Polvo del camino. 196. La vida de Fleancio. Héctor Cortés Mandujano

                        Polvo del camino/ 196

                   Evocadas páginas de otro libro/XIV
                         La vida de Fleancio
                      Héctor Cortés Mandujano

La ambición, como el amor, puede ser inagotable. Las brujas le habían dicho a Macbeth que sería rey, y ya lo era. No tenía hijos y, por tanto, no tendría sucesor. A Banquo, su compañero de batallas, en cambio, las maléficas le habían dicho que sería padre de reyes, y que habría una lista de monarcas que vendría de sus genes. 
	Decidió matar a Banquo. ¿Por qué? Él, decíamos, no tenía hijos. Banquo sí. ¿Sólo por eso? Si no eran los hijos de Banquo, serían otros los reyes. Daba lo mismo, ¿no? El odio es irracional, la envidia es estúpida. Matar a Banquo para que su hijo, su descendencia no pudiera reinar era como querer detener la lluvia que cae del cielo. Tonto por donde se vea. El poder enceguece.
	Tal vez su decisión tenía que ver que cuando las brujas aparecieron él tuvo miedo y Banquo no. ¿Era eso? Él tembló al oírlas y Banquo les dijo: “No solicito sus favores ni su odio, pero no les tengo miedo”.

Llamó a tres sicarios.
	—Hoy saldrá Banquo a pasear. “Nadie sino él me amedrenta”. Quiero que lo intercepten y lo maten. Irá con su hijo. Él también debe morir. Ordeno que los dos se vuelvan cadáveres.
	Salieron los asesinos y estuvieron pendientes de Banquo y su hijo. Los vieron tomar camino y los siguieron.

Eran tres los asesinos y dos las víctimas. A Banquo lo ultimarían entre dos, porque era un soldado, un héroe de guerra. Aunque contaban con la sorpresa, no sería fácil. Banquo nunca dejaba sus armas.
	Los más fuertes y duchos se aliaron en contra del hombre. Banquo quiso defenderse. No pudo. Alcanzó a gritar.
	—¡Huye, Fleancio!
	El niño, también sorprendido, vio cómo su padre caía chorreando sangre y cómo un hombre blandía un cuchillo buscando su pequeño corazón. Pasó debajo de sus piernas y salió como bólido. Los tres lo persiguieron, pero ¿pueden viejos perros alcanzar a un guepardo en la plenitud de sus fuerzas?

Macbeth fue informado del fracaso. Se enfureció. Hizo luego una escena de miedo cuando vio el fantasma de Banquo en un banquete. Macbeth después fue muerto por Macduff y supo que lo que dicen las brujas viene de la boca del diablo.
	Fleancio, inexorablemente, se volvió rey.

[Agrego palabras a Macbeth, de William Shakespeare. Los hechos que se imaginan aquí no se cuentan, aunque están sugeridos en el acto tercero, escenas I y III.]

                  

Fundación UNACH A.C.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 195. Garibay, Dehesa, Antaki. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.

                        
                    Polvo del camino/195

                  Garibay, Dehesa, Antaki
                  Héctor Cortés Mandujano

Me encantaban –y me encantan, ahora que vuelvo a verlos en Youtube– los programas televisivos de Ricardo Garibay, quien solo, ante su mesa y fumando incesantemente (¡se podía fumar en televisión, en un espacio cerrado!), hablaba sin parar de literatura, con unos papeles y un lapicero en ristre. 
          Era faramalloso (una palabra que le encantaba usar), enfático, con salidas de tono, y yo me divertía mucho con su personalidad un poco o bastante pedante y muy agresiva, pero con mucho sentido del humor. Estallaba, estallo, a veces a carcajadas, oyéndolo, viéndolo en los programas que se llamaron de muchas formas, aunque eran básicamente el mismo.
 
Dice en “La literatura y la vida”, 1(Los temas de Garibay, Imevisión): “El artista juega, si no juega no es un verdadero artista”, y en “La literatura y la vida”, 2: “El hombre que lee es como dos veces él mismo, el hombre que no lee es como caricatura de sí mismo”, que cita de su libro Oficio de leer (Océano, 1996:42).

A veces tenía invitados. Germán Dehesa y Ikram Antaki, los que más recuerdo.
         Dijo Dehesa, en “La frivolidad y los políticos”: “En este momento hay tres grandes sectores en el mundo: uno que es el mayoritario, que son los que se mueren de hambre; otro, que es el minoritario, los que se mueren de aburrimiento, y en medio, los que se mueren de angustia al mirar a los que se mueren de hambre y de aburrimiento”.

En “Introducción a la frivolidad”, de Los temas de Garibay, conversan estos dos hombres magistrales y simpáticos. Garibay, hosco, y Dehesa, desmadroso:
        Garibay: ¿La naturaleza de Dios es absolutamente grave? ¿No hay en la naturaleza de Dios espacio para el juego?
        Dehesa: Es un maravilloso tema, que por lo pronto ya inspiró una novela mediocre, que se llama El nombre de la rosa…

La televisión de entonces y de ahora siempre ha tenido espacios que no son repuntes de audiencia, pero dan alegría a uno que otro espectador. Que estén en buen abrigo etéreo estos tres, ya idos, que me hicieron pensar y reír. Ojalá.



Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 194. Nadar con tiburones. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.

                        
                    Polvo del camino/ 194

                     Nadar con tiburones

                      (Minificción)
                   Héctor Cortés Mandujano

Despierto de madrugada, abro los ojos y me siento en la cama. Sentado, me veo dormir, como si no me hubiera despertado y no me estuviera viendo: no hay ninguna sorpresa al constatar que soy dos. 
       Al lado de mi cama pasa un canal, ancho y hondo, de agua transparente. Hay gente que nada. No la veo, la oigo. Me doy cuenta de que cualquier pez mayor podría venir por aquí, porque el canal, lo sé, está conectado con el mar. 
        Podría venir un tiburón, por ejemplo. 
	Viene uno, lo veo pasar veloz, y oigo los gritos de pavor de los nadadores.
	Sangre en el agua, que excita a dos o tres escualos más.
	Desde la orilla de mi cama alcanzo a suponer el festín, porque la escena queda fuera de mi campo visual.
	Gritos, fuertes chapoteos, más sangre.
	Lo terrible es que, como si fuera un abismo, el agua me llama y me doy deslizando desde mi cama hacia ella. Sé que en el momento que caiga, los tiburones vendrán hacia mí y no precisamente a charlar sobre asuntos oníricos.
	Toco los pies de mi yo durmiente y me despierto.
	Estoy agarrado con mis dos manos y con las piernas enganchadas a la orilla, pues sé que, incluso sin caer, estos animales cebados podrían morderme, hacerme pedazos.
	Le cuento a mi otro yo lo que está pasando y se sonríe.
	—No pasa nada –me dice–, lánzate al agua, los tiburones no existen.
	Veo sus triángulos dar vueltas en espera de mi caída, pero no puedo dudar de lo que yo mismo me digo.
	Y me lanzo al agua.
	Qué frescura, qué tranquilidad.
	Sí vienen tiburones. Los acaricio como si fueran gatitos y ellos me dan vueltas, pidiéndome más caricias. 
Juego un rato bajo el agua con ellos, que cada vez son más (me siento en mar abierto, pleno, feliz).
        Me subo de nuevo a la cama, me acomodo dentro del cuerpo que también soy yo; justo en ese momento suena el despertador, y ya soy sólo uno cuando despierto.


Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

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Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 193. Las disipadas fábulas del viento/ 3. Héctor Cortés Mandujano

Fotografía: Sharon Hernández.

                        
                     Polvo del camino/ 193

              Las disipadas fábulas del viento/ 3
        “Audiencia de Los Confines”, de Efraín Bartolomé
                     Héctor Cortés Mandujano

Efraín Bartolomé nació en Ocosingo, Chiapas, en 1950.
	Estudió parte de la primaria en su pueblo natal y, hasta concluir la secundaria, radicó en San Cristóbal de Las Casas; después, por mucho tiempo, vivió en la Ciudad de México, donde hizo vida y carrera.
	Ocosingo es la entrada a la Selva y Efraín se llevó en la memoria los grandes árboles, el bosque inmenso, las lianas que abrazaban tallos gigantescos y caían desde lo alto como cortinas mágicas, los animales diurnos y nocturnos, los feroces y los mansos, los ríos torrenciales, las lagunas fijas y las de aguacero; el agua que, empecinada, no dejó de llover en el campo de su nostalgia. 
	De esa clorofila, de esa sangre verde, de esos aromas y parajes inolvidables nació su primer libro Ojo de jaguar, en 1982, que ha sido celebrado con varios premios, muchísimas ediciones y miles de lectores. Sin embargo, el libro no se ha cerrado: no han dejado de caer en su corazón nuevos recuerdos que han ido aumentando el caudal de páginas de ese volumen-río inaugural y magnífico.
	A Ojo de jaguar pertenece “Audiencia de Los Confines”. El título es polisémico: Audiencia alude a la audición colectiva y al mismo tiempo a una división política antigua; Confines es lo mismo algo lejano y también, junto con Audiencia, el viejísimo nombre con el que alguna vez fue bautizado Chiapas. 
	Su poema es de una enorme ambición cumplida, pues tiene, de forma más o menos clara, cuatro ejes temáticos: uno, el poeta como un espíritu que puede ver el pasado, el presente y el futuro, y los cuenta y los canta desde un lugar físico que parece igualmente una atalaya ubicua; dos, la historia de su familia donde se mencionan con su propio nombre a Juan Ballinas, su tatarabuelo; Angélica Ballinas, su bisabuela; José Emigdio Rodríguez, su abuelo, el primer poeta de su estirpe; Cuauhtémoc Ballinas, hijo de don Juan; su amado tío Rodrigo Rodríguez, y varios, varias más…; tres, la historia de Chiapas, desde antes que llegaran los españoles y luego, siglo tras siglo, las muchas y sucesivas guerras chiapanecas hasta la anunciación del levantamiento zapatista de 1994, y cuatro, la historia del agua, de los ríos, de la Selva y de Ocosingo, que era el Paraíso hasta que llegaron los comerciantes a cambiar maíz, frijol, miel, café y ganado de verdad por “un mundo de plástico”.
	“Audiencia de los Confines” es una experiencia verbal y auditiva, un prodigio de síntesis histórica e imaginación poética, una demostración de sapiencia y sensibilidad, de corazón e inteligencia: el gran poema de Chiapas, abarcador y proteico.
	No podría haber sido escrito sin sentir el fuego en las manos, la lluvia en los ojos, el amor por la tierra en las vísceras y el viento viejo de la historia en la minucia del dato, en la selección de personajes, de hechos, de instantes míticos.
	Es una fortuna que Efraín Bartolomé tenga la mirada exacta del Ojo de jaguar, el Corazón de monte y siga aún, más vivo que nunca, Cantando el triunfo de las cosas terrestres. ¡Salud, querido poeta!

[Este texto lo leyó Alejandro Figueroa en las funciones del 22 y 23 de septiembre de 2023, en Telar Teatro, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Los lectores fueron Fernando Trejo, Eric Cruz, Maricruz Aguilar y Héctor Cortés Mandujano. Enrique Palomeque tocó al piano el vals “Ocosingo”, de Abel Domínguez, e hizo acompañamiento en varios momentos de la lectura. El cartel de difusión lo hizo Juan Ángel Esteban Cruz, nos ayudó como en todas las presentaciones anteriores Carlos Ariosto y el iluminador fue Alfredo Espinoza, bajo la dirección de Héctor Cortés Mandujano. Las dos funciones tuvieron la gratísima presencia del poeta Efraín Bartolomé. Un lujo.] 


Fotografía: Sharon Hernández.
Fotografía: Sharon Hernández.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

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Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 192. Dormir con extraños. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Alejandro Nuding.

                        
                        Polvo del camino/ 192
                         Dormir con extraños
                        (Minificción teatral)
                        Héctor Cortés Mandujano

Toco a la vieja puerta de madera del hostal. Una anciana, con un candelabro de luz temblorosa en la mano derecha, me abre.

—¿Diga?
	—Perdone, me dijeron que aquí rentaban cuartos para pasar la noche.
	—¿Viene solo?
	—Sí.
	—¿Cuántas noches va a quedarse?
	—Sólo la de hoy.
	—¿Quiere cenar?
	—No, sólo quiero dormir, estoy muy cansado.
	—Hubo un corto, creo. No hay luz en la casa.
	—No importa. Lléveme al cuarto y me quedaré dormido en un instante.
	—Me tiene que pagar antes.

***

—Esa es su cama. Que descanse. Si viene otro viajero le daré la otra cama. Ruegue porque no, pues voy a despertarlo.

Huele a humedad. Con la vieja se fue la luz. Cierro los ojos. Duermo. Pausa. Se abre la puerta y oigo a la vieja decir.
	
—Esa es la cama. Hay un joven en la otra, procure no hacer mucho ruido.

El hombre se acuesta. Ronca casi de inmediato. Me arrullan sus ronquidos. Duermo. Pausa. Me despierta el grito salvaje en la oscuridad.
	
—¡Perro, voy a matarte! ¡Te odio, voy a clavarte un cuchillo en el corazón!
	—Señor, ¿le pasa algo?
	—¿Eh?
	—Digo si le pasa algo, está gritando.
	—Perdone. Fue una pesadilla.

No pasa mucho tiempo. De nuevo ronca. Duermo. De nuevo me despierta.

—¿Creías que podías escapar de mí? ¡Soy el Diablo y te voy a llevar conmigo a los infiernos!
	—¡Señor!
	—¿Ah?
	—Está gritando.
	—Discúlpeme. Tuve otra pesadilla.

***

Pausa larga. Estoy enfurecido luego de varias interrupciones a mi sueño. Con la última, exploto.

—¡Esta es la última vez, señor, que le permito que me despierte a gritos! Si tiene tantas pesadillas debió pedir un cuarto solo. Ya ni siquiera me pide disculpas, sino me maldice cuando lo despierto. No soy ni su hijo ni su sirviente para aguantar sus locuras.

El hombre se incorpora. Su gruesa respiración evidencia su enojo. Noto su movimiento, que intenta ser rápido; se siente muy agitado. Está mal de la cabeza. Saco el cuchillo de debajo de mi almohada y lo sostengo para que él se clave solo. Le hago un favor. Ya no tendrá ninguna nueva pesadilla.


Ilustración: Alejandro Nuding.
Ilustración: Alejandro Nuding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 191. Árboles infinitos. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

                        
                        Polvo del camino/ 191

                            Árbol-Jaguar 8
                          Árboles infinitos
                       Héctor Cortés Mandujano

                                              Sobre la montaña hay un árbol:
                                                   la imagen de la evolución

                                                                    I Ching
                                                 El libro de las mutaciones

Si hacemos caso a los textos bíblicos y también a las propuestas científicas sobre la creación del mundo, los árboles existen desde antes de que existiéramos los humanos.
	Si hemos visto las proyecciones apocalípticas sobre la destrucción de la raza humana, los árboles nos sobrevivirían. 
	¿Cómo nacieron, cómo sobreviven? No necesitan más que tierra y agua.
	Los otros dos elementos pueden hacerle daño: el aire, convertido en viento, los quiebra, los troncha, los arranca; el fuego, los arrasa, los destruye. Incluso el agua, en demasía, los ahoga.
	El sol, en cambio, generoso y gratuito, los ayuda, los crece, los evoluciona.
	En la ambigüedad humana hay algunos seres que los siembran, los riegan, los cuidan, y hay otros que los tumban, los queman.
	Un árbol en sí mismo pueden hacer que nazca otro cerca, y este a su vez otro, y luego otro. A esta sucesión más o menos sincrónica de vida arbórea se le llama bosque y, más extensamente, selva. Y ambos –el bosque, la selva– pueden vivir y sobrevivir sin nuestra intervención.
	Basta, pues, con que no los dañemos. Cuidarlos es casi lo mismo que ignorarlos, no meterse con ellos, dejarlos que crezcan a sus anchas, que se llenen de bejucos, de plantas epífitas y parásitas, que hagan brotar manantiales, que permitan la vida de insectos y animales de diversos géneros. En Chile, por ejemplo, en un área protegida, ha renacido el casi extinto cóndor, ha proliferado el puma… ¿La fórmula? Alejar a los humanos.
	El árbol, el maravilloso árbol, suele multiplicarse sin ninguna ayuda y hace que nazcan bosques, selvas, y ellos, eclosión de vida, no son más que árboles infinitos… 
	


Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 190. La muerte y la muerte de Don Quijote. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Héctor Ventura.

                        
                        Polvo del camino/ 190

                 Evocadas páginas de otro libro/ XIII
                 La muerte y la muerte de Don Quijote
                       Héctor Cortés Mandujano

El joven e impetuoso bachiller Sansón Carrasco se entera de que don Alonso Quijano ha perdido la razón por leer tantas novelas de caballería y se ha vuelto caballero andante. Don Alonso no quiso entender las razones de nadie y se lanzó a la aventura, en la primera parte del Quijote, publicada en 1605.
	Carrasco decide seguirle el juego y derrotarlo con sus propias armas. Se disfraza como el Caballero de los Espejos y lo reta a duelo. Si gana, le dice, don Quijote deberá retirarse a su hacienda y vivir la vida como el hombre cuerdo que era. ¿A quién se le podría ocurrir que el viejo esquelético, montado en su famélico rucio, pudiera ganarle en la batalla? A Cervantes, claro. Parece una locura, pero don Quijote logra derribar a Sansón, y éste muerde el polvo de la derrota.
	No ceja en su empeño y casi al final de la novela (la segunda, publicada en 1615) se disfraza esta vez del Caballero de la Blanca Luna y vence a don Quijote, quien debe volver al pueblo, a la casa, decir que se llama Alonso Quijano y vivir la tranquila vida que lo enferma y lo lleva a la muerte. Sí, cuerdo; sí, desdichado. 

En realidad, don Alonso dijo y juró y perjuró todo lo que le pidieron, aunque él seguía pensando en huir, en seguir siendo hasta el final de sus días el Caballero de la Triste Figura, el sin par don Quijote de la Mancha.
	Por eso, esperó con paciencia a que todos lo visitaran, le dijeran que jurara esto y lotro, y después se arrebujó en sus sábanas, cerró los ojos, fingió dormir. Apenas se dio cuenta que estaba solo, sin hacer ruido se incorporó y siguiendo su plan saltó por la ventana.
	No tenía arreos caballerescos todavía, ni montura. Ya se las arreglaría.
	Cerca de allí vivía un hombre que se dedicaba a la crianza de cerdos. Aquel día los había dejado sueltos, mientras limpiaba las zahúrdas. Era una piara de grandes marranos. Don Alonso, en su mentalidad de Quijote, los confundió con enemigos. No llevaba lanzas ni armadura y se les lanzó a los puros puños. Tal vez logró golpear a uno o dos. La piara se le enfrentó, como si fuera un solo animal, y sin gran esfuerzo lo tumbaron, le pasaron encima (una pezuña en el ojo, otra en la boca, una más en los genitales, una en la garganta…), lo llenaron de lodo pestilente, lo asfixiaron.
	El porquero alcanzó a oír alguna palabra suelta, algún reclamo de ayuda. Cuando llegó vio al anciano lodoso, muerto. Sansón Carrasco andaba cerca y se hizo cargo de todo: llevó el cadáver, lo lavó y lo puso al final, limpio, vestido y peinado, sobre la cama. 
        Pareció para los familiares y amigos que don Alonso había entregado su alma en paz (“quiero decir que se murió”) y que la pluma con que se escribieron sus aventuras había quedado muda para siempre. Que así sea.

[Evidentemente, este final que he inventado no modifica en esencia el deceso del Quijote, sólo le agrega otra muerte. La idea me vino de algo que comenta Borges, en Borges, de Adolfo Bioy Casares. El título es un juego con el título de una célebre novela breve de Jorge Amado: La muerte y la muerte de Quincas Berro Dágua.]

Ilustración: Héctor Ventura.
Ilustración: Héctor Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 189. Mirando por los visillos que dan al pasado. Héctor Cortés Mandujano

                        
                   Polvo del camino/189

          Mirando por los visillos que dan al pasado
                  Héctor Cortés Mandujano

El clangor del vigilante alado anuncia la raya de gis blanco en el pizarrón de la noche.
	—Tus ojos son como el canto del gallo: me dan claridad, me iluminan –dijo la mujer, en la tibieza del lecho y la semioscuridad de la alcoba.
	Él la besó en los labios, largamente, y se puso de pie. Ella, desnuda, se sentó en la cama, flexionó sus rodillas y se abrazó a ellas; puso su rostro en dirección al hombre, también desnudo, que comenzaba a ponerse la ropa interior.
	Apenas entrevió la línea de la poderosa espalda con un resplandor quizá imaginado.
	—¿Serás centauro, ahora?
	—Sí, cuando te amo monto una nube; debo ahora volver a la tierra.
	El hombre terminó de vestirse. Su ropa era la de un jinete, la de un vaquero. Abrió la puerta de madera y la luz entró veloz y puso miel en el cabello de ella, que no hizo más movimiento que ajustar su vista ante la mirada del poderoso Apolo.
	Frente al hombre había un largo corredor de ladrillos. Se iría al campo, al corral del ganado que ya mugía allá afuera, en el territorio que ya había sido poseído por el sol.
	—Me amaste con mucha suavidad. Me gustó. Gracias.
	El hombre fue hacia ella, se inclinó.
	—Eres mi jardín. Debo tener cuidado con tus hojas tiernas, tus pétalos suaves…
	—Pareces hecho de roca dura, pero tienes un centro dulce.
	Ella quedó callada, pensativa.
        Él la besó en la mejilla.
	—Pareces ausente…
	—Estoy pensando que con esta sesión de amor que me regalaste, algo cambió en mi cuerpo. Lo sentí en el mismo instante de mi orgasmo.
	Él se puso en cuclillas para escuchar la voz de su mujer. Sabía, por su tono, que iba a confiarle uno de sus secretos, una de sus premoniciones.
	—Acabo de quedar embarazada.
	—¿Será niña, será varón?
	—Niño. Se llamará Héctor.


Ilustración: Juan Ángel esteban Cruz.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 188. El pez violeta del amor. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz

                        
                   Polvo del camino/ 188

                  El pez violeta del amor
                       (Minificción)
                  Héctor Cortés Mandujano

Hay personas que caminan sin dudas, como flotando por la vida, como si no llevaran en ellas algo de peso. Pienso que incluso podrían salir volando. Veo que sonríen, conversan amigablemente, parecen felices. Yo siento que hasta me cuesta dar un paso, porque llevo un cargamento de rocas en la espalda, en las piernas; un puñal atravesado en la garganta, un amasijo de espinas en el corazón.
	Me parece un triunfo respirar, como si absorbiera veneno en cada aspiración, y mis pensamientos sólo me ofrecen torturas del infierno, demonios que me dicen suciedades, que me presentan rostros espantosos. Mis noches nunca tienen la placidez de la luna llena: son pesadillas sin pausa.
	Por eso decidí, luego de un paseo en apariencia trivial (no lo era, fue caminar sobre las brasas), llenarme las bolsas de pesadas piedras y tomar las más grandes que podía aguantar sobre cada una de mis manos.
	Dejé los zapatos en la orilla y entré descalza en la suave corriente, con los brazos abiertos, como santa. Mi cuerpo pareció sentirse mejor una vez que entendió que íbamos camino a la extinción de mi vida tortuosa. Ni siquiera pensé en alguna persona en especial (ninguna me importaba) y caminé hacia la parte honda de en medio. 
	La corriente tocó mi barbilla. 
Me detuve antes de dar el paso con el que mi nariz quedaría debajo del agua. Lo hice sólo por respetar cierto canon de suspenso. Lo di. 
Ya estaba dentro por completo. Lo que quedaba era no dejar que las piedras se me fueran de las manos.
	Abrí los ojos y vi que venía hacia mí con lentitud un pez, un enorme pez violeta con la cola como si fueran muchos velos sutiles del mismo color; de pronto parecía envuelto en ellos y luego estos semejaban larga cabellera. No parecía un pez, sino un ser cambiante, mágico, múltiple. Me pareció el mejor regalo en ese momento.
	No me di cuenta de que no estaba respirando debajo del agua de tan embebida que estaba con aquella aparición. 
El gran pez se puso frente a mí. 
        Nos vimos. 
        Me encantaron sus ojos verdes. 
        Sus labios no eran de pez, sino de humano: carnosos; sabrosos, pensé. Pareció leer lo que pensaba y me besó. Me besó interminablemente. El mayor y mejor beso que me habían dado. Un beso del pez violeta del amor.
	Y ya no supe más de mí.



Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 187. La recompensa de pelar gatos. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel esteban Cruz

                        
                       Polvo del camino/ 187

                   La recompensa de pelar gatos
                          (Minificción)
                     Héctor Cortés Mandujano

Mis zapatos viejos necesitaban cambio de suelas. Fui al zapatero y enrollado, al lado de sus pies, estaba un gato. Hice un gesto, que el hombre captó: 
         —¿No le gustan los gatos?
         —No me disgustan.
         —¿Y su gesto?
         —No me gusta el olor mezclado que hay aquí. No importa, estoy de paso. Le traje mis zapatos para que me haga el favor de cambiarles la suela.
         —Déjelos ahí. Tal vez no valga la pena decírselo, pero el destino de los seres humanos está escrito en los pelos de los gatos. Si a uno de éstos le arrancaran todos los pelos, que no sería humano ni fácil, y los lanzaran al piso, sabríamos el pasado, el presente y el futuro de la persona cuyo destino está escrito en ese gato en particular.
         —Me parece una locura. Por ejemplo, si despelucara a este gato suyo, ¿sabría todo sobre la vida de usted?
         —No me ha comprendido: que este gato sea mío, por decirlo así, no significa que en él esté mi destino. Puede estar mi destino escrito en el pelo de un gato callejero o en el elegante minino que vive en una casa de ricos o en cualquier otro.
          —¿Y cómo ha llegado a esa conclusión que, evidentemente, no tiene sustento científico?
          —El secreto me fue revelado en un sueño, de hace varios años. Le he estado dando vueltas…
          —Es, desde mi punto de vista, una revelación inútil. Podría matar un gato, hacer lo que me dice y darme cuenta que conozco la vida de un niño de Escocia, de una muchacha siria, de un señor de Mongolia. ¿Para qué me serviría, para qué le serviría a la otra persona?
           —Las revelaciones no siempre siguen la lógica de personas como usted. Están alineadas al misterio.
           —Bueno, espero que no tenga que matar a un gato para saber cuándo tendrá listos mis zapatos.
           —No, eso no, venga pasado mañana.
           Antes de irme, vi que el gato a los pies del zapatero soñador volvió  su vista hacia mí y en sus pupilas amarillas no vi nada más que el misterio inasible que siempre trasminan los ojos felinos. Salí.

Como si hubiera esperado el instante exacto para desplegar ante mí su épica de cuarta, la escena cuando llegué fue la siguiente: el zapatero ponía el cuerpo yerto del gato en una caja de cartón. Mi pregunta rezumó obviedad.
	—¿Murió?
	—Hace un momento.
	La idea fue automática:
	—¡Y si lo pelamos?
	—¿Está loco? Era mi gato, lo amaba. En esa bolsa están sus zapatos, lléveselos.
	Encima de la bolsa estaba la nota. Dejé un billete y me fui. El hombre ni volteó a verme. Cuando al día siguiente iba a ponerme los zapatos me di cuenta que no eran los míos. Fui a buscar al zapatero, de nuevo. Le dije. Estaba desinteresado de mi tema; buscó mis zapatos y los halló, ya compuestos y limpios. Me los dio. Ya me iba, cuando me detuvo para hacerme otra confidencia.
	—Tuve otra revelación en sueños…
	—¿Qué?
	—Que el destino de todos los gatos está escrito en nuestros cabellos, en los de la gente.
	Nos quedamos en silencio. Caminé a la salida.
	—Bueno, adiós.
	Mientras caminaba pensé que sus revelaciones eran absurdas y lentas. Que si eso lo escribía alguien lograría hacer una Biblia enigmática e inútil. Yo no sería uno de sus apóstoles, estaba claro. Pobre viejo loco.

Ilustración: Juan Ángel esteban Cruz
Ilustración: Juan Ángel esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com