Cajón de rubores. 2. Fisonomía 2-La Jirafa Nubia. Antonio Florido

Cajón de rubores / 2

Fisonomía 2 
La Jirafa Nubia

Por Antonio Florido

       
Ware expresa la humildad que nace en su sentir como la comparación entre lo diminuto y lo fantástico. Tan así que el cuerpo alargado que mira impone su criterio derramando un castaño definido en la altura. De la nada surge, crece; yergue su figura hasta lo alto, donde en el cielo se percibe un cuello manso y poderoso, diríamos casi humano. Pasamos de la altivez inicial a la calma de la emoción, en una aquiescencia premeditada, o tal vez nacida del mundo para todos los tiempos. Más allá, vean, la cabeza se hunde en el mutismo. Observa silenciosa las tantas figuras trianguladas, como si el occidente buscase la respuesta a sus desvaríos. En otro lado de la historia un rey piensa en su obra, mira por la ventana del palacio y espera. El pintor, oculto tras una mancha azulada, lacea y muere de pronto, recuerda a su soberano, al requerimiento que apremia, y de tanto los colores van surgiendo, como por arte de magia, del extremo picudo, verde, azul, blanco…
          Bajo los hombres las sombras se quedan marcadas en unos verdes intensos, pintan obscuridades; así las patas del animal, en una fuga inevitable, hasta la rayana del cielo que luce un celeste tranquilo. 
          El animal confía en sí mismo, ajeno al trato y al porvenir. No es más que el secreto de Missiroli: El silencio, el maquillaje y Dios. Tres pilares, tres hombres, tres lecturas y tres sentimientos en la mente.
          Como si el tiempo se hubiese parado, incapaz de atravesar el vacío de la ventana por donde el rey continúa observando, en una ilusión que desaparece envuelta en sueños, la cosa se aquieta. Ahora, en la otra esquina de la ciudad, un sirviente desnuda a su amo. El hombre lo va despojando de los vestidos sucios y rotos. El artista aparece con los ojos cerrados, piensa en su obra. Tantos meses de caminatas le han servido para entender que todo tesoro permanece siempre oculto, detrás de la prisa y las obsesiones huecas. Recuerda cuando los indígenas le mostraron al animal. Manso, feliz, sonriente, con su cabeza inclinada, servil. En la trasera un matorral casi imperceptible (quizás imaginado), anticipa un bosque sin fin y, más allá, la meseta desierta perdida en el infinito llano. Pero ahora tenía ante él la oportunidad de comunicar con su paleta los demonios y santos que le mordían el alma…
         Hay algo de desconcierto en la obra nubia. No sabremos nunca dónde comienza y dónde acaba, ¿es, acaso, una leyenda, una trama, un entretenimiento fútil, un sueño pasajero, una necesidad innecesaria? Me refiero a todo. A la realidad más real, la que llamamos nuestra, a la realidad más pequeñita, la encuadrada por la geometría, como atributo de la sustancia que nos creó; ¿dónde empieza el color, dónde el sueño, dónde, insisto, la vida soñada en un sueño de vida, en un paisaje malva de vida, de muerte, de fin?
         La jirafa nubia permanece en silueta permanente, la hermosa jirafa, la coqueta jirafa salpicada de barro, la gigantesca jirafa de Sudán. Y, por encima, lo UNO, clavando sus ojos en las cabezas obtusas de los comerciantes. 
         Thoreau afirma que “en literatura sólo lo salvaje nos atrae”. También en la pintura, en el arte, en la vida; siempre lo salvaje se nos muestra con un mensaje ignoto y misterioso, recóndito, como el horror cósmico de Cthulhu, como las sombras volcadas sobre los blancos lienzos impacientes.
 
 

 

La jirafa nubia, Jacques-Laurent (1767- 1848)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 1. Fisonomía 1-Carro de Heno. Antonio Florido

Cajón de rubores / 1

Fisonomía 1 
Carro de Heno

Por Antonio Florido

Pasan los siglos en un tiempo relativo, continuo y disparatado y el hombre avanza incesante por el camino de lo absurdo. Se va deslizando por la estela del orgullo, de clase en clase, superando las posibles contingencias, pasa la vida en la madurez y las copas se le colocan delante, pero el hombre no ve otra cosa que su propio engreimiento, de eso hablan y cantan las crónicas de siempre.
          No es caso de ahora, no. 
          Se trata de la demolición, lucha eviterna de lo que es y lo que se ansía. Intentar escapar del arte engañoso del otro.
          El campesino viaja agachado, con el peso del mundo sobre la espalda cansada. Con la mano aleja al can que le provoca, avanza entre la multitud sin pensar y sin oír, tal vez en una escena muda, llena de grises y turbios, de nubes golosas sobre el techo de madera.
          Telas y ropas pobres y cestos de mimbre.
          ¡Fuera bandidos y danzas, fuera lujurias! 
          El viejo se ha detenido, observa detrás del paño al incipiente que escribe, piensa y sonríe, a veces grita en silencio, muere un poquito su vida. Lleva todos los años buscando el sentido, viaja y habla, queda y habla de nuevo, y sigue hablando sin llegar a la tediosa desesperanza.
          Le puede al hombre la espera, la toma con los dedos viejos y apelmaza con ella grumos de más vida.
          ¿Camino?
          La tarea densa de vivir. Ser y adelantar, esperar. 
          El hombre ha sido expulsado del paraíso del cielo por su gran pecado. (Moral dibujada en un azul y verde y amarillo). Ahora el asunto ingrato de volver la cabeza y pensar. Pero el hombre no ha sido puesto en la tierra para eso. Sólo debe obedecer al impulso, el rey del misterio, efímero elemento, perecedera angustia. Es tributario de la especie que prodiga y regala. 
          Desobedecer es cambiar. Buscar y encontrar la ruptura. Se levanta y observa el bullicio. Queda parado en una isla imprecisa. Alrededor juglares y danzantes, borrachos, demonios y perros, ángeles arrepentidos de haber sido buenos, mujeres en brazos extraños, éxitos florecidos, espigas quemadas.
          Ahora camina deprisa, busca la puerta, tropieza con los brazos y piernas, los perros le muerden y le desgarran y sigue luchando. 
          Pasan veloces los tiempos. Todos han envejecido. Los tonos son ahora más transparentes, como si el cuadro estuviese huyendo.
          Los personajes han detenido sus movimientos y miran al viejo con un interés malicioso. La puerta está muy cerca, la muerte llama, el anciano avanza unos pasitos. Todos se han llevado las manos a los ojos, algunos se tiran de los pelos, otros se lamentan y gritan, las mujeres lloran, los niños ríen con sus manecitas absurdas, perros que ladran como simples perros, locos más locos. 
          El viejo logra cruzar la puerta. El camino que sigue desaparece en un agujero ilógico. No puede avanzar, irse lejos, huir, se sabe cansado, inútil, yermo.
          Detrás continúan sonando canciones, las ruedas del carro chirrían. 
          Yo me alejo con el horror de entender. 
 

 

El carro de heno. El Bosco (Hieronymus Bosch o Jeroen van Aken). Museo del Prado.




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.