su corazón fluyera sin permitir que ningún mal sentimiento fuera para la persona que la ofendió.
En su mente resonaba la frase, "ser de buena madera". Antes de entrar a la oficina musitó para sí:
—Exactamente, soy de buena madera.
Asunción entró a la oficina. Las miradas de sus compañeras se fijaron en ella y les devolvió el mensaje con una sonrisa, de las que nacen del corazón.
Fotografía: Nadia Arce Mejía.
Fotografía: Nadia Arce Mejía.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 234. Agua de coco, agua de coco. María Gabriela López Suárez

Foto: Anugrah Lohiya

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Agua de coco, agua de coco

Verónica salió de casa rumbo al mercado, prefería ir temprano para que no le diera el golpe de calor.
     Doña Chofi, su vecina, la había invitado a su cumpleaños en la tarde noche y Verónica quería
prepararle un atole de guayaba y un panque de vainilla con pasas. Además, aprovecharía para
comprar algunas legumbres para su despensa.
     Cuando tenía espacio de tiempo, como ahora, Verónica prefería ir al mercado caminando, entrar a
esa zona en coche requería de mucha paciencia no solo para encontrar dónde estacionarse sino
también para lidiar con el tráfico que siempre había.
     Revisó su reloj, eran apenas las 8:30 de la mañana y la zona no estaba tan despejada como imaginó.
     Observó que había nuevos puestos de comercio ambulante, pasó entre algunos de ellos. Los
productos eran diversos, ropa, zapatos, bolsas, plantas, dulces regionales, panes, bueno hasta
algunos instrumentos musicales como flautas. Verónica sabía que de no tener pendientes se
quedaría ahí revisando si había algo que le gustara para comprarlo. En esta ocasión pasó de largo.
     Al entrar al mercado las escaleras estaban vacías, ninguna vendimia se asomaba. Un mundo de
aromas le dio la bienvenida primero el olor a pan, luego arroz con leche, tamales, frutas, pinole
hasta llegar al aroma a rosas, que prevalecía sobre las demás flores. Buscó sus productos, encontró
unas guayabas hermosas con un aroma muy agradable. Fue al puesto de las especias, compró
canela, un ingrediente clave para el atole, fécula de maíz, así como los ingredientes para el panque,
azúcar mascabado, harina de trigo, vainilla, pasas, mantequilla. Repasó si algo más le faltaba, no, los
demás ingredientes los tenía en casa. Hizo una especie de escaneo entre las legumbres, compró
lentejas y garbanzos. Por fortuna eran pocas cosas y el peso era aceptable, acomodó los productos
en sus bolsas de tela. Regresaría a casa caminando.
Salió del mercado y se percató que las escaleras ya tenían productos en venta, unas bellas flores se
asomaban en bolsitas de plástico negras. Eran como una especie de decoración que alegraba la vista.
     Se puso sus gafas para el sol. El calor se sentía muy fuerte en la calle, le dieron ganas de salir
corriendo. Sin embargo, se la llevó tranquila, caminando entre la muchedumbre. Algunas personas
se detenían para buscar algo en el comercio informal, unas más respondían mensajes en el celular o
simplemente esperaban a alguien sin tener en cuenta que había más personas que deseaban pasar.
A lo lejos Verónica escuchó una voz que gritaba,
     —¡Agua de coco, agua de coco! ¡Lleve su agua de coco!
     Estaba cerca de los puestos de aguas frescas. Como una especie de respiro entre el gentío hizo una
pausa, se detuvo a comprar agua de coco. Se quedó unos minutos en el negocio, mientras la
degustaba, saboreando los trocitos de la pulpa de coco. Terminó el agua, dejó su bolsita en el bote
de basura del negocio y emprendió su camino.
Verónica sintió que se había recuperado del calor. Ahora le esperaba la emoción de preparar la
bebida y panque para obsequiar a doña Chofi. Mientras retomaba su paso aún alcanzó a escuchar,
     —¡Agua de coco, agua de coco!
     Verónica pensó en voz alta: ¡Agua de coco! Un oasis para este calor, mientras sonreía para sí,
disfrutando aún lo refrescante de la bebida.
Foto: Anugrah Lohiya
Foto: Anugrah Lohiya

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 233. Amor incondicional. María Gabriela López Suárez


Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez
Amor incondicional

Con cariño y agradecimiento al público lector
de las Voces Ensortijadas, en su séptimo aniversario.

La jornada laboral de Leonor había estado ardua, se agradeció haber preparado un día antes su comida porque ni tiempo tenía de ir a la cocina económica que estaba frente a la imprenta donde trabajaba. Doña Inés, la señora que les ayudaba con el aseo y a quien en ocasiones le solían pedir favor para comprarles sus alimentos no había llegado, estaba con un gran resfriado.
—¿Tomás, Pili, les parece si hacemos una pausa para comer y luego continuamos con las impresiones? — preguntó Leonor.
—Yo sí te tomo la palabra Leonor, mis tripas me están reclamando desde hace rato —dijo Pilar.
—Coman ustedes, mientras avanzo otro poco y luego me relevan —señaló Tomás.
—De acuerdo Tomás, vente Pili, vamos a comer.
Luego de comer Leonor compartió con Pilar el postre, peras que su amiga Rosario le había obsequiado de su cosecha, guardó una para Tomás. Platicaron un rato y continuaron con su labor. Tomás hizo una breve pausa, dijo tener poca hambre, en realidad su comida era un licuado que bebió de inmediato para luego degustar la pera que le ofreció Leonor. Finalmente, terminaron las impresiones que entregarían a las 4,30 de la tarde.
Para regresar a casa Leonor decidió tomar un taxi, poco le apetecía caminar, aunque recordó que caminar le sentaba bien para despejarse. Cambió de idea y emprendió la caminata. Al llegar a casa sintió una sensación de paz, el olor a flor de muralla de un par de arbolitos que tenía en el patio le dieron la bienvenida, al igual que su par de caninos, Tacho y Piolín quienes se habían percatado de su llegada y gustosos de verla no dejaban de juguetear con ella.
Leonor entró a casa, dejó sus cosas, se colocó sus sandalias y procedió a dar de comer a Piolín y Tacho que ladraban sin cesar. Mientras los caninos degustaban sus croquetas, Leonor fue a la cocina a preparar alguna bebida, era hora de relajarse. Buscó frutas secas, encontró unos pétalos de rosas y unas rajas de canela para preparar su tisana. Preparó una jarra pequeña.
Llevó su bebida caliente al patio, se sentó en uno de sus bancos de madera con cojines y cerró los ojos. Sintió el aroma de la tisana, era muy agradable. Bebió un sorbo, estaba deliciosa. Se percató que sus queridos caninos estaban a su lado, relajados. Los observó con cariño, el canto de los grillos comenzaba a escucharse. Tacho levantó las orejas, como percibiendo algún sonido. Piolín continuó acostado. Tacho volvió la vista a Leonor, sus miradas se encontraron, se acercó a ella y Leonor lo acarició. Agradecida con ese amor incondicional que los caninos suelen brindar en todo momento. Esos instantes fueron un gran regalo, el día ajetreado se había esparcido. Permanecieron ahí un rato más. Leonor terminó su tisana con una grata sensación en su corazón.
Tacho volvió a ponerse en alerta, no tardó en ladrar y Piolín lo secundó, a lo lejos se escuchó una voz,
—¿Leonor estás acá? Traje pay de queso —era Rosario, la amiga de Leonor quien como cada noche llegaba a visitarla con algo para compartir.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 232. Lo que se queda. María Gabriela López Suárez



Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez
Lo que se queda

Rita estaba muy entusiasmada de volver a su terruño, a casi de tres años y medio de haber salido de su ciudad en busca de oportunidades laborales era la hora de volver a casa. La noticia fue muy bien recibida por su familia.
     En casa doña Aurelia, mamá de Rita, había hecho los tamales dulces que tanto gustaban a su hija menor, sin olvidar el delicioso champurrado que solía preparar para ocasiones especiales. Doña Aurelia deseaba que su hija regresara con bien y poder apapacharla con esos alimentos que tanto disfrutaba Rita.
     El trayecto de regreso a casa le pareció rápido a Rita, hasta revisó el reloj. En realidad el recorrido era el mismo tiempo que cuando había migrado a la otra ciudad, 13 horas. La explicación que Rita se daba era que quizá el motivo era la emoción de estar nuevamente en su ciudad, con su familia, amistades.
     Se alegró de haber conseguido boleto con espacio en ventanilla. Durante el recorrido de entrada a la ciudad hasta la terminal de autobuses Rita se percató cuánto había cambiado su terruño. Observó menos árboles, más cemento, construcciones y más construcciones. Intentó tener las imágenes de qué había antes y qué estaba ahora, como una especie de recuento de fotografías, fueron viniendo algunas imágenes a su mente.
      Sintió una sensación poco grata, qué pasaba en la ciudad, por qué había cambiado tanto. Asomó a su mente la palabra desarrollo, ¿era acaso esa la razón? Antes de que se pusiera a reflexionar e intentar dar respuesta a su propia pregunta el camión se había detenido, ya estaba en la terminal. Verificó no olvidar ninguna pertenencia y solicitó su equipaje. Se encaminó a la parada de servicios de taxi, esperó un par de turnos que estaban antes que ella y luego se dirigió a su domicilio.
     En el camino a casa siguió identificando cambios en las calles, en viviendas y cuando entró a su barrio se quedó más que asombrada, de lo que ella había conocido poco estaba en pie. Las construcciones antiguas que solían distinguir a las calles aledañas a donde vivía, habían sido sustituidas por casas modernas y una en especial, la casa de la esquina como solía decirle, justo estaba en plena demolición. Se dio cuenta que el pequeño árbol situado frente a la casa de la esquina tampoco estaba ya, un gran vacío se percibía.
     De pronto Rita sintió como una especie de sentimientos encontrados, entre la nostalgia que le quedaba de la imagen que tenía de su ciudad, de su barrio y la emoción de reencontrarse con sus seres queridos. Como si fuera una especie de tesoros, en su mente tenía grabadas las imágenes de lo que ya no estaba físicamente, todo eso representaba para ella lo que se queda y  que se guarda con mucho amor en el corazón. El taxi se detuvo, había llegado a su destino. Pagó, bajó del taxi y tomó su equipaje para ir a la puerta de casa. Tocó el timbre y escuchó la voz que le hizo latir rápidamente el corazón,
     —¿Quién es? ¿Eres tú Rita? —era la inconfundible voz de doña Aurelia.
    —Sí mamá, soy Rita.
     Doña Aurelia abrió la puerta, ambas se fundieron en un abrazo, lloraron de la emoción tan grata del reencuentro. Rita identificó el aroma a tamales y champurrado, sin duda estaba agradecida de volver a casa, dentro de lo que se queda grabado en el corazón, en la mente, en el olfato y en los sentimientos también estaba el sazón de mamá.
Fotografía: Nadia Arce

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 231. Instantes en la vida. María Gabriela López Suárez

                               
 Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Instantes en la vida

Cuando le llegó la invitación a Mariela para ir a pasar el fin de semana con sus amistades que vivían en otro estado, le entusiasmó la idea. De entrada sabía que eso le causaría acumular actividades y poner en fila varios pendientes, sin embargo, la propuesta valía la pena.
        Llegó la fecha del viaje; el tiempo de su estancia sería muy breve y en su mente resonó el mensaje de su prima Maru, ‘somos instantes en la vida, así que hay que aprovechar al máximo nuestro paso por ella’.
        Durante su traslado al destino, en el vuelo que la llevaría al terruño de visita, Mariela se detuvo a pensar cuántas veces solía tomarse espacios para compartir con sus amistades o simplemente para estar con ella. Aunque le causó una sensación de tristeza, el ejercicio le ayudó a percatarse que siempre solía poner a todo y a todas las personas antes que a ella.
        Como si su yo interno le hablara dejó que su pensamiento aflorara,
         —¿Cómo es que la vida se pasa en un abrir y cerrar los ojos? ¿Aún estoy a tiempo de poder darme el espacio para compartir instantes con mis seres amados? ¿Si yo no estoy para mí, quién lo estará?
         Una leve sacudida en el vuelo, producto de las turbulencias, la hizo volver de sus reflexiones. Llegó al aeropuerto, buscó un transporte colectivo para que la llevara a la colonia donde vivían sus amistades. En el camino la lluvia le hizo compañía. Observó que las montañas verdes se cubrían con el manto que dibujó la lluvia, que de manera moderada a intensa acarició el paisaje y decoró las ventanas del transporte.
         Mariela estaba ahí contemplando el paisaje, absorta en la belleza de éste y consciente del hermoso regalo de apreciar los valiosos instantes en la vida.
         El sonido de su celular se escuchó, era su amigo Brian quien preguntó a qué hora llegaría a su casa. El paisaje sonoro de la lluvia sonaba en segundo plano, mientras Mariela respondía el mensaje.

Fotografía: MGLS

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 230. Corazón contento. María Gabriela López Suárez

                               
Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Corazón contento

La temporada de lluvias llegó y con ello quedó satisfecho el anhelo que la gente tenía de que
lloviera, que se regaran los campos, reverdecieran las montañas, se apaciguaran los incendios,
disminuyera el calor y que todos los seres vivos pudieran disfrutar de ese bello regalo.
     Betina era una de las personas que disfrutaba al máximo de la época de lluvias. Aunque poco le
gustaba mojarse, cada que tenía oportunidad contemplaba la lluvia en donde estuviera, en su casa,
en el trabajo, en alguna cafetería, en la terminal de autobuses, en el colectivo, en el microbús, en la
parada del transporte público.
     En su contemplación había descubierto la magia que podía provocar la lluvia, desde cómo el verde
decoraba las montañas, cómo los árboles despertaban con sus hojas más resplandecientes y las aves
se posaban con mayor gusto en sus ramas, hasta que la tierra que en época de sequía se mostraba
árida se volvía con una textura suave. De tal forma que al pisar sobre ella se marcaban las huellas de
cada paso.
     Además de lo anterior, el aroma a tierra mojada despertaba en Betina una especie de entusiasmo,
era un incentivo a su creatividad. Quizá era una asociación que hacía con su infancia y cómo en las
mañanas o tardes de lluvia solía hacer actividades que le gustaban mucho como leer, colorear, jugar
o quedarse en casa a tomar café con pan escuchando anécdotas familiares.
     El fin de semana llegó y ese sábado por la tarde la lluvia se dejó sentir. Betina estaba fuera de casa,
había quedado de verse con su amiga Yunuen. Revisó el teléfono y no había ningún mensaje de
Yunuen. La mente de Betina comenzó a pensar si su amiga llegaría, si la incesante lluvia se lo
permitiría. Antes de inquietarse mejor buscó una mesa cerca del jardín de la cafetería. Ahí se instaló,
revisó la carta, se decidió por una tisana de lavanda con menta y mientras esperaba se detuvo a
contemplar la lluvia.
     El jardín de la cafetería estaba ubicado al centro, era un espacio muy bello, tenía muchas flores,
entre ellas bugambilias en color rosa, blanco, anaranjado y violeta, enmarcados por romero y
lavanda y unas pequeñas plantaciones de aves del paraíso. Cada integrante del jardín recibió las
gotas de lluvia que no dejaban de caer con demasiada abundancia.
     Betina degustó su tisana a la par de observar la lluvia casi de inicio a fin, al término de la lluvia fue
testiga de cómo algunas aves se posaban en las ramas de los árboles. Las percibió muy animadas,
como agradecidas por el agua. El aroma del romero y la lavanda se podían percibir hasta su mesa.
Sintió una sensación muy grata, la lluvia era mágica. De no ser porque el mesero le preguntó si
gustaba algo más de tomar, se acordó de la espera de su amiga.
     —Me permite un momento, por favor, ahora le digo si pido algo más —dijo Betina en un tono
relajado.
Revisó su teléfono, tenía un par de mensajes de Yunuen,
     —Beti, voy demorada, está bien fuerte la lluvia y no he salido de casa.
     —Betiiii, ¿sigues ahí? Ya paró de llover y apenas voy en camino.
     —Yunuen, disculpa apenas leo tus mensajes, sigo aquí, la lluvia me entretuvo y no había escuchado
el celular. Te espero para que platiquemos sobre las charlas pendientes que tenemos.
     El rostro de Betina estaba sonriente, disfrutaba esa tarde de lluvia, la tisana estaba deliciosa y lo más
bonito era sentir su corazón contento.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 229. Conectar con las ausencias. María Gabriela López Suárez

De izq a derecha, Delmar Penka, MGLS, Alberto Gómez. Fotografía de Adriana Rodríguez.

                            Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez
Conectar con las ausencias

La ausencia no existe por sí misma, sino al resistirnos al olvido:
nosotros la sostenemos con nuestros recuerdos, constituye lo que somos.
Su tiempo es indefinido.
Delmar Penka

En esta ocasión escribo estas líneas acompañada del tic-tac del reloj y de un concierto de grillos que cantan con esperanza, aunque la lluvia demora en llegar el canto es hermoso, una melodía que me hace evocar los días lluviosos. Hoy quiero compartir una breve reflexión que me ha dejado la lectura del libro Ch’ayet K’inal, Las formas de la ausencia, del autor tenejapaneco Delmar Penka. Obra que tuve la oportunidad de comentar el pasado 7 de junio en el marco del V Coloquio Historia y Sociedad en la literatura en Chiapas en San Cristóbal de Las Casas. Agradezco a Delmar por la distinción y la confianza.
El libro corresponde al género del ensayo creativo, es un texto bilingüe, escrito en tseltal y en español. El tseltal es la lengua materna del autor. Su contenido se integra por siete apartados o senderos, como me he atrevido a nombrarlos, cada sendero nos hace referencia a una forma de la ausencia: Ch’aybil biluletik, cosas perdidas; Te stsaltomba o’tanil, el duelo; K’ubul ay te jna, lejos de casa; Scha’ta jbajtik ta patil, reencuentros postergados; Pojbil ch’ulel, alma despojada; Tup’en k’ajk, fuegos extintos y Jeltesel ta ot’an, resurgir adentro.
El estilo de Delmar es además de ameno, ágil, cálido, con una narrativa y sensibilidad que nos lleva a adentrarnos a las historias y hasta visualizar a los personajes y a los escenarios que relata. La cosmovisión de su terruño tseltal se hace presente y nos recuerda que la mente y el corazón están vinculados en el tema de las ausencias.
Además de compartir sucesos de su espacio íntimo familiar, con su bisabuela Venancia, su abuela Antonia, su tía Delia, su prima Florencia, su primo Josué y su amigo Humberto, Delmar también nos presenta temáticas como la migración, la violencia, el machismo, las desapariciones, el suicidio, la familia, la matria, las redes de apoyo y cómo la ausencia se hace presente no solo en lo individual sino en lo colectivo.
¿Con qué resuenan cuando leen, escriben o escuchan la palabra ausencia? ¿Alguna ocasión se han preguntado cómo las ausencias forman parte del entramado de nuestras vidas, de nuestro día a día? Este libro nos invita a pensar, repensar y conectar con la ausencia, el hilo conductor de este libro, de ahí que su autor nos va llevando a estas formas de cómo se hace presente.
La obra permite volver la mirada a nuestro interior, a indagar desde los distintos significados que le damos a la ausencia. En lo particular, me hizo resonar con la nostalgia, la añoranza, el dolor, las coincidencias, el agradecimiento y la búsqueda interior.
De los senderos, los tres que resonaron más en mí fueron El duelo, Reencuentros postergados y Resurgir adentro. La escritura es una bella y valiosa manera de poder conectar con las demás personas, los corazones, las emociones y lo que nos mueve en lo cotidiano. Les comparto unas frases del sendero Resurgir adentro, que me parece una manera de apapacho al corazón, “La ausencia existe para no olvidar de dónde venimos y con quién hemos compartido lo que en el presente ya no está. Así descubrimos que la ausencia nos ha hecho un poco más fuertes, un tanto más sensatos, un poco menos muertos. La ausencia jamás es aprehensible, sino emocional, sensorial y sensitiva. Encontrarnos con ella es un ejercicio personal” (Penka, 2024, pp. 239-240).
Recomiendo ampliamente la lectura del libro, lo pueden conseguir en las librerías del Fondo de Cultura Económica. Es muy probable que como me sucedió a mí, sientan que su piel se pone chinita, que su corazón late más rápido o que se les hacen algunos nudos en la garganta y el río interior que llevan en sus corazones fluye por los ojos. Es importante dejar fluir ese río y luego verán cómo el corazón lo agradece. Ésas son también una forma de conectarse con las ausencias.

De izq a derecha, Delmar Penka, MGLS, Alberto Gómez. Fotografía de Adriana Rodríguez.
De izq a derecha, Delmar Penka, MGLS, Alberto Gómez. Fotografía de Adriana Rodríguez.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 228. Reencuentro. María Gabriela López Suárez

 Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Reencuentro

Olivia terminó de secarse el cabello, lo cepilló cuidadosamente. No se decidía si llevarlo recogido en una coleta o suelto, eligió la segunda opción. Dejaría que el viento le acariciara y le diera el peinado adecuado. Buscó varias prendas en su clóset, las fue dejando sobre la cama y un sillón. En menos de lo que pensó tenía falda, blusas, vestido, overol y un pantalón abombado en color caqui que le encantaba.
          Esa tarde tenía una cita muy especial y quería lucir radiante, sobre todo sentirse cómoda. Sin dudarlo, eligió el pantalón abombado, una blusa  de manga corta en tono fiusha y ahora venía la selección del calzado. Ahí fue más práctica, se decidió por sus sandalias huarache en tono shedron. Se colocó unos aretes largos con detalles de pequeñas mariposas y una gargantilla hecha a base de semillas. Se miró al espejo, delineó sus labios y se aplicó su labial en el tono favorito, rojo carmín.  El toque final fue unas gotas de su perfume. Nuevamente se observó, le gustó como lucía.
          Antes de salir jaló su bolso, el más ligero que tenía, solamente llevaba un pequeño monedero, su labial, unos pañuelos desechables y las llaves de la casa. Se aseguró de que la puerta quedara bien cerrada.
           El viento no tardó en hacerse presente y Olivia permitió que le acomodara el cabello. Inició su travesía al parque al que solía ir en su infancia. Ahora iba sola, sin que alguien de sus familiares la llevara como en aquellos años cuando era niña. En la medida que avanzaba sentía una sensación de nervios y a la vez de emoción. Cuando llegó al sitio comenzó a reconocerlo. Tantos años de no estar por ahí.
Con toda seguridad se dirigió a su lugar favorito, donde estaban los columpios, para su sorpresa, aún se conservaban, ahora tenían un atractivo color naranja pero mantenían algunos detalles rústicos. Ahí estaba, con el corazón latiendo cada vez más rápido. Ese era el lugar de su cita, observó a su alrededor, solo identificó unas aves que entonaban sus cantos y el viento que parecía darle una especie de susurros.
           Olivia caminó lentamente, eligió el columpio de enmedio y se sentó. Comenzó a columpiarse, primero lentamente, luego un poco más fuerte hasta bajar nuevamente el ritmo. Cerró los ojos, dejó que la magia sucediera y percibió a la persona que esperaba con tanto amor. La tenía frente a ella. Escuchó su voz, sus risas en ese parque, la identificó con el pequeño overol en tono vino, sus tenis grises y una playera blanca con florecitas de colores. El rostro con el cabello revuelto dibujaba una gran sonrisa y extendía sus brazos hacia ella. Olivia -aún con los ojos cerrados- correspondió a ese gesto, lo recibió como el regalo que esperaba desde hace tiempo y que justo necesitaba. Sintió que las lágrimas rodaban por sus mejillas. El reencuentro con su niña interior al fin sucedía. 
Permaneció abrazada hasta que las lágrimas cesaron, respiró profundo y lentamente fue abriendo los ojos y soltando los brazos. Olvidó que había llevado pañuelos desechables. Sintió el corazón contento, su rostro sonreía. De nueva cuenta empezó a columpiarse, disfrutando mientras iba ascendiendo, al tiempo que agradecía ese reencuentro, esa mirada hacia su niña interior. El viento continuaba haciendo de las suyas acomodándole el cabello mientras Olivia seguía columpiándose y observando que comenzaban a llegar niñas y niños que iban a jugar al parque.

      
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 227. Paso a desnivel. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Paso a desnivel

Bety revisó su reloj, eran casi las 9 de la mañana. Ya era hora de desayunar. Apresuró la preparación de su licuado de avena con canela, arándanos y vainilla. Disfrutó su bebida. Recordó la importancia de desayunar sin distraerse en pendientes. Aún le quedó ganas de degustar unos arándanos más y lo hizo.
        Posteriormente, revisó su mochila para verificar que no le faltara nada para su viaje.
         —¡Todo listo! —se dijo.
         Había esperado sus días de vacaciones para ir a visitar a Benito, su primo paterno y a su familia. El destino era lejano y le implicaba transbordar. Sin embargo, el pasar unos días de visita con sus parientes y tomarse un respiro de lo cotidiano era la parte más grata.
          En el segundo punto donde haría el cambio de camión había quedado de verse con su prima Lulú, hermana de Benito, para que también se sumara al viaje, así ambas se acompañarían.
          Una vez en la estación de camiones Bety compró su boleto, demoró poco su espera, si acaso unos diez minutos. Se acomodó en el asiento número 9, ventanilla. El camión no iba ocupado al 100 por ciento así que no le tocó compartir asiento.
          Corrió la cortina y se dispuso a observar el paisaje, en su rutina cotidiana pocas veces se daba el espacio para hacerlo. A medida que el camión avanzó y salió a carretera se dio cuenta que la sequía estaba presente, los árboles hacían evidente tal situación, los percibió muy secos y tristes. Ansiaba que pronto llegaran las lluvias.
          Cerró un momento los ojos, no tardó en quedarse dormida unos minutos. Como si su despertador hubiera sonado abrió los ojos y se percató que estaban en un lugar oscuro, alcanzó a percibir los focos con luces en tono cálido. En su mente empezaron a asomarse algunas preguntas,
         —¿Dónde estamos? ¿En qué momento me quedé dormida?
         Poco a poco alcanzó a percibir que la luz del sol se asomaba a lo lejos, sintió una especie de tranquilidad en el corazón. Estaban dentro de un paso a desnivel subterráneo, recordó que de niña los túneles le gustaban porque le parecían misteriosos.
          Una vez que salieron y la luz del día de nuevo ocupó su lugar, respiró profundo. Su corazón se fue tranquilizando poco a poco. Se le figuró que un paso a desnivel subterráneo era como algunas etapas en la vida, sin querer de pronto aparecen situaciones, experiencias que hay que enfrentar y donde el panorama se percibe o se torna oscuro, al fondo hay una que otra luz que va guiando el camino. Esas luces se le asemejó que eran quienes en distintos momentos se suman a ayudar, a acompañar y apoyan para sobrellevar los instantes oscuros. Finalmente, regresa la luz, la esperanza y se retoma el rumbo con el ánimo de continuar el camino.
         Miró su reloj, aún le faltaban como 40 minutos para hacer su escala en otra central de camiones. Decidió dormitar un ratito más. Mientras cerraba los ojos recordó la imagen del paso a desnivel, sonrió para sí y se dejó arrullar con los latidos de su corazón.

 
    
   


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.