Voces ensortijadas 202. Sonrisas que contagian. María Gabriela López Suárez

                Voces ensortijadas

Sonrisas que contagian

María Gabriela López Suárez



El sábado Mónica se levantó más temprano que de costumbre, tenía el pendiente de ir a comprar unas maceteras de barro que le había encargado su tía Sonia. Mónica estaba de visita en la ciudad donde vivía Sonia y aprovechando que tenía el día libre decidió apoyar a su tía con el mandado.

Era la segunda ocasión que Mónica iba al centro de la ciudad, a la zona del mercado; la primera ocasión la llevó Sonia.

—¿Estás segura que quieres ir sola al mercado? Si me esperas a que regrese del trabajo podemos ir juntas —preguntó la tía antes de irse al taller de textiles donde laboraba.

—Sí tía, yo me voy solita, me acuerdo bien de la ubicación, de las calles. Si de plano me pierdo de rumbo, te llamo.

Ambas salieron de casa, se encaminaron una cuadra y media, se despidieron y luego tomaron el rumbo a sus destinos.

Mónica comenzó a recordar los negocios que había visto en la primera visita al mercado, poco a poco se fue ubicando. De pronto, fue por una calle, dio vuelta, caminó nuevamente, giró y se percató que había regresado al mismo punto. Sonrió para sí, estaba sin avanzar. Se puso atenta y observó que un kiosco era el referente para que se ubicara.

Continuó el recorrido, mientras avanzaba llamó su atención una tienda que tenía afuera unos jarrones grandes, muy vistosos. Observó muchas figuras de barro al interior, casi estaba segura que ahí encontraría el pedido de la tía Sonia. Escuchó la voz de una mujer, con tono amable, que la invitaba a pasar.

—¡Pásale muchacha! ¿Qué es lo que buscas? Ahora te atiendo.

Mónica entró a la tienda, echó un vistazo a los estantes, percibió un agradable aroma a incienso y descubrió acercándose a ella a una señora muy delgada, ojos grandes y rostro sonriente, que le preguntó qué necesitaba. La señora se movía, rápidamente, de un lado a otro en la tienda y la seguía invitando a ver los productos. Ese gesto le hizo sentir confianza a Mónica, quien pronto descubrió el área de las maceteras de barro. Eligió tres maceteras pequeñas, una en forma de conejo, otra de tortuga y una de media luna.

Poco a poco llegó más clientela al negocio, el espacio era de tamaño mediano y bien ventilado. La señora continuaba dando un trato con calidez a cada persona, sin ponerse nerviosa porque el negocio se iba llenando. Tocó el turno de que Mónica pagara. Pidió que le envolviera las macetas con papel y la señora le ayudó a colocarlas en la bolsa de tela que llevaba Mónica. Le agradeció mucho la compra y siguió atendiendo a la clientela.

Al salir de la tienda Mónica alzó la vista, observó con atención el nombre del negocio, La Cubanita. Volvió la mirada a la señora de la tienda, seguía sonriente, en amena conversación con las personas que pedían productos. Mónica regresó a casa contenta, por no haberse perdido, por cumplir con la encomienda y por tener la oportunidad de conocer a la señora de la tienda,

—No cabe duda, el mundo necesita de más personas con sonrisas que contagian —dijo para sí, mientras percibía cómo su rostro también sonreía.



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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 201. Reencuentro. María Gabriela López Suárez

                  Voces ensortijadas
                    Reencuentro
               María Gabriela López Suárez

El tiempo no cesaba de correr, el calendario iba pasando día tras día hasta que por fin llegó el anhelado puente vacacional que Ailén añoraba. Revisó las propuestas que tenía para esos tres días de descanso, visitar a su familia, compartir un par de días con sus amistades o con su novio, y en última instancia dar un paseo sola, a algún lugar cercano. Se le vino a la mente, ¿cuánto tiempo tenía de no dedicarse un espacio para ella? Había perdido la cuenta. Decidió por irse de paseo sola, en el fondo sabía que le vendría bien.
          Comenzó la selección de a qué lugar iría, le apeteció un lugar de clima cálido o templado. Finalmente, decidió ir a un pueblito que quedaba alrededor de 6 horas de donde ella vivía. No tenía a ninguna persona conocida ahí, sin embargo, buscó información en la red y halló datos suficientes para confirmar su decisión de dar el paseo. 
          Una de las cosas que más le costaba era llevar un equipaje ligero, se hizo el propósito de llevar solamente lo indispensable y ser práctica. En una mochila de dos hombros colocó lo que requería y para su asombro lo logró.
          Mientras se formaba para hacer fila y comprar el boleto a su destino se percató que tenía rato de no sentir ese cosquilleo en el cuerpo de cuando se viaja a un lugar nuevo. No demoró para subir al camión y emprender el recorrido.
           Se hospedó en un hostal céntrico, la calidez del personal y la atención en el servicio le brindaron confianza. En la recepción le otorgaron un tríptico  con un croquis que ubicaba los lugares más atractivos para conocer. Ailén tenía tanto tiempo de no tener un croquis impreso que le hizo sentir esa sensación grata de cuando se escribían cartas a mano. Fue marcando, con un lapicero, los lugares que visitaba.
           Mientras recorrió las calles percibió no solo los paisajes que la rodeaban, la arquitectura, la gente que iba y venía, las aves que volaban y hasta su sombra reflejada por los rayos del sol, sino también sintió la tranquilidad de sus pasos, recuperó su asombro por los escenarios nuevos y percibió una sensación que hace tiempo no tenía, estar a gusto consigo misma. Se rió de las veces que dio vueltas y volvió al mismo lugar, se agradeció por darse la oportunidad de escucharse, de caminar con su propio ritmo hacia donde quería, de dejarse llevar sin la presión del tiempo, de quedarse contemplado un bello ocaso con tonos color ocre y naranja mientras caminaba sobre una calle donde era la única persona que transitaba por ahí y sobre todo, de ser una grata compañía.
          Llegó el momento de regresar a casa. Volvió con una agradable sensación, ese viaje era justo el reencuentro que necesitaba con ella misma.
  
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 200. Alzar los brazos. María Gabriela López Suárez

                      Voces ensortijadas
                      Alzar los brazos
                  María Gabriela López Suárez


Vanessa percibió ese viernes como un día largo, largo, tal parecía que el tiempo anunciaba que en breve llegaría el invierno. Ella lo esperaba con entusiasmo y agradecimiento. En un espacio en que asomó su mirada en la ventana alcanzó a observar cómo las nubes se desplazaban rápidamente, como si las fueran apresurando a moverse, era un efecto que le gustaba.
          Avanzó en las actividades que tenía pendientes, dentro de las cosas que más le agradaban de ser su propia jefa era que podía organizar sus tiempos. Revisó los catálogos de productos que vendía, anotó los pedidos atendidos y lo que aún faltaban. La tarea parecía muy sencilla, se enfrascó tanto en ella que el tiempo se le fue volando, se percató que ya eran casi las 3 de la tarde y era hora de cerrar el local. 
           Una vez en la calle Vanessa percibió que el clima había cambiado rápidamente, los rayos del sol se habían esfumado y el cielo comenzaba a colorearse en tonos grises, acompañado de ráfagas de viento. El paisaje dibujaba un escenario como de seis de la tarde, cuando apenas darían las cuatro. 
           Repasó en su mente que esa tarde le tocaba visitar el vivero de su primo Raquel, él le había prometido que le apartaría un par de macetas con flores de nochebuena. Aunque aún faltaba para el invierno quería cerciorase que Raquel no se olvidara de sus flores. Por lo regular, las macetas se vendían con anticipación.
            Mientras caminaba rumbo al vivero el cielo se oscureció rápidamente y el viento comenzó a soplar acompañado de unas gotitas de lluvia, como una suave brisa. A medida que avanzaba en loel tramo que la llevaba al vivero sintió la atmósfera cubierta de humedad. Por un momento tuvo la sensación que estaba en un bosque de niebla, su imaginación le fue de apoyo. 
            Vanessa continuó el recorrido, a paso lento pero seguro, disfrutando el regalo de la llovizna menudita. Agradeció a sus piernas y pies por ser su sostén. Se detuvo un momento, como si una especie de imán la llevara a levantar la vista al cielo y alzar los  brazos, sintió cómo las gotitas de agua acariciaban su rostro y sus brazos se extendían como si fueran una especie de alas. Respiró profundo y consciente, sintió paz en su corazón. Los instantes que permaneció ahí fueron un deleite. En un tercer plano alcanzó a escuchar unos ladridos, era Lochi, la perrita que tenía Raquel, que le daba la bienvenida.


PD. Esta entrega de Voces ensortijadas corresponde a la número 200 en Letras, Idea Y voz. En la búsqueda de los significados del número 200, para mi sorpresa hallé una diversidad de ideas, todas interesantes. De ellas recupero tres conceptos, equilibrio, armonía y gratitud. Resueno con estas palabras con las que me identifico en estas 200 publicaciones. Agradezco a Letras, Idea Y Voz por el espacio y la divulgación de la columna, asimismo, para el público lector va mi gratitud por darle cabida y tiempo a estas líneas, semana tras semana. Ustedes son parte de esas voces ensortijadas.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 199. Domingo en la plaza. María Gabriela López Suárez

                  Voces ensortijadas
                  Domingo en la plaza
              María Gabriela López Suárez


La mañana del domingo estaba soleada, sin embargo, del lado donde había sombra el clima era lo contrario, el frío se dejaba sentir. El reloj de una construcción en la plaza marcó las nueve campanadas, Blanca había llegado puntual a la cita con Lucinda y Sebastián, a quienes había conocido un día antes en el intercambio estudiantil en el que coincidieron en ese pueblo.
         Buscó la ubicación en su celular, identificó el lugar donde acordaron reunirse, se acercó al restaurante. Echó una vista al interior para ver si estaban en alguna mesa, no los halló. Decidió sentarse en una de las mesas de afuera, ubicada en los portales.
Un mesero se acercó y le ofreció la carta. 
        —Buen día, bienvenida, ¿mesa para cuántas personas?
        —Buenos días, gracias. Para tres, por favor. Aún vendrán dos personas.
        —Muy bien, ¿gusta ordenar algo? Le dejo la carta. 
        —Sí, por favor. 
        Blanca agradeció y comenzó a revisar qué podría pedir. Le apeteció un chocolate calientito, el clima lo ameritaba. Degustó su bebida, estaba deliciosa. Había elegido sentarse frente a la plaza central del pueblo. El lugar estaba concurrido, gente iba y venía. Blanca revisó la hora, las nueve con diez minutos. Revisó el mensaje que Lucinda le mandó, clarito decía que a las nueve de la mañana se veían. Decidió seguir disfrutando su chocolate mientras esperaba.
       La plaza central era grande, sin el tradicional kiosco al centro, más bien tenía una fuente  que deleitaba al público con las formas que hacía la caída del agua. Algo que llamó la atención de Blanca era el tamaño de las bancas de cemento que tenía alrededor la plaza, calculó que medían alrededor de tres metros de largo, con unos detalles que decoraban a cada lado. 
         Su mirada siguió recorriendo el paisaje, parejas caminando, un padre pendiente de que sus hijos jugaban en triciclos,  un señor y una señora degustando alimentos como en día de campo y como en un tercer plano de donde ella se ubicaba, justo después de la calle que separaba los portales de la plaza estaban dos señores de edad mayor conversando, ambos de espaldas frente a la vista de Blanca. Ninguno se sentaba en la banca, más bien cada uno apoyaba una pierna sobre el asiento y la otra la mantenía en el piso. Era como si estuvieran sincronizados en sus movimientos, había tal armonía en la comunicación no verbal, en cada cambio de movimiento de brazos y piernas que tenía atrapada la atención de Blanca.  
         El mesero se acercó nuevamente para preguntar si gustaba ordenar algo más, Blanca respondió que esperaba a que llegaran sus acompañantes, luego volvió la vista a la plaza y los señores se habían esfumado. 
         —¿A dónde se fueron tan pronto? Si fue solo un instante el que me distraje — se dijo para sí mientras se levantaba del asiento intentando hallarlos con la mirada. No los encontró, por el contrario, a lo lejos alcanzó a reconocer el sombrero en tono naranja que portaba Lucinda el día que la conoció, a su lado una boina negra también se vislumbraba, era Sebastián que venía a su lado. Blanca permaneció de pie y comenzó a mover la mano derecha, como señal de saludo, ambos le correspondieron, a la vez que apresuraban el paso. El reloj marcaba las nueve con treinta minutos, así continuaba el ritmo de un domingo en la plaza.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 198. La ventana alegre. María Gabriela López Suárez

                    Voces ensortijadas
                    La ventana alegre
                María Gabriela López Suárez


Raquel solía tener un gusto especial por las ventanas, le agradaba contemplarlas, cuando iba caminando en alguna calle conocida o de visita a otro lugar y alguna ventana le llamaba la atención se detenía. Normalmente no tomaba fotos, más bien se quedaba observando un momento. Disfrutaba de las formas, los colores, detalles, adornos. 
        Dentro de sus ventanas favoritas estaban las de casas antiguas. Por su mente pasaban un sin fin de historias cuando hallaba alguna ventana que le deleitara no solo la vista, sino también la imaginación.
En su ruta habitual camino al trabajo a veces subía una calle con una pequeña pendiente, le resultaba poco atractivo de día. Sin embargo, el mismo rumbo por la tarde-noche cobraba un encanto. Las razones eran varias, una por el ritmo que podía llevar, le costaba menos esfuerzo porque podía ir más rápido, ese movimiento le hacía cobrar el entusiasmo y agradecer a sus piernas por cada paso recorrido. Lo cierto es que el mayor atractivo era que de regreso podía observar una de sus ventanas preferidas, la ventana alegre la llamaba,  era de tamaño vertical, la herrería  en tono plata y el color de la casa era marrón. No era una casa antigua pero el paisaje que contemplaba le generaba una sensación cálida, agradable, que le evocaba a su niñez, a su abuelita materna.
        Cada que pasaba por ahí se acordaba de una poesía infantil de Tomás Allende, Quién subiera tan alto, como la luna, para ver las estrellas, una por una, y elegir entre todas, la más bonita, para alumbrar el cuarto de la abuelita.
        La ventana solía estar con cortinas abiertas, una luz cálida alumbraba el interior, el escenario era un sillón rojo de terciopelo donde casi siempre estaba sentada una abuelita, con su bastón al lado, a su costado derecho un mueble de madera bellamente decorado con figuras de porcelana, en medio de este la televisión prendida y por el costado izquierdo alguien que la acompañaba. Aunque el ritmo de Raquel normalmente era apresurado, realizaba una mirada de soslayo a la ventana. Alguna ocasión caminó lentamente, para contemplar un poco más la postal. La sensación de calidez y paz se hacía presente.
        Una tarde pasó de regreso y percibió la ventana cerrada, le causó extrañeza. Un par de ocasiones más volvió a ver la ventada cerrada. Algo le movió el corazón, ¿le habría sucedido algo a la abuelita? Con algo de nerviosismo alzó la vista a la puerta, halló la evidencia de lo que temía, un moño de color negro, señal de duelo. Esa tarde había oscurecido más pronto, su andar fue más lento de vuelta a casa, sintió nostalgia, sin conocer a la abuelita le había tomado cariño. La ventana alegre se había cerrado, agradeció en el corazón la oportunidad de conocerla. 
         Levantó la vista, la luna se asomaba como una pequeña uña, Raquel comenzó a susurrar… Quién subiera tan alto… al tiempo que sus ojos se llenaban de agua.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 197. Volar lo que se dice volar. María Gabriela López Suárez

                      Voces ensortijadas
                   Volar lo que se dice volar
                   María Gabriela López Suárez

La tarde otoñal era muy bella, el cielo dibujaba un fondo celeste con nubes blancas que lo decoraban y los rayos luminosos del sol creaban una atmósfera muy agradable. Ágata contemplaba el paisaje desde la ventanilla del camioncito donde iba sentada, junto con sus familiares habían decidido ir de paseo a visitar al tío Prudencio y la tía Vicky que vivían en un pueblito ubicado a 8 horas de la ciudad. Como eran varias personas decidieron rentar un pequeño camión.
         El ambiente al interior era muy alegre. La tía Lupita que era quien armaba el relajo traía al presente las anécdotas chuscas que habían pasado a diversos integrantes de la familia. Doña Lupita se caracterizaba por la habilidad de narrar de forma tan amena las anécdotas, que tal parecía que las vivía al momento de contarlas, eso era algo que atrapaba la atención de quien la escuchaba. 
         Ágata estuvo atenta un buen rato a la conversación de la tía,  luego nuevamente giró la mirada hacia el paisaje. Éste atrapó su atención de tal forma que se le vino a la mente algo que supo desde que era niña, a ella le gustaba viajar e ir en carretera era uno de sus grandes escaparates. Revisó los recuerdos de su infancia, las diversas ocasiones en que viajó con su mamá y papá, cuando junto con su hermano mayor se ponían a contar algo que les llamara la atención, como árboles, letreros, focos encendidos, hasta el número de coches de cierto color. O simplemente alzaban la vista al cielo y le buscaban formas a las nubes. Siempre era divertido.
         ¿Qué era lo más atractivo de viajar? Se había preguntado más de una vez Ágata, como a manera de comunicación intrapersonal. Su respuesta casi siempre era la misma, t- o- d- o. ¿Todo? Sí, todo todito. Prepararse para el viaje, sentir la emoción porque la fecha se acerque; durante el viaje tratar de disfrutar al máximo cada momento, conversar con las personas, observar lo que es novedoso y también lo que es semejante, probar nuevos sabores en comida, dulces, bebidas, planear menos y estar con actitud de hacer alguna actividad de manera espontánea. Y por supuesto, agradecer al terruño y personas con quienes se interactuó para volver de regreso a casa, con el corazón contento.
        Viajar era para Ágata como una manera de emprender el vuelo, justo se le vino a la mente la letra de la canción Volar, de El Kanka y empezó a tararear la partes que recordaba,
        Volar, lo que dice volar
        Volar, volar, volar, no vuelo…
        Solté todo lo que tenía y fui feliz
        Solté las riendas y dejé pasar
        No me ata nada aquí
        No hay nada que guardar
        Así que, cojo impulso y a volar
        
El buen ambiente continuaba al interior del camioncito que cada vez estaba más cerca a su destino. Ágata seguía atenta contemplando el paisaje. Mientras tanto el cielo comenzó a cambiar de tonalidad, como dándole la bienvenida al ocaso.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 196. Entre aromas y sabores. María Gabriela López Suárez

                       Voces ensortijadas
                     Entre aromas y sabores
                   María Gabriela López Suárez

Felicia, quien cursaba el segundo año de secundaria, escuchaba con atención la plática que daba el profesor Gilberto sobre la cosmovisión en los pueblos prehispánicos, su mente volaba en la imaginación intentando conectar cómo eran esos tiempos. Recordó los vestigios que conocía a través de las imágenes que había visto en los libros y también en algunos museos que había visitado.

Se quedó pensando que le habría gustado mucho vivir en esa época, caminar en los espacios, territorios, danzar, tocar algún instrumento musical, aprender a hacer vasijas o hasta pintar murales. Llegó el momento en que el profesor hizo referencia a los rituales que se realizaban en esos pueblos y la importancia de la música, los alimentos, los colores y las ofrendas.

La clase terminó. El profesor Gilberto despidió a su grupo. Felicia y sus amistades, Gerónimo y Maribel, comentaron que les había gustado mucho el tema. Mientras regresaban a casa iban recordando lo que les resultó más interesante. Luego cada quien tomó su rumbo para ir a sus domicilios.

Camino a casa Felicia pasó por un mercadito ubicado a pocas cuadras de donde vivía. Alcanzó a observar el colorido de las frutas de la temporada, eso anunciaba el Día de Muertos. A lo lejos percibió el naranja de las mandarinas, el amarillo de las limas, el verde de la caña. Conforme se fue acercando identificó el aroma de las flores de musá. Esa flor era una de sus favoritas, le traía el recuerdo de su abuelita materna, ya fallecida, a quien también le gustaba esa flor y le agradaba su aroma. Esa conexión con su abuelita Esther le hacía sentir muy bonito.

No resistió la tentación de pasar cerca de uno de los puestos de frutas, se le antojó una mandarina. Revisó si tenía dinero en su monedero, por fortuna tenía algunas monedas, le alcanzó justo para comprar un par de ellas. 

Mientras seguía rumbo a casa comenzó a degustar la mandarina, estaba dulce, jugosa, como dijera su abuelita Esther, “en su mero punto”. De nuevo se le vino a la mente el tema de su clase, sintió su corazón contento, entre aromas y sabores, justo como en la celebración del Día de Muertos donde se mezclaban ambos elementos en las ofrendas y rituales. Guardó la mandarina que le quedaba para compartir con Mateo, su hermano menor quien seguro la esperaba en casa.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 195. Salud y comunicación para la vida. María Gabriela López Suárez

                       Voces ensortijadas
              Salud y comunicación para la vida*
                  María Gabriela López Suárez

Rosario es una mujer de la tercera edad, está en el hospital, la salud de su hijo Ran está delicada porque tuvo una fractura en la pierna. Ella es una mujer de un pueblo originario, poco habla el castellano. Ella y su nuera Bertha han estado viviendo en los últimos dos días entre el constante ir y venir en el hospital. Su lugar de residencia es fuera de la ciudad, su comunidad se ubica a cinco horas. Se han incorporado a un "tendedero" que improvisaron personas de otras comunidades, afuera del hospital. Les han dado un espacio pequeño para que puedan pasar ratos del día y descansar por las noches. Bertha es quien está más al interior del hospital. Ella entiende un poco más el castellano que Rosario. Ni Ran, ni Bertha, ni Rosario conocen sobre los conceptos teóricos que refieren al colonialismo, a la colonialidad del poder, sin embargo, día a día viven experiencias en carne propia que conllevan a todo lo que eso implica. 

En su comunidad Bertha ha aprendido que las enfermedades pueden sanarse haciendo uso de las hierbas que tienen en sus huertos. En el hospital nadie habla de curar con hierbas, o al menos eso percibe. Poco alcanza a comprender lo que dicen los médicos. Hablan rápido, en castellano; cuando puede hablar con Bertha le pregunta cómo sigue Ran, le han hecho una cirugía, pero nadie les ha actualizado cómo va su salud.  A Bertha también le dan poca información. Rosario se siente triste, no solo por la situación de su hijo, sino porque es ajena en ese lugar, extraña su casa, su patio, los árboles, preparar su comida, regar sus plantas, su huerto, hablar en su lengua materna con sus familiares o conocidos.

Por ratos, Rosario llega a la sala de espera del hospital, con la esperanza de ver a Bertha, quiere saber sobre Ran y preguntarle a ella si tiene hambre, si quiere descansar un rato. La comida que venden es muy distinta a la que hay en su comunidad,  le dan ganas de tomar su pozol agrio,  un caldito de gallina o un tecito de zacate. Extraña comer en familia, platicar y sentarse alrededor del fogón, en la cocina. Agradece el café que le obsequian las personas que le dan hospedaje. Eso le hace recordar que en su comunidad cuando a alguien le sucede algo, entre toda la gente se apoyan. En la ciudad la situación es muy distinta, cada quien va por su lado. 

Es muy probable que Rosario no haya escuchado hablar sobre la interculturalidad y su relación con la salud. Sin embargo, es muy observadora, esa tarde percibe al personal que está en la entrada y que atiende a quienes llegan. Se da cuenta que no a todas las personas las tratan de la misma manera, a quienes como ella se ven más humildes y no hablan castellano, las miradas apenas y se cruzan y hasta cierto punto las personas son ignoradas, como si sus voces no fueran escuchadas.

–¿Por qué nadie habla en mi lengua? –se pregunta Rosario. Se lleva las manos al rostro y se talla los ojos. Le dan ganas de hablar mejor el castellano y poder preguntar qué pasa con la salud de Ran. Se consuela al pensar que Bertha no tardará en salir, seguro que le traerá datos. Como si fuera una premonición Bertha llega a la sala de espera y la llama. Los ojos de Rosario se iluminan. Bertha le dice que hay una chica enfermera que es hablante de su misma lengua materna. Se ha sentido en confianza de preguntar sobre la salud de Ran, le da la buena noticia que le fue muy bien en la operación, que ya está en un cuarto y que podrán pasar a verlo, si todo sigue así es muy probable que pronto puedan volver a su casa. La enfermera ha dicho a Bertha que esté tranquila, ella les informará cómo va la situación.

Rosario siente que le han quitado un peso de encima, qué alegría siente su corazón porque Ran está a salvo, también siente tranquilidad de que haya alguien que sepa hablar la misma lengua que ellas. Observa nuevamente el espacio, siguen llegando pacientes, algunos hablan en castellano, otros muy poco. Le pregunta a Bertha si quiere tomar un poco de café, en el tendedero hay café caliente, ambas se alejan con rumbo a ese lugar. Los semblantes de las mujeres han cambiado, sin embargo, aún falta camino por recorrer para llegar a casa y estar con los corazones bien contentos.

Mientras tanto queda una serie de tareas por realizar desde cada persona, desde cada grupo, desde cada sociedad porque una constante que se vive en lo cotidiano son las heridas coloniales del conocimiento. Somos seres sociales, interactuamos con una diversidad de culturas, la comunicación y el respeto son elementos clave y en la salud no es la excepción, y como refiere Sandra Payán, hay que “entender la salud como la salud de las relaciones”.


[* Texto escrito por la autora de esta columna en el marco del Diplomado en Salud Intercultural que actualmente cursa, retomando elementos de la realidad, agregando datos en sentido literario e integrando la reflexión a partir de las temáticas del diplomado.]
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 194. 6 años y contando. María Gabriela López Suárez

                       Voces ensortijadas
                       6 años y contando
                  María Gabriela López Suárez


La entrada del otoño en este 2023 ha estado llena de una intensidad de emociones, de paisajes, de  manifestaciones de la naturaleza en su mayor plenitud. También se puede percibir desde nuestro terruño chiapaneco y me atrevo a decir que en el ámbito nacional, el aroma a las festividades del Día de Muertos, aún estando en octubre.
         Y en este incesante tic tac que marca el reloj, se va caminando la vida, con sus sabores gratos, sus sinsabores, sus sorpresas, retos, el ir y venir de los pasos que cada quien recorre, a su tiempo, a su modo, así como también está el constante recordar lo efímero de nuestro paso por este mundo. Ante lo cotidiano, lo más común, lo simple que nos rodea, que me rodea, que te rodea, se encuentra la observación, la contemplación, el asombro, el regocijo y aprendizajes que intento plasmar cada semana a través de las letras que integran las Voces ensortijadas.
         Hace alrededor de dos semanas, conversando con un amigo, me percaté que el pasado 3 de julio esta columna llegó a su sexto aniversario. Gracias Alan por preguntarme cuándo y cómo surgieron estas Voces ensortijadas. En esta ocasión aplico lo del refrán que dice más vale tarde que nunca, para hacer referencia al agradecimiento por estos 6 años y lo que conlleva este proyecto que se enriquece cada día con quienes son parte del público lector de los textos que semanalmente tecleo.
         Agradezco desde el corazón a cada lectora, lector de la columna, familiares, amistades, gracias por el tiempo para leer las líneas, gracias por su motivación, su confianza para hacerme llegar sus comentarios, las anécdotas o recuerdos con los que resuenan al leer cada texto.
        Va mi agradecimiento también para el portal Chiapas Paralelo por estos 6 años de brindarme espacio para publicar la columna.   Asimismo,  agradezco a Letras, ideaYvoz y Roger Octavio Gómez Espinosa, por el espacio  para divulgar esta columna y por el incentivo para animarme a integrar la Antología I. 2020-2021 de las Voces ensortijadas que se ha presentado de manera virtual y presencial en San Cristóbal de Las Casas. Gracias a Begoña Sánchez por el apoyo para compartir las Voces ensortijadas en formato radiofónico en su programa en Radio Siberia
         Aprovecho para compartirles, con mucho gusto, que las Voces ensortijadas. Antología I. 2020-2021 se presentará en este mes de octubre en el IV Congreso Internacional de Enfoque Intercultural “Interculturalidad y Construcción de Paz” y VII Coloquio de   Interculturalidad a realizarse en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas.
6 años y contando, escribir es parte de lo que me gusta hacer,  es a la vez una especie de diálogo con lo que me rodea, una manera de canalizar lo que se percibe en lo cotidiano y también es una terapia con la que conecto y que valoro como herramienta para comunicar. Gracias, gracias, gracias.



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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 193. Después de la tormenta llega la calma. María Gabriela López Suárez

                       Voces ensortijadas
           Después de la tormenta llega la calma
                  María Gabriela López Suárez

Marilú despertó de pronto, la razón había sido el sonido de los truenos acompañados de una fuerte lluvia. Revisó el reloj, las 3:45 de la mañana. Aún tenía espacio para dormir otro rato, el despertador tenía programada la alarma para las 6:30 de la mañana. 
         Los truenos y la lluvia poco contribuyeron para que Marilú conciliara el sueño, finalmente logró dormirse. Para su buena fortuna la alarma no sonó tan pronto, o al menos eso percibió al apagarla. Permaneció unos  minutos más en la cama hasta que decidió levantarse.
         Abrió la ventana de la habitación para percibir el olor a tierra mojada y verificar si la lluvia había cesado. Aún se hacía presente una leve llovizna. Supuso que el agua de la regadera estaba fría y decidió bañarse con agua caliente, buscó su resistencia eléctrica. Dejó calentando el agua mientras se preparaba un licuado con duraznos y fresas.
        Se bañó y arregló rápidamente. Revisó el reloj, marcaba las 7:28, estaba justo a tiempo para  salir rumbo a su trabajo. Bebió su licuado. Jaló su chamarra de mezclilla, su bolsa y su paraguas y salió de casa. Caminó alrededor de tres cuadras, llegó a la parada del microbús. Había una unidad con varios lugares, se subió y sentó en la tercera fila, eligió el asiento de la ventanilla. 
            Mientras el microbús hacía su recorrido, Marilú observaba con atención las gotas de agua que decoraban el cristal de la ventana. A lo lejos los cerros aún se veían cubiertos con la neblina propia de la lluvia que recién había escampado. Ese paisaje le provocaba nostalgia, venían a su mente los días de la infancia en los que suspendían las clases y ella y sus vecinas solían juntarse y jugar en el parquecito cercano a sus casas.
         Cerró un momento los ojos. El movimiento del transporte la fue arrullando, ya se sabía el trayecto rumbo a su trabajo, así que no dudó en dormitar un momento. Como una especie de alarma regresó al aquí y ahora, abrió los ojos y se encontró con un bello paisaje. El sol estaba asomándose, los cerros se veían despejados y permitían contemplar el verde que los decoraba. Marilú recordó los truenos que la habían despertado en la madrugada y ahora al observar el paisaje de la mañana se le vino a la mente la frase que solía decirle su abuelito Tomás,
        —Cuando tengas una situación difícil, acuérdate hija que después de la tormenta llega la calma.
          El rostro de Marilú dibujó una bella sonrisa, —qué razón tenías abuelito —dijo para sí, mientras se 
preparaba para ir pidiendo la parada porque ya estaba próximo su destino.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.