Voces ensortijadas 206. Cuando la ciudad duerme. María Gabriela López Suárez

                  Voces ensortijadas

               Cuando la ciudad duerme

             María Gabriela López Suárez

El sonido de la alarma se escuchó, era un tono con un trinar de pájaros muy sutil, Lorena eligió ese tono justo para que su despertar cada mañana no fuera tan abrupto. Tomó el celular, eran las 6:30 de la mañana. Apagó la alarma y se acomodó nuevamente en su cama. Había acordado con Tina y Eliseo, sus amistades, que la última semana del año comenzarían a correr para iniciar el nuevo año de manera saludable.
    —No me quiero levantar, solo a mí se me ocurre proponer esa idea estando de vacaciones, ni modo que me eche para atrás —comenzó a decir para sí Lorena, al tiempo que se levantaba de la cama y se vestía. Se colocó el cabello en una cola, se puso una gorra y buscó el celular, envió un par de mensajes a sus amistades, avisándoles que pasaría a tocar a sus domicilios, si al segundo toquido nadie salía ella iría sola a correr.
    Antes de salir de su casa se percató que el cielo estaba nublado y corría airecillo, se puso una sudadera y luego se dirigió al domicilio de Eliseo, quien no respondió al llamado. Soñolienta aún fue a casa de Tina, al segundo toquido su amiga se asomó a la ventana para decirle que no iría, que la disculpara mucho pero que no se sentía bien. El mensaje desanimó un poco a Lorena, sin embargo, le dijo que comprendía y emprendió su camino.
    Se detuvo unos minutos para comenzar a hacer algo de calentamiento y terminar de despertar. Luego comenzó a trotar lentamente y avanzó sobre la avenida principal de la ciudad. El paisaje era muy agradable, los cerros se alcanzaban a observar con ligera neblina, eso le daba una linda vista y acentuaba la temporada invernal. El tráfico era muy leve, incluso pocas personas caminaban en la calle, estaba despejado. Lorena se hizo el propósito de trotar alrededor de dos kilómetros.
   De regreso decidió caminar, eso le permitió observar su recorrido. Enfocó su atención en las viviendas, los detalles en la arquitectura, los negocios que lucían distintos al estar cerrados, las banquetas amplias sin tanta gente abarrotándolas, hasta pudo deleitarse con una parvada de cotorros que pasó por el rumbo donde ella estaba. Por un momento su mente viajó para imaginar cómo sería la ciudad varias décadas atrás, recordó algunas fotografías que solían poner en los museos y también los comentarios que hacían sus familiares cuando hablaban de la arquitectura.
    Lorena estaba tan atenta a lo que contemplaba que se olvidó del incidente con Tina y Eliseo, aún seguía asombrada de cómo todo podía cambiar cuando la ciudad duerme. Sin duda, la ciudad se transformaba. Al pasar por una cafetería le apeteció tomar un chocolate con pan regional, pero ni pista había que fueran a abrir. Siguió su trayecto, ya le faltaba poco para llegar a casa. Respiró profundo, el clima estaba a su favor, no sentía calor ni frío. Sonrió para sí, se agradeció por haberse animado a levantarse, era la cuenta regresiva para culminar bien el viejo año e iniciar con alegría y ánimo el nuevo año.

PD. Mis mejores deseos para el público de las Voces ensortijadas y al equipo de Letras, ideaYvoz en este año 2024. ¡Que disfruten el gran regalo de la vida!

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 205. Noche de paz. María Gabriela López Suárez

                       Noche de paz

                María Gabriela López Suárez

           Con cariño para Amparito, Julio, Coni, Carla, Lilián y Ana.

Regina se sentó a contemplar el cielo en el jardín de su casa. El aire frío sumado a la abundante vegetación y al paisaje de la bóveda celeste le daba un toque muy especial a la noche. Echaba de menos el paisaje sonoro de los grillos, el silbido del viento se asomaba de vez en vez.
       Su memoria no pudo evitar traer a la mente la diversidad de experiencias que había vivido ese año. En verdad que eran muchas vivencias, algunas con tintes de tristeza, dolor, nostalgia, despedidas pero también de alegría, asombro, bellas sorpresas y regocijos en el corazón.
       Alba, su hermana mayor, llegó hasta donde estaba Regina, en silencio se sentó a su lado. Sin volver la vista, Regina sintió la presencia de Alba, le extendió la mano derecha. Sintió la calidez de su hermana Alba, le transmitió esa fuerza que solía compartirle desde que eran niñas.
       Ambas habían estado juntas en los momentos difíciles y en los alegres, sabían lo que sus corazones sentían. Regina era poco expresiva. Alba conocía que cuando su hermana contemplaba la naturaleza estaba agradeciendo algo a la vida.
       Con la voz tenue Regina comentó,
       —¿Ya viste Alba cuántas estrellas hay en el cielo?
       —Es una inmensidad, ¿te acordás que cuando éramos niñas hasta el cuello nos dolía por contar tantas estrellas?
       Regina sonrió y agregó,
       —¡Cómo olvidarlo! Hasta nos regañó más de una vez papá por quedarnos adoloridas de levantar la cabeza al cielo. Esas estrellas me han recordado a todas las personas que forman parte de la vida, las que con su brillo nos alumbran y dan ánimo para continuar en los momentos más difíciles y que también se alegran por los logros que tenemos.
        Alba respiró profundo y respondió,
        —Tenés razón Regina, somos afortunadas en tenernos como hermanas, amigas y también a toda la gente que queremos y nos apoya. Ya casi es Nochebuena y Navidad, te has puesto nostálgica hoy, ya mero vienen los regalos.
        Regina volteó a ver a Alba, sonrió discretamente y dijo,
        —Lo más bello de la vida no son regalos materiales sino un momento como este, una noche de paz.
        Alba percibió un nudo en su garganta, no pudo decir algo, solo asintió con la cabeza, mientras volvía su vista al cielo.

[P.D. Al público de las Voces ensotijadas y a quienes integran la revista Letras, ideaYvoz: les deseo una muy feliz Navidad, que la pasen en armonía y paz con sus seres queridos.]

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 204. La fiesta de los hilos. María Gabriela López Suárez

                        Voces ensortijadas

                     La fiesta de los hilos
                  María Gabriela López Suárez

Roberta se levantó del asiento, se percató que llevaba más de tres horas sentada, sin haber tomado gota de agua, ni despegado los ojos del monitor de la computadora.
     —¡Qué bárbara Roberta! Te has olvidado de ti por querer avanzar en este pendiente —se dijo en tono preocupado mientras estiraba las piernas y movía suavemente la cabeza de un lado a otro.
      Se quitó los lentes, se dio un ligero masaje sobre los ojos, dio un sorbo a su taza de café frío y se detuvo a contemplar la vista desde la ventana que tenía en su oficina. Observó que en la vivienda antigua que siempre le llamaba la atención por permanecer en un tono ocre, como en el olvido, estaba siendo pintada.
     —¡Qué bonito cambio tendrá esa casa! Alegrará la vista, qué ganas de verla por dentro también — señaló en una especie de monólogo.
     Mientras volvía a su asiento se dio cuenta que ya estaba a unos minutos de salir, apagó la computadora y comenzó a guardar sus cosas con poca prisa, recordó que era miércoles y ese día Santiago, su ex esposo, iría por su hijo Joshua, a la escuela y comerían juntos.
     Al llegar a casa Roberta decidió hacer una pausita en su ajetreo cotidiano, fue a la sala y se sentó en un sillón, al volver la vista a su lado derecho encontró la bolsa donde guardaba su bordado.
    —¡Vaya, vaya pero qué tenemos por acá! ¡Este bordado ha quedado intacto desde hace un par de demeses, o quizá más! —exclamó mientras abría el cierre de la bolsa. Sacó el bordado, intentó recordar qué le faltaba para culminar el jarrón con gerberas, una vez aclarada la idea buscó el hilo en tono marrón y su aguja. Para su sorpresa encontró que sus bollos de hilos estaban revueltos. Por su mente pasó la idea de que Joshua podría haber jugado los hilos, descartó la idea.
      Seguía intentando hallar la respuesta de cómo habría pasado ese enredo. Su mente se entretuvo observando que los hilos estaban tan bien entretejidos que formaban una bella especie de telaraña multicolor. A diferencia de lo que le pasaba antes de aprender a bordar, que habría jalado los hilos en su desesperación para terminar pronto y formar nudos en vez de desenredarlos, comenzó a tomar con cuidado cada bollo y jalar suavemente los hilos hasta lograr que cada color se fuera separando. Cuando terminó se dio cuenta que había sido un lindo ejercicio para poner en práctica su paciencia, sin sacrificar ningún hilo, ni cortarlo.
      Roberta enrolló y guardó cada bollo de hilo en la bolsa, imaginó que en ese tiempo de tener abandonado el bordado, se había organizado la fiesta de los hilos. Quizá ella era la invitada principal pero en sus labores cotidianas ni siquiera se había dado por enterada. Sonrió para sí mientras se acomodó en el sillón, la luz del sol que se coló por la ventana le dio un toque cálido que la acompañó mientras tomaba el bordado y comenzaba con la puntada de arroz para decorar el jarrón.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 203. Noche de estrellas. María Gabriela López Suárez

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Noche de estrellas
María Gabriela López Suárez

Después de una larga jornada laboral llegó el fin de semana. Manuela se apresuró a terminar con algunos pendientes, había quedado de salir con Sofía y René, sus amistades de la universidad. Tenían rato de no reunirse, alrededor de un par de años, había mucho que platicar y ponerse al corriente de las novedades que cada quien tenía para compartir.
Sofía propuso el lugar de encuentro, El Molino, un restaurante que ni Manuela ni René conocían. A decir de Sofía, era un espacio muy grato, donde podrían conversar muy bien, además tenía un lindo jardín que aunque era pequeño le daba una bella vista. Esos datos les animaron a aceptar la propuesta.
Cuando Manuela revisó el reloj se percató que tenía tiempo de pasar a comprar chocolates para sus amistades. Sin embargo, no tomó en cuenta que habría tráfico en el centro de la ciudad. Eso le hizo demorarse un poco, no llegaría tan puntual como contemplaba. Después de un rato de espera tomó un taxi y se dirigió a El Molino.
Para la sorpresa de Manuela el coche se descompuso justo cuando estaba cerca de su destino.
—Me da mucha pena, pero el carro ya no arranca, hasta acá la dejaré —señaló el taxista.
—¡No me diga eso¡ Voy con retraso a mi cita. ¿Y cuánto falta para llegar al restaurante que le dije? —comentó Manuela intentando no sonar alterada.
—Ya está bien cerquita, solo camina como una cuadra y media, luego da vuelta a la derecha y verá unos faroles, ahí es —respondió el conductor.
—Gracias señor —expresó Manuela en un tono bajito, entre molesta y desanimada.
Comenzó a caminar y ligeramente volteó a ver al señor del taxi que se movía de un lado a otro con el celular en mano, alcanzó a escuchar que decía,
—Bueno, ¿será que me puedes ayudar? Se me quedó el carro aquí…
Manuela continuó su andar, el camino era de terracería, por fortuna había llevado unos zapatos sin tacón alto. Había poca luz, sacó el celular y se percató que no había señal, pensó en Sofía, en qué momento aceptaron llegar a ese lugar tan solitario. Iba a refunfuñar cuando por instinto levantó la vista al cielo, se detuvo un instante, era una noche de estrellas, la oscuridad permitía distinguirlas mejor. El paisaje era sumamente hermoso, se sintió agradecida y acompañada por ese regalo. Prosiguió su caminar, dio vuelta a la derecha siguiendo las indicaciones del conductor y alcanzó a distinguir los faroles. Sonrió,
—¡Vaya, vaya, al fin he llegado al Molino! Sin apresurar el paso avanzó hasta llegar a la entrada, sintió su corazón contento ahí estaban René y Sofía.

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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 202. Sonrisas que contagian. María Gabriela López Suárez

                Voces ensortijadas

Sonrisas que contagian

María Gabriela López Suárez



El sábado Mónica se levantó más temprano que de costumbre, tenía el pendiente de ir a comprar unas maceteras de barro que le había encargado su tía Sonia. Mónica estaba de visita en la ciudad donde vivía Sonia y aprovechando que tenía el día libre decidió apoyar a su tía con el mandado.

Era la segunda ocasión que Mónica iba al centro de la ciudad, a la zona del mercado; la primera ocasión la llevó Sonia.

—¿Estás segura que quieres ir sola al mercado? Si me esperas a que regrese del trabajo podemos ir juntas —preguntó la tía antes de irse al taller de textiles donde laboraba.

—Sí tía, yo me voy solita, me acuerdo bien de la ubicación, de las calles. Si de plano me pierdo de rumbo, te llamo.

Ambas salieron de casa, se encaminaron una cuadra y media, se despidieron y luego tomaron el rumbo a sus destinos.

Mónica comenzó a recordar los negocios que había visto en la primera visita al mercado, poco a poco se fue ubicando. De pronto, fue por una calle, dio vuelta, caminó nuevamente, giró y se percató que había regresado al mismo punto. Sonrió para sí, estaba sin avanzar. Se puso atenta y observó que un kiosco era el referente para que se ubicara.

Continuó el recorrido, mientras avanzaba llamó su atención una tienda que tenía afuera unos jarrones grandes, muy vistosos. Observó muchas figuras de barro al interior, casi estaba segura que ahí encontraría el pedido de la tía Sonia. Escuchó la voz de una mujer, con tono amable, que la invitaba a pasar.

—¡Pásale muchacha! ¿Qué es lo que buscas? Ahora te atiendo.

Mónica entró a la tienda, echó un vistazo a los estantes, percibió un agradable aroma a incienso y descubrió acercándose a ella a una señora muy delgada, ojos grandes y rostro sonriente, que le preguntó qué necesitaba. La señora se movía, rápidamente, de un lado a otro en la tienda y la seguía invitando a ver los productos. Ese gesto le hizo sentir confianza a Mónica, quien pronto descubrió el área de las maceteras de barro. Eligió tres maceteras pequeñas, una en forma de conejo, otra de tortuga y una de media luna.

Poco a poco llegó más clientela al negocio, el espacio era de tamaño mediano y bien ventilado. La señora continuaba dando un trato con calidez a cada persona, sin ponerse nerviosa porque el negocio se iba llenando. Tocó el turno de que Mónica pagara. Pidió que le envolviera las macetas con papel y la señora le ayudó a colocarlas en la bolsa de tela que llevaba Mónica. Le agradeció mucho la compra y siguió atendiendo a la clientela.

Al salir de la tienda Mónica alzó la vista, observó con atención el nombre del negocio, La Cubanita. Volvió la mirada a la señora de la tienda, seguía sonriente, en amena conversación con las personas que pedían productos. Mónica regresó a casa contenta, por no haberse perdido, por cumplir con la encomienda y por tener la oportunidad de conocer a la señora de la tienda,

—No cabe duda, el mundo necesita de más personas con sonrisas que contagian —dijo para sí, mientras percibía cómo su rostro también sonreía.



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Maria Gabriela López Suárez

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Voces ensortijadas 201. Reencuentro. María Gabriela López Suárez

                  Voces ensortijadas
                    Reencuentro
               María Gabriela López Suárez

El tiempo no cesaba de correr, el calendario iba pasando día tras día hasta que por fin llegó el anhelado puente vacacional que Ailén añoraba. Revisó las propuestas que tenía para esos tres días de descanso, visitar a su familia, compartir un par de días con sus amistades o con su novio, y en última instancia dar un paseo sola, a algún lugar cercano. Se le vino a la mente, ¿cuánto tiempo tenía de no dedicarse un espacio para ella? Había perdido la cuenta. Decidió por irse de paseo sola, en el fondo sabía que le vendría bien.
          Comenzó la selección de a qué lugar iría, le apeteció un lugar de clima cálido o templado. Finalmente, decidió ir a un pueblito que quedaba alrededor de 6 horas de donde ella vivía. No tenía a ninguna persona conocida ahí, sin embargo, buscó información en la red y halló datos suficientes para confirmar su decisión de dar el paseo. 
          Una de las cosas que más le costaba era llevar un equipaje ligero, se hizo el propósito de llevar solamente lo indispensable y ser práctica. En una mochila de dos hombros colocó lo que requería y para su asombro lo logró.
          Mientras se formaba para hacer fila y comprar el boleto a su destino se percató que tenía rato de no sentir ese cosquilleo en el cuerpo de cuando se viaja a un lugar nuevo. No demoró para subir al camión y emprender el recorrido.
           Se hospedó en un hostal céntrico, la calidez del personal y la atención en el servicio le brindaron confianza. En la recepción le otorgaron un tríptico  con un croquis que ubicaba los lugares más atractivos para conocer. Ailén tenía tanto tiempo de no tener un croquis impreso que le hizo sentir esa sensación grata de cuando se escribían cartas a mano. Fue marcando, con un lapicero, los lugares que visitaba.
           Mientras recorrió las calles percibió no solo los paisajes que la rodeaban, la arquitectura, la gente que iba y venía, las aves que volaban y hasta su sombra reflejada por los rayos del sol, sino también sintió la tranquilidad de sus pasos, recuperó su asombro por los escenarios nuevos y percibió una sensación que hace tiempo no tenía, estar a gusto consigo misma. Se rió de las veces que dio vueltas y volvió al mismo lugar, se agradeció por darse la oportunidad de escucharse, de caminar con su propio ritmo hacia donde quería, de dejarse llevar sin la presión del tiempo, de quedarse contemplado un bello ocaso con tonos color ocre y naranja mientras caminaba sobre una calle donde era la única persona que transitaba por ahí y sobre todo, de ser una grata compañía.
          Llegó el momento de regresar a casa. Volvió con una agradable sensación, ese viaje era justo el reencuentro que necesitaba con ella misma.
  
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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 200. Alzar los brazos. María Gabriela López Suárez

                      Voces ensortijadas
                      Alzar los brazos
                  María Gabriela López Suárez


Vanessa percibió ese viernes como un día largo, largo, tal parecía que el tiempo anunciaba que en breve llegaría el invierno. Ella lo esperaba con entusiasmo y agradecimiento. En un espacio en que asomó su mirada en la ventana alcanzó a observar cómo las nubes se desplazaban rápidamente, como si las fueran apresurando a moverse, era un efecto que le gustaba.
          Avanzó en las actividades que tenía pendientes, dentro de las cosas que más le agradaban de ser su propia jefa era que podía organizar sus tiempos. Revisó los catálogos de productos que vendía, anotó los pedidos atendidos y lo que aún faltaban. La tarea parecía muy sencilla, se enfrascó tanto en ella que el tiempo se le fue volando, se percató que ya eran casi las 3 de la tarde y era hora de cerrar el local. 
           Una vez en la calle Vanessa percibió que el clima había cambiado rápidamente, los rayos del sol se habían esfumado y el cielo comenzaba a colorearse en tonos grises, acompañado de ráfagas de viento. El paisaje dibujaba un escenario como de seis de la tarde, cuando apenas darían las cuatro. 
           Repasó en su mente que esa tarde le tocaba visitar el vivero de su primo Raquel, él le había prometido que le apartaría un par de macetas con flores de nochebuena. Aunque aún faltaba para el invierno quería cerciorase que Raquel no se olvidara de sus flores. Por lo regular, las macetas se vendían con anticipación.
            Mientras caminaba rumbo al vivero el cielo se oscureció rápidamente y el viento comenzó a soplar acompañado de unas gotitas de lluvia, como una suave brisa. A medida que avanzaba en loel tramo que la llevaba al vivero sintió la atmósfera cubierta de humedad. Por un momento tuvo la sensación que estaba en un bosque de niebla, su imaginación le fue de apoyo. 
            Vanessa continuó el recorrido, a paso lento pero seguro, disfrutando el regalo de la llovizna menudita. Agradeció a sus piernas y pies por ser su sostén. Se detuvo un momento, como si una especie de imán la llevara a levantar la vista al cielo y alzar los  brazos, sintió cómo las gotitas de agua acariciaban su rostro y sus brazos se extendían como si fueran una especie de alas. Respiró profundo y consciente, sintió paz en su corazón. Los instantes que permaneció ahí fueron un deleite. En un tercer plano alcanzó a escuchar unos ladridos, era Lochi, la perrita que tenía Raquel, que le daba la bienvenida.


PD. Esta entrega de Voces ensortijadas corresponde a la número 200 en Letras, Idea Y voz. En la búsqueda de los significados del número 200, para mi sorpresa hallé una diversidad de ideas, todas interesantes. De ellas recupero tres conceptos, equilibrio, armonía y gratitud. Resueno con estas palabras con las que me identifico en estas 200 publicaciones. Agradezco a Letras, Idea Y Voz por el espacio y la divulgación de la columna, asimismo, para el público lector va mi gratitud por darle cabida y tiempo a estas líneas, semana tras semana. Ustedes son parte de esas voces ensortijadas.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 199. Domingo en la plaza. María Gabriela López Suárez

                  Voces ensortijadas
                  Domingo en la plaza
              María Gabriela López Suárez


La mañana del domingo estaba soleada, sin embargo, del lado donde había sombra el clima era lo contrario, el frío se dejaba sentir. El reloj de una construcción en la plaza marcó las nueve campanadas, Blanca había llegado puntual a la cita con Lucinda y Sebastián, a quienes había conocido un día antes en el intercambio estudiantil en el que coincidieron en ese pueblo.
         Buscó la ubicación en su celular, identificó el lugar donde acordaron reunirse, se acercó al restaurante. Echó una vista al interior para ver si estaban en alguna mesa, no los halló. Decidió sentarse en una de las mesas de afuera, ubicada en los portales.
Un mesero se acercó y le ofreció la carta. 
        —Buen día, bienvenida, ¿mesa para cuántas personas?
        —Buenos días, gracias. Para tres, por favor. Aún vendrán dos personas.
        —Muy bien, ¿gusta ordenar algo? Le dejo la carta. 
        —Sí, por favor. 
        Blanca agradeció y comenzó a revisar qué podría pedir. Le apeteció un chocolate calientito, el clima lo ameritaba. Degustó su bebida, estaba deliciosa. Había elegido sentarse frente a la plaza central del pueblo. El lugar estaba concurrido, gente iba y venía. Blanca revisó la hora, las nueve con diez minutos. Revisó el mensaje que Lucinda le mandó, clarito decía que a las nueve de la mañana se veían. Decidió seguir disfrutando su chocolate mientras esperaba.
       La plaza central era grande, sin el tradicional kiosco al centro, más bien tenía una fuente  que deleitaba al público con las formas que hacía la caída del agua. Algo que llamó la atención de Blanca era el tamaño de las bancas de cemento que tenía alrededor la plaza, calculó que medían alrededor de tres metros de largo, con unos detalles que decoraban a cada lado. 
         Su mirada siguió recorriendo el paisaje, parejas caminando, un padre pendiente de que sus hijos jugaban en triciclos,  un señor y una señora degustando alimentos como en día de campo y como en un tercer plano de donde ella se ubicaba, justo después de la calle que separaba los portales de la plaza estaban dos señores de edad mayor conversando, ambos de espaldas frente a la vista de Blanca. Ninguno se sentaba en la banca, más bien cada uno apoyaba una pierna sobre el asiento y la otra la mantenía en el piso. Era como si estuvieran sincronizados en sus movimientos, había tal armonía en la comunicación no verbal, en cada cambio de movimiento de brazos y piernas que tenía atrapada la atención de Blanca.  
         El mesero se acercó nuevamente para preguntar si gustaba ordenar algo más, Blanca respondió que esperaba a que llegaran sus acompañantes, luego volvió la vista a la plaza y los señores se habían esfumado. 
         —¿A dónde se fueron tan pronto? Si fue solo un instante el que me distraje — se dijo para sí mientras se levantaba del asiento intentando hallarlos con la mirada. No los encontró, por el contrario, a lo lejos alcanzó a reconocer el sombrero en tono naranja que portaba Lucinda el día que la conoció, a su lado una boina negra también se vislumbraba, era Sebastián que venía a su lado. Blanca permaneció de pie y comenzó a mover la mano derecha, como señal de saludo, ambos le correspondieron, a la vez que apresuraban el paso. El reloj marcaba las nueve con treinta minutos, así continuaba el ritmo de un domingo en la plaza.


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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 198. La ventana alegre. María Gabriela López Suárez

                    Voces ensortijadas
                    La ventana alegre
                María Gabriela López Suárez


Raquel solía tener un gusto especial por las ventanas, le agradaba contemplarlas, cuando iba caminando en alguna calle conocida o de visita a otro lugar y alguna ventana le llamaba la atención se detenía. Normalmente no tomaba fotos, más bien se quedaba observando un momento. Disfrutaba de las formas, los colores, detalles, adornos. 
        Dentro de sus ventanas favoritas estaban las de casas antiguas. Por su mente pasaban un sin fin de historias cuando hallaba alguna ventana que le deleitara no solo la vista, sino también la imaginación.
En su ruta habitual camino al trabajo a veces subía una calle con una pequeña pendiente, le resultaba poco atractivo de día. Sin embargo, el mismo rumbo por la tarde-noche cobraba un encanto. Las razones eran varias, una por el ritmo que podía llevar, le costaba menos esfuerzo porque podía ir más rápido, ese movimiento le hacía cobrar el entusiasmo y agradecer a sus piernas por cada paso recorrido. Lo cierto es que el mayor atractivo era que de regreso podía observar una de sus ventanas preferidas, la ventana alegre la llamaba,  era de tamaño vertical, la herrería  en tono plata y el color de la casa era marrón. No era una casa antigua pero el paisaje que contemplaba le generaba una sensación cálida, agradable, que le evocaba a su niñez, a su abuelita materna.
        Cada que pasaba por ahí se acordaba de una poesía infantil de Tomás Allende, Quién subiera tan alto, como la luna, para ver las estrellas, una por una, y elegir entre todas, la más bonita, para alumbrar el cuarto de la abuelita.
        La ventana solía estar con cortinas abiertas, una luz cálida alumbraba el interior, el escenario era un sillón rojo de terciopelo donde casi siempre estaba sentada una abuelita, con su bastón al lado, a su costado derecho un mueble de madera bellamente decorado con figuras de porcelana, en medio de este la televisión prendida y por el costado izquierdo alguien que la acompañaba. Aunque el ritmo de Raquel normalmente era apresurado, realizaba una mirada de soslayo a la ventana. Alguna ocasión caminó lentamente, para contemplar un poco más la postal. La sensación de calidez y paz se hacía presente.
        Una tarde pasó de regreso y percibió la ventana cerrada, le causó extrañeza. Un par de ocasiones más volvió a ver la ventada cerrada. Algo le movió el corazón, ¿le habría sucedido algo a la abuelita? Con algo de nerviosismo alzó la vista a la puerta, halló la evidencia de lo que temía, un moño de color negro, señal de duelo. Esa tarde había oscurecido más pronto, su andar fue más lento de vuelta a casa, sintió nostalgia, sin conocer a la abuelita le había tomado cariño. La ventana alegre se había cerrado, agradeció en el corazón la oportunidad de conocerla. 
         Levantó la vista, la luna se asomaba como una pequeña uña, Raquel comenzó a susurrar… Quién subiera tan alto… al tiempo que sus ojos se llenaban de agua.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 197. Volar lo que se dice volar. María Gabriela López Suárez

                      Voces ensortijadas
                   Volar lo que se dice volar
                   María Gabriela López Suárez

La tarde otoñal era muy bella, el cielo dibujaba un fondo celeste con nubes blancas que lo decoraban y los rayos luminosos del sol creaban una atmósfera muy agradable. Ágata contemplaba el paisaje desde la ventanilla del camioncito donde iba sentada, junto con sus familiares habían decidido ir de paseo a visitar al tío Prudencio y la tía Vicky que vivían en un pueblito ubicado a 8 horas de la ciudad. Como eran varias personas decidieron rentar un pequeño camión.
         El ambiente al interior era muy alegre. La tía Lupita que era quien armaba el relajo traía al presente las anécdotas chuscas que habían pasado a diversos integrantes de la familia. Doña Lupita se caracterizaba por la habilidad de narrar de forma tan amena las anécdotas, que tal parecía que las vivía al momento de contarlas, eso era algo que atrapaba la atención de quien la escuchaba. 
         Ágata estuvo atenta un buen rato a la conversación de la tía,  luego nuevamente giró la mirada hacia el paisaje. Éste atrapó su atención de tal forma que se le vino a la mente algo que supo desde que era niña, a ella le gustaba viajar e ir en carretera era uno de sus grandes escaparates. Revisó los recuerdos de su infancia, las diversas ocasiones en que viajó con su mamá y papá, cuando junto con su hermano mayor se ponían a contar algo que les llamara la atención, como árboles, letreros, focos encendidos, hasta el número de coches de cierto color. O simplemente alzaban la vista al cielo y le buscaban formas a las nubes. Siempre era divertido.
         ¿Qué era lo más atractivo de viajar? Se había preguntado más de una vez Ágata, como a manera de comunicación intrapersonal. Su respuesta casi siempre era la misma, t- o- d- o. ¿Todo? Sí, todo todito. Prepararse para el viaje, sentir la emoción porque la fecha se acerque; durante el viaje tratar de disfrutar al máximo cada momento, conversar con las personas, observar lo que es novedoso y también lo que es semejante, probar nuevos sabores en comida, dulces, bebidas, planear menos y estar con actitud de hacer alguna actividad de manera espontánea. Y por supuesto, agradecer al terruño y personas con quienes se interactuó para volver de regreso a casa, con el corazón contento.
        Viajar era para Ágata como una manera de emprender el vuelo, justo se le vino a la mente la letra de la canción Volar, de El Kanka y empezó a tararear la partes que recordaba,
        Volar, lo que dice volar
        Volar, volar, volar, no vuelo…
        Solté todo lo que tenía y fui feliz
        Solté las riendas y dejé pasar
        No me ata nada aquí
        No hay nada que guardar
        Así que, cojo impulso y a volar
        
El buen ambiente continuaba al interior del camioncito que cada vez estaba más cerca a su destino. Ágata seguía atenta contemplando el paisaje. Mientras tanto el cielo comenzó a cambiar de tonalidad, como dándole la bienvenida al ocaso.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.