Líneas de desnudo. 127. Pobres criaturas. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 127

Pobres criaturas
Por Manuel Pérez-Petit

Muchas veces sueño con ir al cine, y el sábado, por lo visto, me invitaron. Estaba durmiendo como plasta de pintura e iba como niño con zapatos nuevos. Hacía un chingo que no veía una película en pantalla gigante. Me puse a soñar con palomitas y un espacio oscuro en el que solo yo existiera y la historia mágica de la que estaría siendo espectador me hiciera tirabuzones en la mente. La sola idea sobrevenida de ir al cine y envolverme de sueños me hizo recordar de golpe La Rosa Púrpura del Cairo (1985), de Woody Allen (1935), en que, al modo de Luigi Pirandello (1867-1936), un personaje se escapa de una película para vivir el mundo real, o la mítica Moulin Rouge (1952), del no menos mítico John Huston (1906-1987), en que el pintor y cartelista postimpresionista Toulouse-Lautrec (1864-1901), protagonista interpretado con hermosa lucidez por José Ferrer (1912-1992), recibe en su lecho de muerte las felices visitas fantasmagóricas de sus viejos amigos y compañeros de cabaret y andanzas nocturnas. 
            El cine es mágico, tanto como creer que la escoba de Harry Potter vuela, que Harrison Ford (1942) es un replicante, que la fundición de la campana de Boriska en Andréi Rubliov (1966), de Tarkovski (1932-1986), es la más grande epifanía, que hay galaxias muy, muy lejanas en las que la vida no vale nada como en el desierto de Tabernas para Sergio Leone (1929-1989), autor maldito de obras maestras, aunque siempre quede la esperanza de un acto legendario que salve el universo, ejecutado por algunos que dejan de ser personas por quién sabe qué alquimia y que se suben sobre sí mismos para ampliar los horizontes y hacerlo compartible.
En mi sueño de rosas recordaba la última vez que fui al cine como una foto de una noria oxidada en color sepia y me sentía feliz como rehilete volandero de feria, abierto como asombrosa esponja gigantesca a toda la magia que pueda existir... Me habían dado a elegir película, y viendo a Emma Stone (1988) en el cartel no tuve que pensarlo. Entré a la sala, me senté, de queso como soy, absorto en la pantalla, y no sabiendo qué esperar me encontré con una historia de papel de seda y unos personajes que ya quisiera yo desarrollar en mis novelas. En la época victoriana, Bella Baxter, una mujer londinense embarazada, se suicida tirándose al Támesis. Su cuerpo es recogido por el doctor Godwin Baxter, que bien podría ser hijo de Frankenstein, papel interpretado con una madurez impactante y sin histrionismos por Willem Dafoe (1955), que le implanta el cerebro de su bebé no nacido, la educa y concierta su matrimonio con un alumno suyo, pero ella se escapa –¡y vaya papel el de Mark Ruffalo (1967)! con el abogado que está escribiendo el contrato prenupcial, mucho más allá del feminismo con que la elogian algunos, a descubrir qué es la libertad y en qué consiste el mundo... 
Y, ¿qué creen? Pobres criaturas (2023), de Yorgos Lanthimos (1973), película de ensoñación maravillosa y de estética mucho más que onírica convincente, da razones de muchos quilates a los que seguimos creyendo que el cine, aun siendo fruto de un trabajo colectivo y en gran parte técnico, es un arte, que aún hay películas que son verdaderas obras artísticas, llenas de motivos para soñar y recrear una y otra vez el mundo sin descanso. Y yo me sentía crecer al recordar que más o menos desde el cretácico inferior no pisaba una sala de exhibición, y haberlo hecho para esta monumental fantasía, llamada a perdurar en la memoria, es extraordinario, como mis sueños lo son, porque al momento, sabiendo incluso ya que le pondría un 9 sobre 10 pues le sobran un par de escenas, y a punto de salir a la calle, arrullado por el runruneo de los tranvías voladores, desperté.
Cartel de la película Pobres criaturas.
Fuente de la imagen: https://www.academiadecine.com/actividades/pobres-criaturas/ 

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Periodista, editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado docente y gestor cultural. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano. Desde diciembre de 2023 es director editorial de Almuzara México.

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