Polvo del camino/ 321
Aquella única vez
(Cuento corto)
Héctor Cortés Mandujano
Mi mamá era una mujer común física, emocional y espiritualmente; Alma, en cambio, nuestra vecina, madre de Enrique, mi mejor amigo, era excepcional: bellísima, una artista en sus movimientos (parecía bailar cuando caminaba), que cantaba como los ángeles, con un cuerpo que era una apología a la perfección femenina.
Mi madre, además, soportó todos los años que vivió a mi padre, que era un asno, y Alma no vivió mucho tiempo con ningún hombre, porque era autosuficiente, culta e inteligente, con variados trabajos que asumía con profesionalismo y probada capacidad. Nos dio prestado dinero para sacarnos de distintos atolladeros y no tardé demasiado en descubrir, desde niño, que estaría irremediablemente enamorado de ella, que no habría nadie que pudiera desplazarla o superarla.
Pasé muchas noches en casa de Enrique y varias veces tuve la oportunidad de que Alma me estrechara contra su pecho. Dormía feliz, entonces, y mi día siguiente era el mejor de todos. Me besó en la frente, en las mejillas, y para mí aquellas ocasiones eran visitas al paraíso.
Pasó el tiempo.
Papá murió y mis dos hermanas y yo comenzamos a trabajar para traer dinero a casa. Enrique siguió siendo mi mejor amigo y Alma, la mujer a la que seguía viendo hipnotizado y la única habitante de mis sueños.
A mis 19 años, resuelto a no tener a ninguna que no fuera parecida o se acercara un poco a mi diosa, era célibe. Quedé solo en casa porque mi madre y ms hermanas hicieron un viaje al mar cercano. No quise ir. Me bañé para leer un rato antes de dormir.
Tocaron a la puerta y pensé que era Enrique. Fui a abrir, con la toalla enredada a mi cintura. Era Alma. Entró y antes de que hablara, por un movimiento torpe que hice, la toalla cayó y quedé desnudo frente a ella.
Me vio, me pareció, entre admirada y divertida.
—Vaya con el niño –dijo.
No me moví. Sentí que tal vez haría el ridículo más espantoso si hiciera la confesión que guardaba desde niño, pero la hice:
—Alma, siempre he estado enamorado de ti.
—Lo sé, precioso –dijo y me abrazó. Luego me empujó con suavidad hasta mi recámara.
Lo que pasó después no podría describirlo con palabras: nací, morí y volví a nacer y a morir, sucesivamente.
Ella, ya vestida, me besó con ternura los labios y me dijo al oído:
—Esto nunca pasó ni volverá a pasar, ¿okey? Sé feliz sin mí, niño hermoso.
Se fue. Oí un ruido en la ventana que daba al patio y que no se me ocurrió cerrar ni cubrir. Era Enrique. Nos había visto, quedaba claro.
Busqué a mi amigo al día siguiente; salimos a caminar, en silencio. Le dije:
—Sé que me odias por lo que pasó ayer.
Suspiró, antes de contestarme:
—No, no te odio, te envidio.

*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.
Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com