Polvo del camino. 206. Cortar a la epopeya un tajo. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz

               
Polvo del camino/ 206

                Cortar a la epopeya un tajo
                 Héctor Cortés Mandujano



                           Caminé como papelotón sin cola, todo tatarata

                                                           Roberto Juan,
                                             en “Un sueñito en la Colón”



Hay gente capaz de contarte un hecho nimio como si fuera una epopeya. A esa estirpe pertenece Roberto Juan Flores, Chalío.
Varias de sus historias no se entretienen en prolegómenos y desde la primera línea nos ponen en el centro anecdótico. No sabemos si en un hospital, una cantina, una reunión (por ejemplo en “Piña colada”), porque lo que parece esencial para el Chaly es no perderse en las periferias, sino entrar de lleno al intríngulis del relato, prescindir de informes sobre los cambios de espacio y de tiempo, y hablar sin las delicadas patrañas que ordena la narratología.
Hay algunas historias, en cambio, que son más reflexivas y ordenadas (“De oficio gavetero”, por ejemplo), sin por ello dejar el gracejo que, a veces, es doloroso como los chicotazos del padre que hacía “que te orinaras de poquito en poquito” y que, sin que te pudieras acomodar del dolor, hicieras todas las posiciones al mismo tiempo: “enrrollado, estirado, cantiado, bocabajo, bocarriba”… Si Marcel Proust, en En busca del tiempo perdido, halló su camino al pasado a través de la magdalena y el té, Chalío también toma la vía olfativa para el regreso: “Los aromas y los tufos son transportes que tienen su salida y terminal en el subconsciente […] llevan defensa delantera y trasera pa’ que le pongás el letrero que vos querás”.
Los cuentos de Chaly se enmarcan en lo que se ha llamado y es lenguaje frailescano, una deformación y reformulación del español donde se hace tilichi el lenguaje de Cervantes, con alegría y desenfado, como si no existieran los diccionarios, la retórica, la gramática y todas esas señoronas serias que levantan la ceja apenas alguien no le pone zeta y acento a la palabra Corazón. Imágenes como “caballo zacateando”, “una sopapiada en la espalda”, “yagual de vendetomate”, “turroncito en la jeta” y muchas más, tal vez parezcan oscuras para quienes “tuvieron la desgracia de no nacer en Villaflores” (Miguel Carballo dixit), pero para cualquier frailescano medio son tan claras como empezaron a ser las caguamas en los últimos años.

Hemingway planteó, para sus cuentos, la Teoría del iceberg. Esas montañas de hielo muestran únicamente en la superficie del mar una punta minúscula y ocultan, debajo, su volumen gigantesco. Así debe contarse una historia, decía. Así cuenta Chaly “Crónica de un asalto anunciado” (y otros textos), donde leemos lo que conversan conspicuos miembros de la Rial y tenemos que descubrir el mar de fondo que en este relato es sólo evanescencia.
Hay en este libro la libertad total en forma y fondo. No hay reglas que se apliquen, se busquen o se sigan con acuciosidad, y sí hay las ganas de volcar en alegres palabras la gracia que es mirar la paja en el ojo ajeno, lo chistoso que tiene la desgracia de los demás, sin eludir las propias mofas que el autor hace de sí mismo.
Estas historias son, pues, el más puro relato, sin subterfugios, que quieren algo plausible, amable, agradecible: hacer reír al lector. Y no sólo lo quieren, claro: lo consiguen con creces.
Tengo la suerte de ser amigo de Chaly y me parece que hay en él un rasgo distintivo, un mérito natural, que aparece de cuando en cuando entre los mortales: el gozo por contar y la gracia para hacerlo. Aquí hay Treinta y uno (y otro uno) para sostener lo dicho.

Un abrazo y felicidades, querido Chaly.



[Prólogo al libro Treinta y uno (y otro uno), de Roberto Juan Flores.]

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 205. Boricua en la luna. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz

               
Polvo del camino/205



                     Apuntes de oído/15

                     Boricua en la luna

                   
Héctor Cortés Mandujano



                             Y fue mi abuelo el amor único en mi regocijo



                                                  Juan Antonio Corretjer



Dedicado a mi querido amigo Roger Octavio, quien todavía sueña con Tuxtla



Roy Brown nació en Orlando, Florida, EUA, en 1945; sin embargo, ha sido parte de la que fue llamada Nueva Trova Puertorriqueña y su voz disidente ha proclamado la independencia de ese país, de esa isla.

Ha grabado muchos discos y son varias canciones suyas las que son parte de mi memoria. Muchos de sus temas son musicalizaciones de poemas. Uno de ellos me sorprendió desde la primera vez que lo oí. Se llama “Boricua en la luna” y la letra es del periodista, escritor y poeta puertorriqueño Juan Antonio Corretjer (1908-1985), quien también luchó para que Puerto Rico dejara de ser una colonia de EUA y a quien Brown ha musicalizado muchas veces.

Corretjer fue un luchador activo: fue exiliado y encarcelado, y apoyó las luchas libertarias no sólo en su país, sino en el continente. Estuvo desterrado en Nueva York y le fue prohibido regresar a Puerto Rico (incluso en México fue arrestado y deportado). No obedeció, claro. Murió en su Puerto Rico del alma.

El poema “Boricua en la luna” comienza contando la historia de un nacimiento: “Una mujer de Aguadilla vino a Nueva York a cantar” y allí se encontró con “un peón de Las Marías”. De esa unión nació un niño. La madre murió (“De ese llanto yo nací”) y el padre, años después, “reventó en un taller” (“De una lágrima soy hijo y soy hijo del sudor”).

Lo cuidó el abuelo, quien le enseñó a amar la tierra de sus padres.

Hay miles de historias sobre el amor al pueblo, al país, a la tierra; a lo irrenunciable que suele ser nuestra identidad, a lo infinito que puede ser nuestro amor al lugar donde nacimos o al que decidimos pertenecer porque allí vive nuestra familia o allí nacieron nuestros padres. Este poema, esta canción resume este sinfín de historias sobre la pertenencia, sobre el amor a la patria. Termina con una explosión de amor total.

Cedo la palabra a Correjter:



       Y yo soy puertorriqueño sin na',

       pero sin quebranto.

       Y el "echón" que me desmienta

       que se ande muy derecho,

       no sea que en lo más estrecho de un zaguán

       pague la afrenta,

       pues según alguien me cuenta

       dicen que la luna es una,

       sea del mar o sea montuna,

       y así le grito al villano:

       ¡Yo sería borincano, aunque naciera en la luna!


Ilustración: Alejandro Nudding.
Ilustración: Alejandro Nudding.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 204. Cuatro mujeres: cuatro. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

               
Polvo del camino/ 204

                     Cuatro mujeres: cuatro
                    Héctor Cortés Mandujano

                            La literatura es una forma elegante del rencor

                                                            María Negroni

Aunque es breve, El corazón del daño (Penguin Random House, 2021), de María Negroni, es una rápida biografía –de niña al día de hoy–, revisión personal de sus libros anteriores, el amor, la lucha, la salida de Buenos Aires a Nueva York y la vuelta, el matrimonio, el divorcio, la nueva actitud sexual. El tema central, sin embargo, es la relación conflictiva de la autora con su madre. El libro me parece genial.
[Conocí a María Negroni en un encuentro de escritores en Chiapas. La vi de pronto. Me impactó su belleza y su elegancia. Luego la oí leer y me enamoró por completo. Me sentí un adolescente (no lo era) ante una diosa. Mi gran momento fue cuando un día después de mi lectura (ella estuvo ahora en el público), yo desayunaba con un par de amigos, ella se acercó a mí, creo que me tocó el hombro y me dijo algo así como “me gustó lo que leíste”. Para ella yo supongo que fui nadie, para mí fue sentirme eléctrico de la cabeza a los pies. Cuánta magia sentí, qué fácil fue ser feliz.]
Dice María insistentemente que sus recuerdos de niña no coinciden con los de su madre: No/ sí había libros, Sí/ no había perros negros en el jardín, Sí/ no te quedaste sola en la calle con tu hermanita (p. 11): “Mi madre: la ocupación más ferviente y más dañina de mi vida. Nunca amaré a nadie como a ella. Nunca sabré por qué mi vida no es mi vida sino un contrapunto de la suya, por qué nada de lo que hago le alcanza”.
Sabe que no hará un libro convencional (p. 15): “Un día empiezan a aburrirnos los libros que entretienen (ya lo advirtió Baudelaire, divertirse aburre) y nos volvemos adictos a la escritura indócil, la que acentúa su rareza, se concentra en la historia de nadie, los problemas de nadie, el significado del mundo y la eternidad”.
En este libro (“Esto, en suma, no es un libro”) cabe todo (p. 37): “Muchos años después, una maestra de yoga me dijo, sencillamente. Sufrir es una decisión. Una decisión cognitiva, agregó”.
De nuevo trabaja sobre una idea de Baudelaire (p. 49): “…en la experiencia estética interviene algo del orden del crimen y la taxidermia, que todo artista es un dealer de la muerte, que canibaliza la vida y la transforma en fantasma material”. Cita a varios autores, varios libros. Thomas Mann (p. 66): “Mis instrumentos de trabajo son la humillación y la angustia”.
Escribe frases lapidarias (p. 69): “El odio es lo que parece, un amor herido”; (p. 104): “El abismo no tiene biógrafo”; (p. 128): “La claridad no es más que la cara amable de la sombra”, y en la misma página: “La verdad es la más peligrosa de las mentiras”.
Habla de sus propios libros (p. 79): “Escribí poemas que son prosas, ensayos que no creen en nada, biografías apócrifas, y hasta dos engendros de novelas que proliferan hacia adentro como una fuga musical”.
En los caminos del azar, cita el libro que comenté la semana pasada (p. 120): “… de dónde salió esa chica rubia que movía el pelo al reírse, y acabó llevándose la belleza del marido”.
La madre atraviesa todo (p. 139): “Yo amaba como vos, Madre, aborreciendo. En esto nos parecíamos: nunca me puse de rodillas, nunca seré melodramática, no soy demostrativa”.
Escribe, casi en el final (p. 142): “La vida hace estragos. Soy ahora una mujer desnuda”.
Una gran experiencia leer a María Negroni.

Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 203. Cuatro mujeres: tres. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel esteban Cruz.

               
Polvo del camino/ 203

Cuatro mujeres: tres
Héctor Cortés Mandujano

Dicen que un carnicero zen hace un corte preciso
y todo el buey
cae en pedazos
como un rompecabezas

Anne Carson

La belleza del marido. Un ensayo ficticio en 29 tangos (Bisturí 10, 2020), de Anne Carson, con traducción de Soledad Marambio, en un pequeño libro sobre la pérdida, que apostilla cada poema con un verso de John Keats.
Carson es canadiense y, dice la solapa, “se gana la vida enseñando griego antiguo”. Lo digo porque en el segundo tango dice que en un bolsillo de la ropa de su marido (p. 10) “encontré una carta que él había empezado/ (para su amante del momento)/ que contenía una frase que yo había copiado de Homero”; sigue diciendo: “Fiel a nada/ mi marido. Entonces ¿por qué lo amé desde la niñez hasta mi edad madura/ y la resolución de divorcio llegó por correo?/ La belleza. No es un gran secreto. No me avergüenza decir que lo amé por su belleza”. Dice más adelante (p. 11): “La belleza hace al sexo sexo”.
Aparte de infiel, ladrón de textos (p. 12): “escribí una charla breve (‘Sobre la desfloración’) que él robó y publicó/ en una revista trimestral”.
Su marido bello tuvo muchas amantes (p. 23): “Poco después de un año desde nuestro matrimonio/ mi marido/ comenzó a recibir llamadas (de una mujer) tarde en la noche./ Si yo contestaba (ella)/ colgaba. Mis oídos se volvieron roncos".
Dice Anne Carson (p. 30): “Mi marido mentía acerca de todo./ […]/ Mentía cuando no era necesario mentir”.
Se hace muchas preguntas (p. 41): “Por qué la naturaleza me entregó a esta criatura –no la llames mi elección”. Pero sabe que está bajo su embrujo (p. 45): “Si pudiera matarte tendría que hacer después a otro exactamente igual a ti”.
Él no cambió nunca (p. 56): “Engañar cada noche es signo de desesperación”.
Tiene con él una conversación larga. Un poquito de lo que se dicen (pp. 67-68): “Cobarde./Lo sé./ Traidor./ Sí./ […]/ Devastador mentiroso sádico falso./ Por favor./ […] Las mujeres./ Sí./ La mentira./ Sí./ […]/ Tus sueños son un desastre./ Son mi obra maestra”.
Pero era bello (p. 72): “Aristóteles quien/ no tuvo marido,/ casi nunca menciona la belleza”.
Se dejan, él se va, varias desventuras después conversan (p. 96): “Todavía te acuestas con todo el mundo./ Lo hago”.
Ya nada son y él la llama a veces (p. 109): “Pruebas intercaladas con halagos./ Eres la única persona a la que le temo./ Mezcladas con encanto sexual./ Si se te antojara venir y calmarme yo estaría feliz”.
Conclusión (p. 114): “Bueno, la vida tiene riesgos. El amor es uno”.


Ilustración: Juan Ángel esteban Cruz.
Ilustración: Juan Ángel esteban Cruz.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 202. Cuatro mujeres: dos. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Alejandro Nudding.

                Polvo del camino/ 202


Cuatro mujeres: dos
Héctor Cortés Mandujano

¿Qué puede darnos la civilización?

Virginia Woolf, al hablar de Thoreau

Horas en la biblioteca (Austral, 2019), de Virginia Woolf, es una colección de ensayos, cuyo tema principal es la literatura. La Woolf revisa autores que, en muchos casos, fueron sus contemporáneos y que ahora ya pasaron a la etiqueta de clásicos.
De Coleridge dice, por ejemplo (p. 67): “La incompatibilidad que sin duda existía entre Coleridge y el resto del mundo, según nos persuaden las Charlas de sobremesa, surgió del hecho de que, más incluso que Shelley, era ‘un ángel hermoso e ineficaz’ ”.
De “El cuaderno de Mr. Kipling” tomo este apunte magnífico (p. 85): “Una gruesa carpa, en un estanque, sorbe una hoja caída y emite el sonido de un besito mundano y perverso. De la tierra emana el vapor y el vapor asciende en silencio, y una preciosa mariposa, de quince centímetros de envergadura, atraviesa el vapor zigzagueando de color y aletea hasta posarse en la misma frente del dios”.
Cita a Emerson (p. 113): “No puede escribir bien el hombre que piense que puede elegir entre varias palabras. En la escritura de veras buena, cada palabra significa algo”.
Le dedica varios ensayos a Dostoievski, cita una de sus observaciones (p. 163): “Por su propia naturaleza, el provinciano tendría que ser un psicólogo especializado en la naturaleza del ser humano”.
Cita la última entrada del diario de Jane Austen, que parece irónico, porque murió tres meses después (p. 185): “Todo va bien”.
Elizabeth Hitchener fue una de las mujeres de Shelley; me pareció extraño lo que le escribió en una carta (p. 220): “Toda la naturaleza, salvo la de los caballos, es armónica, y nace en la desdicha quien haya nacido siendo caballo”. Dice la Woolf de Elizabeth Lady Holland (p. 251): “Sabía ser tan impersonal como un chiquillo de diez años, y tan inteligente como un político”.
Asienta esta idea que alude a la perfección que buscó incesantemente Flaubert (p. 298): “Flaubert dedica un mes a buscar la frase idónea para describir una lechuga”.
Critica el método que Clayton Hamilton (p. 302): “Según él, toda obra de arte se puede trocear, y esos pedazos se pueden nombrar y numerar, dividir y subdividir, habida cuenta de su orden de precedencia, como si fueran los órganos de una rana disecada. De este modo aprendemos a ensamblarlos de nuevo: según Hamilton, de este modo aprendemos a escribir”.
A veces la literatura reduce las cosas a un momento, dice; las pone en escena nomás (p. 326): “Y así vamos y venimos a tirones a lo largo de las novelas más famosas del mundo. Así las manifestamos en una sola sílaba, escrita, por qué no, con la caligrafía de un chiquilicuatre analfabeto. Un beso es el amor. Una taza rota son los celos. Una sonrisa es la felicidad, la muerte es un féretro”.
Gran compañía la Woolf.

Ilustración: Alejandro Nudding.
Ilustración: Alejandro Nudding.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 201. Cuatro mujeres: una. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

                  Polvo del camino/ 201

                  Cuatro mujeres: una
                Héctor Cortés Mandujano

                                                Su secreto estaba a salvo
                                             como una mosca en la letrina

                                                             Anne Sexton,
                                                        en “El campesino”

Hice un pequeño viaje de descanso con mi mujer. Visitábamos a mi cuñado, su hermano; como allí yo tengo el tiempo libre y una hamaca a mi disposición, escogí cuatro libros del rimero que siempre estoy leyendo (dos comenzados y dos por comenzar); al llegar allá me di cuenta que los cuatros estaban escritos por mujeres: Transformaciones, de Anne Sexton; Horas en la biblioteca, de Virginia Woolf; La belleza del marido, de Anne Carson, y El corazón del daño, de María Negroni. Los cuatro me parecieron prodigiosos. Los comparto contigo lector, lectora.
	Transformaciones (Nordicalibros, 2021) es, además, un libro elegante y bellísimo, con ilustraciones de Sandra Rilova y traducción de María Ramos. Lo que transforma la autora son dieciséis cuentos de hadas de los hermanos Grimm. Los vuelve poemas que subvierten, deconstruyen, critican los papeles asignados especialmente a la mujer. Es, incluso, muy divertido. ¿Qué más pedir?
	En “Blancanieves y los siete enanitos” la madrastra reina es muerta terriblemente y (p. 21): “Mientras tanto Blancanieves permaneció en el palacio,/ abriendo y cerrando sus ojos azul esmalte,/ y hablando de vez en cuando con su espejo/ como hacen las mujeres”.
	La reina, que engaña a “Rumpelstiltskin”, ese hombrecito que está “dentro de muchos de nosotros”, cuando está angustiada por su promesa (p. 33): “lloró dos cubos de agua marina. (y)/ Fue tan insistente/ como un testigo de Jehová”.
	Escribe en “Rapunzel” sobre varias propuestas eróticas; ésta es una (p. 49): “Dame tus labios inferiores/ hinchados con su destreza/ y a cambio yo te daré un ángel de fuego. […] Somos dos pájaros/ lavándose ante el mismo espejo”. Rapunzel sólo conocía a una mujer. Conoció a un hombre (p. 54) “y él le declaró su amor./ ¿Qué bestia es ésta?, pensó ella […] ¿Qué espinosa planta crece en sus mejillas?/ ¿Qué es esta voz profunda como la de un perro?/ Pero él la deslumbró con sus respuestas./ Pero él la deslumbró con su palo danzante”.
	Me gustan mucho sus comparaciones (p. 19): “Estaba tan llena de vida como una gaseosa”; (p. 22): “Había un rey tan sabio como un diccionario”; (p. 30): “Tenía una hija tan hermosa como una uva”; (p. 45): “La princesa estaba madura como una mandarina”; (p. 59): “Apareció tan repentinamente como una piedra en el riñón”. Dice en “Cenicienta” (p. 65): “Cenicienta fue hasta el árbol de la tumba/ y lloró como una cantante de góspel”. Las hermanastras fingen amor cuando ella ya será la princesa (p. 66): “En la ceremonia de boda/ las dos hermanas se acercaron para hacer las paces/ y la paloma blanca les sacó los ojos a picotazos”.
	Escribe en “Un ojo, dos ojos, tres ojos” (p. 69): “Una vez conocí a una niña/ con la mente de una gallina”. “Caperucita roja”, ve al lobo fingiendo ser su abuela (p. 88): “La abuela le resultaba extraña,/ parecía tener una peluda y extraña enfermedad”.
	Dice en “Las doce princesas bailarinas” (p. 102): “y el sol se elevó/ desnudo y furioso”,  y en “La bella durmiente” habla de una de las hadas (p. 118): “su útero como una taza vacía”. Ante la maldición a su hija: “El rey parecía El grito de Munch”; cuando la princesa se pincha todos quedan dormidos (p. 119): “Incluso las ranas eran zombies”.
	Este libro es como un pensamiento feliz en la mente de un condenado a muerte; como hallarse una rosa fresca en el centro de una hoguera.


Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 200. Polvo del camino. Héctor Cortés Mandujano

llustración: Juan Ángel Esteban Cruz.

                Polvo del camino/ 200

                  Polvo del camino
               Héctor Cortés Mandujano

                                El polvo indescifrable que fue Shakespeare

                                                                    Borges, 
                                                                 en “Cosas”

No sé si sea tarde para explicar por qué llamé Polvo del camino a esta columna que hoy cumple 200 ediciones. Se supone que esas cosas se explican desde el principio. Sin embargo, las fórmulas esotéricas dicen que nada ocurre tarde o temprano, sino justo a tiempo. Confiaremos en ello. 
	Cuando mi amigo Roger Octavio Gómez Espinosa me pidió que escribiera para la revista electrónica que preparaba, yo tenía escritos algunos cuentos o minificciones (cuatro o cinco) que, según yo, iban a conformar en el futuro un libro de pequeñas narraciones. Fueron publicados dentro de mis primeras diez entregas de la columna que bauticé de un día para otro, porque me subí al tren en movimiento de Roger, colgado de una barandilla.
	Pensé con rapidez en un título general para mis columnas y lo primero que vino a mi mente fue una imagen placentera: yo iba de niño detrás de una carreta (manejada por quien sabe quién), descalzo, y veía cómo mis pies se hundían en las suavísimas capas del polvo del camino que nos llevaban de El Ciprés, la finca donde nací, hacia la colonia Cristóbal Obregón, donde estudié los primeros años (cuatro) de educación primaria.
	Pero en aquel día, en aquel instante de placer, yo no iba a la escuela. Tengo la impresión de que me había bajado de la carreta para sentir cómo mis pies se hundían en el polvo, en ese polvo casi etéreo. “Camino sobre las nubes”, podría haber pensado en esos cuatro-cinco años de vida. No creo haberlo hecho.
	Las imágenes del tren y la carreta son la misma. Yo iba agarrado con mis manitas a la parte trasera de la carreta y viendo hacia abajo. Lo más importante en ese momento no era caminar (la carreta me jalaba), sino ver mis pies hundiéndose en el polvo y tener como única la sensación de suavidad suprema.
	El polvo del camino quedó como un maravilloso recuerdo de mi infancia libre y feliz. Luego vino aquello de Polvo eres y en polvo te convertirás, de un libro de libros que es más bien metafórico. Después llegó la lectura de un libro de ciencias –el rancho y la infancia habían quedado atrás, en la memoria– donde supe que el polvo de nuestra casa no siempre entra de la calle, sino es la piel que se nos va cayendo: Somos polvo. 
	Allí descubrí que, aunque fuera una parte minúscula, el sutil polvo de aquel camino no era solo del camino, sino también mío, parte de mí. 
        Saltemos de aquel tiempo a éste. Lo que escribo (aunque a veces me dé vergüenza firmar mis textos, porque en realidad los sueño, los imagino y parecen venir de un lugar mío que no conozco) es parte de mi camino y mi camino es mi propio reguero de polvo.
        Flaubert, cuando lo procesaron para que revelara en quién se había inspirado para escribir Madame Bovary dijo la célebre frase: “Madame Bovary soy yo”. 
         Mi paráfrasis de las palabras de Flaubert, que son una declaración tajante sobre lo que significa escribir, es simple: El camino soy yo, el polvo soy yo. 
         Te agradezco lector, lectora, por acompañarme, por leerme.


llustración: Juan Ángel Esteban Cruz.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 199. Perla blanca en la oscura media noche. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Alejandro Nudding.

                Polvo del camino/ 199
         Perla blanca en la oscura media noche
                Héctor Cortés Mandujano

                      Nunca olvides que en la casa que buscas no hay nada

                                                            María Negroni,
                                                    en El corazón del daño

Llegué a mi pueblo luego de tanto. Pregunté por mí, como si yo fuera un fantasma y la gente, así, en genérico –un ramo de rostros desdibujados–, me dijo que yo vivía solo, en el Ciprés, una finca cercana; que si quería hallarme tendría que ir para allá.
	Tomé y anduve por el camino de tierra oscura, flanqueado con árboles como monstruos negrísimos, en la noche silente.
	Iba vestido de gala, con una capa incluso y zapatos brillantes de charol. Pero no movía los pies, era como un mago que parece deslizarse sobre unos patines que nadie ve. La ridiculez oculta puede volverse misterio.
	La finca era, en lo oscuro, la perla blanca que relumbraba en una muestra excesiva de la excepción a la regla.
	Abrí la tranca y entré en la luz del corredor de ladrillos, como si fueran oblongos trozos de queso.
	Salí yo mismo de uno de los cuartos de puertas de madera, como dos ojos u hojas del alba, adormilado, tal vez un poco más joven de anfitrión que de visita. No parecí sorprenderme en ninguna de mis dos versiones.
	El pijama que usaba parecía hecho con luz de luna llena. Nos sonreímos.  Yo abrí los brazos para darme un abrazo y nos fundimos, negro y blanco, en un gris primero que parpadeó por segundos y se convirtió después en la luz fortísima en que nos convertimos…

[En otra posibilidad de sueño, voy al pueblo y pregunto por mi mamá, me dicen que ella está en El Ciprés; llego y me doy cuenta que uno de los cuartos tiene una puerta abierta y ella está sola, ante la luz de una vela, en trabajo de parto. Suda, gime y sale de su vientre un bulto acompañado de agua sanguinolenta: yo.]

 

Ilustración: Alejandro Nudding.
Ilustración: Alejandro Nudding.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 198. En el corazón del bosque. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

                    Polvo del camino/ 198
                   En el corazón del bosque
                          (Cuento)
                   Héctor Cortés Mandujano

Aura, mi más querida amiga, solía llorar por todo: al verme llegar a su casa y al decirme adiós, cuando se alegraba y cuando me contaba una pena; lloraba al ver nacer el día y al cerrar los ojos para dormirse…
	¿Por qué llorar tanto y por todo?
	—Las lágrimas me hacen feliz –decía.
	De todos modos la adoraba porque era capaz de quedarse callada para oír mis monólogos y me hablaba con paciencia después, me abrazaba con cariño, me daba consejos. Las mujeres se sucedían en mi cama y pasaban ligeras por mi corazón, pero Aura seguía allí, dispuesta para mi amistad, como el árbol que da sombra y frutos, flores y cantos.
	Un día me pidió que saliéramos al campo, porque le había contado una de sus amigas de una librería atendida por su rara propietaria. La peculiaridad es que la había puesto, contra toda la lógica comercial, en un ranchito sin más vecinos que los caballos, las vacas y la naturaleza agreste.
	—Es una maravilla que todavía quede gente así –me dijo.
	—¿Cómo? ¿Loca? –le dije.
	Me vio y vi las lágrimas en sus ojos.
	—La locura es maravillosa: da libertad.

Llegamos y, efectivamente, la librería era muy linda (se llamaba La Felicidad) y con ejemplares que no eran comunes en las otras librerías empeñadas en tener libros que se vendieran. Había una mariposa posada en A la sombra de las muchachas en flor y mientras la explorábamos un gato se hizo un nido sobre un volumen de Hölderlin. 
	Ada, la propietaria, lejana amiga de Aura, nos hizo descuentos en nuestras compras, nos invitó una taza de café y nos llevó a un estanque donde vimos hipnotizados a las miríadas de peces multicolores que se entrecruzaban frente a nuestros ojos.
	Cuando dejamos aquello, volvimos a pie, como llegamos, y Aura decidió que tomáramos otra ruta para llegar a la ciudad: cerca, al lado de un apretado bosque de coníferas. Había oscuridad en el ambiente y una bruma parecía nacer de los tallos arbóreos, lo que daba fantasmagoría al trayecto que no estuvo exento de aventuras, pues tres malandrines trataron de asaltarnos.
	No dije a Aura que llevaba conmigo dos revólveres y como no hubo otro remedio lo usé en contra de los maleantes. Los tres huyeron, con pavor, cuando comencé a dispararles a los pies.
       —¡Tengo más balas para ustedes! –Les grité.– ¡Las siguientes serán para sus corazones! 
       Aura lloró cuando nos quedamos solos y yo la abracé. Ella levantó el rostro y, como si siempre lo hubiéramos hecho así, la besé en los labios. Allí me di cuenta, rodeado de árboles y neblina, que estaba enamorado de mi amiga y que ella me había amado siempre.
	—Ya no voy a llorar –me dijo–, lloraba por ti, por no conseguir tu amor; desde ahora sólo me verás reír. 
	Despertamos juntos. Somos felices.

 

Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 197. Antes de ser Luzbel. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.

                        Polvo del camino/ 197

                         Antes de ser Luzbel
                           (Minificción)
                      Héctor Cortés Mandujano

Estoy escondido detrás de las rocas. 
        Es de noche y la luna alumbra tan pálidamente como si fuera una vela a punto de extinguirse. 
        Veo la playa, el mar (ah, su sonido), porque sé que debo estar atento ante la posible aparición.
	Y sí, allí están.
	Vienen como lo supuse: con túnicas antiguas, blancas, largas. 
        Parecen estatuas en movimiento. 
        Las caras son también blancas, sin expresión. 
        Las olas les lamen los pies descalzos. 
        Me buscan, claro.
        Me hubiera gustado tener éxito esta vez, luego de tantos intentos fallidos.
        Sé lo que va a pasar a continuación.
        Y sí, desaparecen de mi vista.
        Oigo sus voces, detrás de mí; siento su presencia.
        “Tienes que volver, eres de los nuestros, sin ti no podemos realizar bien nuestro trabajo, el Padre te espera.”
        Sé que no podré resistirme y comenzaré a elevarme, a seguir su vuelo lento.	
        Iré/voy con ellos de nuevo al Paraíso.
        No me pertenezco: soy un ángel y no puedo escapar de ese destino donde no existen las individualidades.
        Tengo que cuidar a los hombres, no ser uno de ellos.
        Ni siquiera tengo nombre.
        Dios ¿me ama? 
	

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com