Casa de citas/ 300
Efialtes
(Cuento corto)
Héctor Cortés Mandujano
¡300, lector, lectora! Muchas gracias. Te abrazo
No hubo nunca mujeres sino una sola mujer que se repetía,
que se repetía siempre de la misma manera
Juan Carlos Onetti,
en El astillero
1
Confieso sin rubor que desde adolescente soy alcohólico. Probé otras drogas, por supuesto. No sé si fue temor a terminar peor que como me decían iba a terminar con el alcohol, pero el caso es que no me enganché con ninguna de ellas.
Digo esto, porque no recuerdo cómo conocí a Rosa. Igual en un prostíbulo que en un rezo (a veces voy, porque no faltan las copas gratis), lo mismo me daba. Nunca pensé que fuéramos a vivir juntos. Un día desperté en su cuarto pobre, aunque menos miserable que el mío, y decidí quedarme.
Rosa era casi muda. Me veía fijamente y me acariciaba. No me pedía ni dinero ni cariño, aunque nunca me negó ninguna satisfacción sexual, cuando a veces la requería.
Salía a trabajar, creo que lavaba ajeno o era sirvienta, y volvía con dinero que compartía conmigo. Yo compraba lo más que podía de alcohol y me encerraba a beber, bajo el manto de su mudez y de sus ojos sin censura.
2
No sé en dónde conocí a la otra Rosa. Estoy seguro que fue en una borrachera. No sé si antes de esta Rosa muda o después o al mismo tiempo. No soy un mujeriego ni por asomo; salvo el alcohol, no hay nada que me apasione, así es que esta nueva mujer tuvo que haber llegado a mi vida por su propia cuenta.
Y qué manera de llegar. En la bruma de mi memoria recuerdo sus primeras palabras:
—¡Borracho inútil!
Y recuerdo también su primer golpe: con el puño cerrado sobre mi ojo izquierdo. Aullé y lloré de dolor, mientras ella se reía.
Tampoco soy violento. Cuando me acerqué a ella, luego de gritar y gritar, sin conseguir nada más que sus burlas (“ay, la nena, no aguanta ni un golpe de pétalo de Rosa”), sentí cómo me daba con un palo en la cabeza. Me desmayé.
3
Primero, los ojos comprensivos de Rosa me miraban. Después o antes, un balde de agua fría de la otra Rosa me despertaba:
—¡A trabajar, güevón!
En mi cerebro lleno de brumas, pensé que tenía que dejar de tomar para poder entender qué estaba pasando: ¿Quién era la Rosa blanca, quién era la Rosa negra?
Vomité por horas (me metí el dedo el boca para provocarme arcadas), sentí escalofríos por días y resistí lo más que pude hasta sentir que la mano amorosa de una Rosa me acariciaba.
—¿Qué tienes, volviste a tener pesadillas?
—¿Cómo?
—Gritas mi nombre y te levantas a quejarte, a llorar, a decir palabras incomprensibles…
La miré. Sí, eran la misma. Nada más que una estaba en la realidad y otra en mis sueños. ¿Era esta mi sueño y aquella mi mujer real o era esta la de mi realidad y la otra mi pesadilla, mi efialtes?
No pude descubrirlo. Ella me puso en la mano una botella y yo le di un trago largo, un buche lo más sustancioso que pude para ya dejar, por un rato al menos, esta desgraciada vida más de espinas que de rosas.

*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.
Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com