Voces ensortijadas 216. Ajonjolí de todos los moles. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
Ajonjolí de todos los moles
María Gabriela López Suárez

Apenas era martes y Rita sentía que ya había pasado la semana, por más que se había ido temprano a dormir el día lunes, no logró conciliar pronto el sueño y eso le generó levantarse tarde, sin escuchar la alarma del reloj. Lo primero que se le vino a la mente fue la lista de pendientes.

—¡Carambas ya casi son las siete! Hoy quedé de acompañar a Maribel y
Artemio para ir a comprar los ingredientes para decorar los pasteles que me encargaron hacer.

Mientras se levantaba de la cama vino a su mente una actividad más en el día.

—¡Pero qué cabeza la mía! Hoy tengo comida en casa de Trini y acepté la propuesta de llevar el postre. No me dará tiempo a preparar algo, ¿o sí? Puedo aprovechar que iré con Mari y Temo para pasar por lo que requiero para un pay de queso con zarzamora.

Entre refunfuños y somnolencia se dirigió al baño, había decidido darse una ducha con agua fría, le ayudaría para terminar de despertar. Así lo hizo. Salió del baño, se cambió y fue a la cocina para prepararse el desayuno. El baño la había relajado un poco, preparó café y un par de huevos revueltos con salsa de tomate. Le apeteció también freír un par de tortillas y acompañar el desayuno con ellas.

Dio un sorbo a la taza con café y mientras se llevaba el primer bocado del almuerzo empezó a reflexionar en la serie de pendientes que tenía, ¿cómo había llegado a comprometerse en tantas actividades? Tenía el reto de que, en lo posterior, aprendiera a decir no y solamente darse espacio para lo que llenara su corazón sin querer quedar bien con medio mundo.

Justo en ese momento vino a su mente una escena en su infancia, se asomó a la cocina donde estaba su abuelita Bianca, quien la llamó a ayudarle a expulgar el frijol. Rita aceptó. Mientras hacían la limpieza de los frijoles Bianca pidió a su abuelita contarle cuentos, anécdotas y en algún momento salió a la plática Eréndira, hija de doña Bianca y tía de Rita.

—Ay no hijita, no vayás a hacer como tu tía Eréndira, esa muchacha es como ajonjolí de todos los moles, está en todas partes, para toda la gente menos para ella.

Rita no había entendido mucho esa parte pero no tuvo el mayor interés para preguntar a qué se refería. Años después se sintió como la tía Ere, casi estaba así. Se puso a repasar cuántas de las actividades que hacía realmente la llenaban en el corazón, en el alma y cuántas eran aceptadas casi por compromiso.

La tarea para comenzar a cambiar no era fácil, sin embargo, estaba dispuesta a hacerlo.

—¿Y qué tal si de una vez inicio eso hoy? Pero, ¿cómo le digo que ya no voy a ir a Mari y Temo? ¿Y si se enojan? ¿Y si no? — se dijo en voz alta.

Hizo una pausa, como consultando a su corazón y la decisión que tomó fue solo ir a la comida con Trini y llevar el postre. Aprovecharía la mañana para ir a comprar los ingredientes para prepararlo.

Decidida, Rita tomó su teléfono para llamar a Maribel e informarle que no iría a la tienda, que tenía otra actividad y no le daría tiempo, que les ofrecía disculpas.

—¡Hola Rita! ¿Qué tal, ya lista para que nos acompañes?

—¡Hola Mari! Justo llamé para decirte que no podré, espero que me disculpen —entre tanto Rita explicaba, en su mente resonaba, dejar de ser ajonjolí de todos los moles, dejar de ser ajonjolí de todos los moles.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 215. Honrar al linaje y a la vida. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
Honrar al linaje y a la vida

María Gabriela López Suárez


Pilar se apresuró a bajar la cortina de su papelería, ya eran las 2:30 de la tarde. Normalmente cerraba a las 2, ese día se había puesto a engargolar un pedido de 100 trabajos para entregar en la semana. Aunque no terminó si logró avanzar con 42 engargolados. Como cada miércoles tenía el pendiente de ir a comprar flores para sus abuelitas ya fallecidas, era la ofrenda que les ponía cada semana.

Rumbo al mercado identificó que los árboles que embellecían y brindaban una grata sombra en algunas calles ya se estaban preparando para la llegada de la primavera, alcanzó a escuchar el revoloteo de unas aves que pasaron fugazmente.

Mientras sus pasos se dirigían rumbo a la florería unos grabados en la pared le hicieron recordar que estaba cerca el 8M, la conmemoración del Día Internacional de la Mujer. Se organizaría con sus vecinas en la cuadra de su negocio para sumarse a la marcha del 8M.

Llegó a su destino y comenzó a buscar las flores que compraría, buscó margaritas blancas y amarillas, un ramo de siempre vivas y dos ramitos de gardenias y jazmines. Su marchanta, doña Paty ya la había visto,

—Buena tarde Pilar, veo que ya tiene elegidas sus flores ¿alguna otra flor que quiera llevar?

—Buena tarde doña Paty, muchas gracias, ya sabe usted lo que siempre compro. Aproveché que hay gardenias y jazmines, me encanta su aroma.
Pagó las flores, se despidió y caminó con dirección a su domicilio. Al llegar a casa decidió que antes de comer colocaría la ofrenda de flores. Se acercó a donde tenía los retratos de sus abuelitas, tomó los jarrones, les cambió de agua, colocó un poquito de azúcar en cada uno para que ayudara a conservar más tiempo las flores. Acomodó los jarrones y se detuvo a observar las fotografías.

Como en una especie de cascada fueron asomándose los recuerdos que tenía atesorados con cada una de las abuelitas, los años que tuvo la oportunidad de convivir con ellas y que le compartieran algunas anécdotas. En los relatos que contaban en la familia siempre escuchaba que eran mujeres valientes para la época en que les tocó vivir, dedicadas al trabajo para sacar adelante a sus hijas e hijos y con el ánimo de vivir la vida aún en medio de una serie de retos, esos que les toca lidiar a las mujeres, sobre todo si son criadas en espacios no urbanos.

Pilar siguió atenta en ambas fotos, contemplando los rostros de sus ancestras, se quedó pensando que aunque sus abuelitas no habían tenido conocimiento del movimiento feminista, ni del 8M, eran grandes mujeres, de eso no cabía duda. Respiró profundo y disfrutó el aroma de los jazmines y gardenias, le gustó como se veía la ofrenda de las flores. Cerró los ojos, nuevamente percibió el aroma de las flores, agradeció desde el corazón a sus ancestras por el legado que le habían dejado, las flores y la memoria eran también una manera de honrar al linaje y a la vida, no solo el 8M sino todos los días.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 214. Escuchar la voz interior. María Gabriela López Suárez



Voces ensortijadas
Escuchar la voz interior
María Gabriela López Suárez


Azucena terminó de amarrarse las agujetas de los tenis. Tenía que entregar unos pedidos de frutas y verduras que le habían solicitado. Trabajaba los fines de semana en la tienda de abarrotes de su prima Marcela. Los ingresos le ayudaban para apoyarse con los gastos de la universidad. Cursaba el segundo semestre de la licenciatura en Gastronomía. Azucena había decidido apoyar el esfuerzo que hacían en su familia para que ella pudiera estudiar.

—¡Marce, ya me voy a entregar el pedido de don René! Me llevo la carretilla, para que no la vayas a buscar —gritó Azucena, con la esperanza de que Marcela la hubiera escuchado.

Antes de salir Azucena revisó la hora, estaba en buen tiempo para llevar el pedido. Algo la hizo elegir cortar camino, pasaría por el área de andadores. En una mañana soleada como la de ese sábado, los árboles le darían la sombra que necesitaba para resistir el calor.
Emprendió el camino con excelente ánimo y a buen ritmo, se alegró que la carretilla no pesara tanto con el pedido. Por momentos pensaba que quizá el entusiasmo que sentía le ayudaba a llevar la carga de las frutas y verduras y por eso la sentía liviana.

A su paso observó cómo los árboles estaban mudando de hojas, una señal de que la primavera estaba cerca. El clima de ese día estaba mezclado, ráfagas de viento y un sol tan intenso que se alegraba de haber llevado puesta su gorra favorita, en color rojo, con la inicial de su nombre bordada. Era un regalo que le dio su tía Leti, mamá de Marcela.
Casi estaba por llegar a su destino, divisó a lo lejos una especie de alfombra en color rosa, el movimiento de las hojas en la parte alta de unos árboles la hizo alzar la vista. Observó cómo caían lentamente varias flores en tono rosa, al tiempo que ella se dejaba acariciar por el viento. La alfombra que había apreciado estaba conformada por las flores que yacían esparcidas en el suelo. Cuando pasó por ahí disfrutó mucho el paisaje. Se le vino a la mente esa sensación que la había llevado por esa ruta, fue como escuchar la voz interior, esa que a veces en medio del caos no le permitía aflorar.

En el menor tiempo posible Azucena había llegado a su destino, tocó el timbre en el domicilio de don René. No tardó en salir Martha, la hija de don René.

—¡Hola Martha! Traigo el pedido que hizo tu papá.

—¡Hola Azucena! Ahora le llamo, pasa y puedes dejar por aquí las cosas, sobre esta mesa, por favor —señaló.

Mientras Azucena sacaba las bolsas de la carretilla se percató que en realidad si llevaba bastante peso, sin embargo, no lo había sentido así, ni estaba cansada. Seguía sintiendo el entusiasmo con el que salió de la tienda. Don René recibió el pedido, le pagó, se despidieron y Azucena regresó a la tienda de Marce.

En el trayecto Azucena pasó nuevamente por el área de los andadores, contempló la alfombra de flores en tono rosa, sonrió. Vaya que era importante escuchar la voz interior, se prometió a sí misma que lo haría más seguido. Justo en ese momento, una ráfaga de viento se dejó sentir, para Azucena fue como una especie de abrazo que le regaló la naturaleza, en respuesta a la promesa que acababa de hacerse.

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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 213. Ver con las manos y el corazón. María Gabriela López Suárez


Voces ensortijadas

Ver con las manos y el corazón
María Gabriela López Suárez


Consuelo salió temprano de la universidad, la última clase la habían suspendido porque su docente de artes visuales tenía una situación de salud. A su grupo le vino bien esa sesión libre porque estaban realizando un trabajo final, era una exposición que les traía varios días con desvelo. Aunque era una actividad grupal cada estudiante tenía una tarea que abonaría al trabajo.

La encomienda que le habían dado a Consuelo era aportar materiales de reuso que pudieran utilizarse en un par de obras con relieve, una fotografía y una pintura con la temática de impactos del cambio climático. Consuelo estaba recién recuperada de un fuerte resfriado, eso la traía un poco desmotivada y angustiada a la vez, porque tenía pocas ideas sobre qué materiales podría contemplar para la tarea.

Sin pensarlo salió pronto de la universidad, se despidió brevemente de sus amistades y se dirigió a su casa. En el trayecto pasó por un pequeño parque, como si una especie de imán atrapara su atención aminoró el paso y se sentó en una de las bancas. Observó que había niñas y niños corriendo alrededor de una pequeña fuente, se quedó ahí unos minutos y con atención percibió cómo luego de un par de vueltas se detuvieron frente a la fuente. Dos niños más pequeños comenzaron a tocar con sus manos la textura de la fuente, una niña más ayudada por su mamá se paró de puntitas e inclinó a tocar el agua que salpicaba. Consuelo se percató que el rostro de la niña dibujaba una sonrisa, al tiempo que nuevamente pedía mojarse las manos.

Consuelo siguió contemplando las diversas escenas que había en el parque, una pequeña ardilla que bajaba por un árbol de almendras y unos zanates que se deleitaban caminando sobre el pasto verde recién regado. Las risas de las niñas y niños que se alejaban del parque la hicieron volver la vista a la fuente. Se acercó un poco, deseó ser una de esas niñas que habían estado corriendo y hacer lo mismo, tocar la fuente, mojarse las manos.

—¿Y por qué no? Vamos, sin pena —sintió como si la voz de su niña interior le llamara a seguir sus deseos.

Una vez frente a la fuente Consuelo comenzó a reconocer la textura de los bordes, como siguiendo sus instintos cerró los ojos, intentando imaginarse como niña descubriendo los materiales de qué estaba hecha la fuente. Luego se detuvo, aún con los ojos cerrados se inclinó a tocar el agua, ahí comprendió la sonrisa de la niña que le había antecedido, el agua estaba fresca, justo para mojarse el rostro en un día caluroso.

—¡Lo tengo! Ya sé que materiales podría usar para las obras —exclamó emocionada. Su paso por el parque y contemplar a la niñez le hizo recordar que también es importante ver con las manos y el corazón. Eso propondría a su grupo, mientras tanto comenzó a identificar algunas hojas secas y piedritas que encontraba a su paso, eran algunos de los materiales que había elegido usar.




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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 212. La música que alegra el corazón. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Nadia Arce.


Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

La música que alegra el corazón


El atardecer del viernes dibujó una bella puesta de sol, las siluetas de las montañas se apreciaban a contraluz, decoradas por el hermoso tono naranja que se esparcía en el cielo. Selene llegó a casa antes que Álvaro, su esposo, alcanzó a contemplar el ocaso que se fue como en un suspiro.
    Le gustaba observar los atardeceres, a veces en compañía de Álvaro, otras ocasiones con el acompañamiento de las aves que llegaban a buscar su lugar de descanso en los árboles del patio. El jolgorio de los pájaros era uno de los momentos que también disfrutaba en las tardes que estaba en casa.
    Se dispuso a preparar la cena, recordó que ese día le tocaba el turno a Álvaro para cocinar. Buscó qué ingredientes había en la alacena y el refrigerador para hacerle algunas sugerencias. Encontró champiñones, tomate, cebolla, zanahorias, mantequilla, leche, queso manchego y unas deliciosas tortillas de harina que había comprado con su tío Marcelo.
    —¡Qué bien! Hay varios ingredientes. Podríamos cenar una sopa de champiñones, o una crema de zanahorias, o unas ricas quesadillas con champiñones —dijo en voz alta.
    Fue por el celular para enviarle un mensaje a Álvaro, hizo una pausa antes de escribir, alcanzó a escuchar música a lo lejos. Se quedó atenta, pensando si era su imaginación. Lo cierto es que sus oídos no la engañaban, comenzó a identificar que la música era de marimba. ¿Acaso había fiesta? En caso de ser así, ¿dónde estaba la fiesta? Tenía muchos meses que por su rumbo no se escuchaba la algarabía.
    Se olvidó de escribir el mensaje mientras intentaba identificar qué canción era, alcanzó a distinguir,
   — Ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran cielito lindo los corazones.
Cuando se percató ya estaba tarareando la canción, era una de sus favoritas. Se le vino a la memoria cuando su abuelita Francisca se ponía contenta al escuchar la marimba. Doña Francisca solía ser tímida, sin embargo, se percibía la alegría al observar su mirada, el color miel de sus ojos resaltaba y su rostro dibujaba dos hoyuelos en las mejillas, una sonrisa discreta y espontánea que le gustaba observar a Selene.
   — Ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran cielito lindo los corazones —se seguía escuchando, mientras Selene sonreía recordando cuando de niña escuchaba en las fiestas familiares que hablaban sobre la música que alegra el corazón. Para ella y sus primas la música era para bailar, imitando a sus artistas favoritas, pero no alcanzaba a entender eso de alegrar el corazón. Ahora de adulta, vaya que le iba encontrando sentido.
   El sonido del teléfono la hizo volver al presente, era un mensaje de Álvaro que ya iba camino a casa y llevaba un postre sorpresa para después de la cena.
    A lo lejos seguía la música, ahora entonando, ¡Ay mi yaquesita, ay mi yaquesita!


Fotografía: Nadia Arce.
Fotografía: Nadia Arce.

Sobre la autora:

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Voces ensortijadas 211. Los paisajes sonoros en la vida. María Gabriela López Suárez

                  Voces ensortijadas

               María Gabriela López Suárez

             Los paisajes sonoros en la vida

Hilda escuchó la alarma del despertador, había elegido un tono suave, para que el levantarse no fuera abrupto por el sonido. Apagó la alarma, casi a tientas, se acomodó en la cama. Tenía la intención de seguir durmiendo. Sin embargo, recordó que aunque era fin de semana no podía darse ese lujo, había agendado una cita médica con su dentista.
   —¡Qué ganas de seguir dormida! —dijo para sí cuando se levantó de la cama. Estiró los brazos con los ojos cerrados, percibió la luz del sol, aún tenue. Agradeció un nuevo día de vida.
    Se dirigió al baño para lavarse la cara y terminar de despertar. Luego fue a la cocina para prepararse un licuado. Revisó el refrigerador tenía manzana y leche, le agregaría un toque de avena y canela en polvo. En eso estaba cuando escuchó el canto que la deleitaba todas las mañanas, un zanate llegaba a cantar frente a su casa, se ponía en uno de los árboles que tenían sus vecinos y colindaba con la ventana de su cocina. El zanate era como un reloj, todos los días llegaba a las 6:45 de la mañana.
   Hilda se asomó a la ventana, lo observó, como una especie de saludo y mientras preparaba su licuado escuchó con atención su canto. Indudablemente le remitía a su infancia, sus días en la primaria y a los paseos familiares en el campo. Bebió el licuado, se dio un baño y emprendió el camino rumbo a su cita médica.
   En el trayecto al consultorio decidió cortar camino y pasar por la pequeña área arbolada que quedaba en su colonia. En su camino se dio cuenta que los árboles estaban mudando de hojas. Desde pequeña le gustaba caminar sobre las hojas secas, el sonido que emitían le agradaba, se sentía como en un cuento donde ella era la protagonista. Esa vez no fue la excepción, escuchó con atención el crash, crash que iba haciendo con sus pasos, mientras sonreía. No pudo evitar acordarse de su tía Conchita, seguramente le diría,
    —No agarrás juicio Hilda, mejor apúrate en tus actividades.
En eso estaba cuando una parvada de loros atrapó su atención, iban muy rápido y con la algarabía que los caracteriza, una bulla que era contagiosa, como para ponerse en tono alegre. Alzó la vista y los siguió hasta perderlos en el cielo. Por un momento quiso ser un loro y viajar con ellos, ¿cuál sería la ruta? ¿Regresarían por el mismo rumbo?
Miró su reloj para ver qué hora era, estaba a tiempo. Al pasar cerca de un pequeño mercado alcanzó a escuchar la bocina con la vendimia de tamales, tortas, tacos y arroz con leche. Siguió su camino y el anuncio de quienes voceaban las rutas de los colectivos sonó en alto volumen.
   Observó que ya estaba cerca del consultorio médico, eso le generó una especie de nervios. De pronto sintió latir su corazón un poco más acelerado. Respiró y se tranquilizó. Llegó al consultorio, aún estaba cerrado. Tocó el timbre, escuchó el sonido, le agradó el tono. Mientras esperaba que le abrieran del otro lado de la banqueta pasó una señora vendiendo dulces tradicionales,
    —¿Va usté a querer caballito, turulete, obleas, empanizado de cacahuate?
    Abrieron el consultorio para que Hilda pasara. Se sentó mientras le tocaba pasar a su consulta. Se olvidó de los nervios, en su mente resonaban los distintos sonidos en esa mañana, no cabía duda que los paisajes sonoros en la vida eran una gama de experiencias para la memoria y el corazón.

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Voces ensortijadas 210. El encanto de la oscuridad. María Gabriela López Suárez

                Voces ensortijadas

             El encanto de la oscuridad
            
María Gabriela López Suárez

El amanecer de ese sábado estuvo menos luminoso que el del día anterior. Al menos así le pareció a Leonor cuando despertó. Se quedó un rato más en su cama. No quiso ver qué hora era.
      —Seguramente nadie más se ha levantado en casa —dijo para sí, luego se acomodó y nuevamente se quedó dormida.
      El ruido del coche de don Genaro, papá de Leonor, la hizo levantarse. Había olvidado que ese domingo su familia tenía invitación a pasar el fin de semana con Gertrudis y Renato, amistades de la mamá y papá de Leonor. Revisó el reloj, eran las 10,30.
      —¡Uff! Es súper tarde. Apenas me dará tiempo de bañarme y desayunar —exclamó Leonor mientras se apresuraba.
       Cuando se asomó al comedor ya estaban ahí don Genaro, doña Marcela, mamá de Leonor y RIta, la hermana mayor. Por más que intentara pasar inadvertida no podía. Lejos del regaño que pensó le darían por despertar tarde, la integraron a la conversación.
Cerca del mediodía la familia partió rumbo a San Nicolás, la rancheria donde vivían Gertrudis y Renato. El paisaje en la carretera fue muy grato, la vegetación verde y con viento que aminoraba lo cálido del día.
       Una vez en casa de las amistades y de la amena bienvenida a la familia, se instalaron en los cuartos destinados y posteriormente, degustaron la comida.
       —¡Qué alegría nos da que estén con nosotros! Tanto tiempo sin verles —comentó Gertrudis.
       La plática se tornó muy amena. Después degustaron como postre un delicioso pay helado de limón.
       Mientras las amistades continuaban conversando Rita y Leonor se fueron al cuarto donde dormirían. Ambas decidieron tomar una siesta. Habían olvidado que en la ranchería solía haber fallas con la energía eléctrica y justo ese fin de semana les tocó vivir la experiencia.
Cuando Leonor despertó pensó que estaba soñando, la habitación estaba oscura y un ligero rayo de luz filtraba en la ventana. Era la luz de la luna. El canto de los grillos le hizo recordar donde estaba.
      —¡Uy ya se fue la luz! —susurró para no despertar a Rita. En lugar de refunfuñar cerró los ojos y escuchó el viento y el coro de grillos. Se levantó y caminó despacito hacia la ventana y se dispuso a disfrutar el encanto de la oscuridad.




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Voces ensortijadas 209. Nada es para siempre. María Gabriela López Suárez

                Voces ensortijadas


                 Nada es para siempre
             María Gabriela López Suárez





El viento gélido de la noche anunció a Yasmina que algo había sucedido. Era como una especie de intuición, como cuando las cosas no van bien. La vida en la ciudad era más ajetreada. Mientras se dirigía a su domicilio comenzó a extrañar las tardes en el campo, que eran de sus momentos favoritos. Observar cómo el sol se despide cada tarde detrás de la montaña que rodea a la vivienda de su familia, formaba parte de las cosas comunes que solía hacer mientras estaba en casa. Aunque era tan cotidiano, siempre hallaba algún detalle nuevo que la dejaba asombrada.

Uno de los paisajes que más la deleitaba cada tarde era contemplar cómo las gallinas iban buscando el lugar para dormir entre las ramas de los árboles; varias preferían hacer eso a dormir en el gallinero. Con atención observaba cómo cada gallina iba escalando, por decirlo de alguna forma, entre las ramas hasta llegar a donde elegían dormir. En lo particular atrapaba su atención la gallina coquena, para Yasmina era el gran logro cada tarde cuando después de todo un recorrido la veía en la parte más alta de un árbol. Le asombraba la paciencia con la que iba haciendo la travesía, desde cuando estaba en el patio, daba un pequeño vuelo y así iba recorriendo diversas ramas hasta llegar a su lugar.

A Yasmina y a su mamá les gustaba observar cómo cada gallina respetaba el espacio que tenían para dormir. La coquena tenía un espacio que ocupaba cada tarde, ahí permanecía hasta el amanecer, aún en los días más lluviosos, con ventoleras o con mucho frío. Aunque Yasmina tenía cariño a todas las gallinas, no podía negar que tenía un cariño especial por la coquena. Desde que escuchó su canto por vez primera, antes de verla engalanada con su bello plumaje gris, llamó particularmente su atención.

Cada tarde que la veía subir entre las ramas que eran su dormitorio, le recordaba muchas cosas, entre ellas, la importancia de ser paciente, de poner atención en cada paso para llegar a donde se quiere y también de resistir ante las adversidades.

En eso estaba cuando escuchó el sonido de un mensaje en su celular, se esperó a llegar a casa para leerlo o escucharlo en el caso de que fuera un audio. Su intuición no había fallado, era doña Josefa, la mamá de Yasmina que anunciaba con tristeza que algunas gallinas se enfermaron y habían muerto, entre ellas la coquena. Yasmina sintió nudos en la garganta, se asomó a la ventana de su cuarto, alzó la vista al cielo. Nada es para siempre, se dijo para sí, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas y traía a su mente la postal del último atardecer con la coquena en la parte alta del árbol que le daba cobijo todas las tardes noches.

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Voces ensortijadas 208. El pijiji. María Gabriela López Suárez

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             María Gabriela López Suárez

                     El pijiji

Ernestina solía tener un gusto especial por observar las aves, de vez en vez se imaginaba que era una garza blanca que atravesaba un largo río, o que volaba por la noche sobre la ciudad que dormía. Aunque apenas tenía once años una de las profesiones que más le gustaba y anhelaba era poder ser bióloga. Recordó la ocasión que conoció un quetzal en un zoológico, quedó maravillada por los colores de su plumaje y a la vez tuvo una sensación de tristeza porque el ave no estaba en libertad.
      —¿Por qué les gusta poner a los pájaros en prisión? —era la pregunta que Ernestina solía hacer desde pequeña cuando veía a las aves en jaulas y la ocasión que vio al quetzal no fue la excepción.
     La familia de Ernestina había comprado más de una vez canarios o gorriones, sin embargo, no tardaban encerrados en la jaula, la niña se las ingeniaba para dejarlos en libertad.
       Durante las vacaciones de invierno, Alfredo y Miriam, papá y mamá de Ernestina decidieron que viajarían unos días a visitar a la prima Judith, una de las tías consentidas de la niña porque tenía muchas aves de corral.
     Apenas se enteró Ernestina saltó de gusto. Una vez en casa de la tía Judith se apresuró para proponerse a ayudar en las labores del cuidado de las gallinas, patos y guajolotes. Le gustaba observar cómo estaban en un patio muy grande, cercado por una ligera malla cubierta de vegetación. A Ernestina le parecía como una selva donde los animales se la pasaban muy a gusto.
      Al día siguiente que llegaron, observó a las gallinas y los guajolotes, le gustaba verlos comer; el graznido de un pato llamó su atención. Se preguntó, ¿por qué el sonido es distinto? Fijó su atención, el tono era agudo y constante. Le surgió la curiosidad por conocer al pato. Se dirigió hacia donde venía el canto,
      —¿Oye tía Judith ese patito es distinto?
      Antes que la tía pudiera dar respuesta, Ernestina se respondió.
     —Tiene el cuerpo diferente, es un poco más alto que los demás patos, tiene las patitas y cuello un poco más largo y además, mira, qué bello color de pico tiene en tono naranja y también su plumaje es como más escaso.
      —Ese patito que mencionas, es un pato silbador, más conocido como pijiji. Un día me di cuenta que estaba por acá, seguramente voló de algún lado, ahora se ha unido a los demás patos, como si fuera de la misma familia.
     Los días siguientes Ernestina estuvo pendiente del pijiji, a diferencia de los demás patos que día y noche solían estar en constante movimiento, el pijiji no solo estaba de un lado a otro sino que se había convertido en quien guiaba a un grupo de patos y anunciaba su ruta por su constante silbido.
      Una tarde Ernestina preguntó a su mamá si había escuchado el silbido del pijiji, ni ella ni Alfredo se habían percatado de que la bulla tenía rato de no percibirse. Judith también notó la ausencia del animalito, se pusieron a buscarlo. No lo hallaron. Los demás patos estaban ahí menos el pijiji. Así como llegó se fue, sin dejar rastro. Ernestina se puso triste, la tía Judith la abrazó.
    —Hija, no te pongas triste. El pijiji estuvo contento el tiempo que permaneció por acá, se sintió en familia, nos deleitó con su silbido y nos permitió conocer de él. Cuando seas bióloga tendrás anécdotas que compartir de tu infancia.
     El rostro de Ernestina sonrió ligeramente, mientras se limpiaba las lágrimas que caían sobre sus mejillas.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 207. Chocolate de bolita. María Gabriela López Suárez

                    Voces ensortijadas/ 207                 
                      Chocolate de bolita
                  María Gabriela López Suárez


Inés salió al patio y se sentó a contemplar el cielo en la noche de Reyes, la bóveda celeste lucía radiante con sus estrellas que titilaban, el viento frío soplaba moviendo las hojas de los árboles y el coro de grillos hacía un coro que deleitaba al escucharlo.

El friecito de la noche la hizo levantarse por su rebozo, se abrigó bien y salió de nuevo. Los foquitos de las luces navideñas distrajeron su mirada, no pudo evitar recordar su infancia y hablar en voz alta.

—¡Ah qué tiempos aquellos! Con qué emoción esperábamos la llegada de los Reyes. No importaba si el regalo que uno encontraba era diferente al que se pedía, la ilusión de tener un regalo era más grande.

Vinieron a su memoria las imágenes de su abuelito Evelio y su abuelita Cristi en esa noche que era tan ansiada, solían preparar la rosca, era sin tanto decorado, pero eso sí se acompañaba con la rica bebida que hacía doña Cristi, un delicioso chocolate. Alguna ocasión Inés preguntó en qué cajita venían los chocolates, le dio curiosidad conocer la envoltura. El sabor era tan rico. La respuesta de la abuelita Cristi fue,

—¿Cajita del chocolate? No hijita, es chocolate de bolita. Lo venden en las tienditas, lo tienen dentro de unos frascos grandes de vidrio y te los ponen en trocitos de papel según las piezas que quieras.

Curiosa como era Inés acompañó alguna ocasión a don Evelio a la tienda y ahí fue donde conoció el famoso chocolate de bolita.

El rostro de Inés dibujó una sonrisa al recordar la anécdota. El viento continuaba soplando, ella frotó sus manos que comenzaban a enfriarse, alzó nuevamente la vista al cielo para deleitarse contemplando las estrellas cuando escuchó,

—Oiga mamá, ¿será que ya está cocida la rosca? —era Cecilia, la hija de Inés.

—¿Ya le hiciste la prueba con el cuchillo? Acuérdate que si no sale manchado es que ya está cocida. Ahora voy —dijo Inés.

En la cocina se escuchaba el cuchicheo de Cecilia y Manuela, la otra hija de Inés, estaban poniéndose de acuerdo para preparar el chocolate. No tardaban en llegar sus demás familiares para partir la rosca.

—La rosca ya está. Acuérdense de ponerle suficiente canela para preparar el chocolate, seguro que les quedará muy rico. Voy a acomodar las tazas y los platos —señaló Inés.

Mientras se dirigía al comedor a Inés se le figuró la imagen de una taza de chocolate espumoso, del rico chocolate de bolita, acompañado de su rebanada de rosca que le servía su abuelita Cristi.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.