Líneas de desnudo. 80. Estamos aviaos. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 80

Estamos aviaos
Por Manuel Pérez-Petit

Vengo reflexionando hace días. Frente a la muerte por decreto de la cultura, la poesía –y, con ella, por extensión, todo el arte– debería ser esa vía de salvación que anhelamos encontrar ante la petrificación del mundo, ese fuego purificador y tantas veces olvidado –el que reside en todos y que aunque apaguemos no desaparece– que se reclama en el campo de batalla de la propia vida, en ese mismo en el que habremos de dilucidar si volvemos a la luz o nos volvemos de ceniza, si vivimos nuestro tiempo o lo consumimos a secas, tal y como Michael Ende (1929-1995) plantea en “Momo”. Pero esto no es popular, y los que gobiernan el mundo desde cualquier poltrona de poder no solo se niegan a darle importancia alguna al asunto sino y lo destierran de su agenda sino que lo proscriben.
            En la antigüedad, el arte era fruto de un asombro ingenuo ante el mundo y era magia, pero ya Giambattista Vico (1668-1744) en tiempos modernos aclaró que esa ingenuidad se perdió aunque a través de la poesía se podría volver a ella, e Italo Calvino (1923-1985) en su “Seis propuestas para el próximo milenio” afirmó: “Hay cosas que solo la literatura puede dar con sus medios específicos”. Estoy convencido de que en esto consiste la fe en el futuro de la literatura y el arte, y es su reto. Un reto que debe tener en cuenta su deuda con Hermes-Mercurio, el dios que bajo el nombre de Toth inventó la escritura, y es el motivo de la defensa de la poesía, que no está ya en una separada e inaccesible “torre de marfil”. Su torre es “la piedra del tiempo”, pero, por algo inexplicado aún, trasciende también el tiempo. Es ahistórica y suprapolítica, no histórica, política o apolítica. Es libre. Las naciones son históricas, son políticas. El arte no entiende de mayorías ni de consensos ni de democracias o dictaduras. Y por esa grieta puede evitar las consecuencias de la tiranía adoquinada y aplastante de la Era distópica.
            Pero no existe, no obstante, arte sin artistas. Con un grado de inconsciencia aterrador a día de hoy nuestra narcotizada sociedad sigue sin reclamarlos, que eso también hay que tenerlo en cuenta, pero cuando los identifica se levanta sobre sí misma y está en condiciones de afrontar los terribles retos que existen. El poeta Pere Gimferrer (1945) dijo: “Todo arte no es sino un punto de vista para ver el mundo –un instante solo–, no como idea vivida día a día, sino como presencia que, de súbito, estalla ante nuestros ojos”.  
            Y así como ninguno de nosotros puede ni debe estar determinado tampoco por su pasado no es menos cierto que tampoco podemos obviarlo, y en este sentido se entiende la afirmación de Octavio Paz (1914-1998): “la indiferencia respecto a la propia historia es un índice de madurez”. En su libro “La derrota del pensamiento”, que despertó muchas conciencias a finales de los años ochenta del siglo XX, el filósofo francés Alain Finkielkraut, defendiendo el espíritu de la Ilustración, desarrolló la historia del “Volksgeist”, maldito espíritu por el que los seres humanos están determinados por su pasado, lo que impide la instauración definitiva del universal, libre y progresista espíritu ilustrado. Sin embargo, la espada que lanza se vuelve contra él y sus planteamientos, porque es en concreto el espíritu que defiende la causa de la atomización del saber de la que se queja, en una sociedad en la que da igual un videojuego que una ópera de Verdi. No creo de verdad que la solución esté en recuperar el espíritu del siglo XVIII, sino más bien en valores más perennes, acerca de los cuales hablaremos pronto. 
            La necesidad del arte, que es fruto de la pérdida de nuestra condición original, al menos en el mundo Occidental, urgiendo hoy quizá más que nunca está también hoy más aletargada que nunca, casi nulificada. O sea, que el panorama es de terror. O nos ponemos en marcha o estamos, como diría el clásico, aviaos.
Acebuche en Córdoba, España, 2009.
Fotografía: ©M. P.-P.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

4 comentarios sobre “Líneas de desnudo. 80. Estamos aviaos. Manuel Pérez-Petit

  1. Muy bonito. Pero parte de dos premisas que habrían de demostrarse. A.- Muerte por Decreto de la cultura. Pero Decreto de ¿quien?, ¿de cuando?, ¿donde está publicado para estudiarlo?. Ya se que es una mera metáfora, pero esa situación de muerte no natural, sino con violencia, premeditación y alevosía, esto es, asesinato, no sabemos como, cuando y en qué situación se ha producido o se está efectuando. Asesinar la cultura es desplazarla de la vida social para lo que hay muchos medios pero siempre desde los estrados de los poderes. Tal vez yo sea sordo de los dos ojos, pero ni lo siento, ni lo veo. Postura, además, ahistórica y antihistórica; ha habido grandes simas oscuras, pero la cultura siempre hase comportado como Ave Fénix en todo lo conocemos de los últimos doscientos mil años, día más o día menos, del homo sapiens
    B.- Ante la petrificación del mundo. Desconcertante afirmación. Puede que toda mi extrañeza sea producto obligado de mi incultura. Pero nos surgen dos interrogantes, a saber ¿en qué consiste esa “petrificación? y ¿qué se entiende por cultura y por incultura?.
    Porque ello a su vez nos pregunta ¿que es, a vía de ejemplo, la Venus de Hohle Fels del valle del Ach en Suabia?. ¿Un producto culto o inculto?. Con sus cuarenta mil años de edad (chispa más o menos), su autor o autora ¿sabía de la nobleza de su marfil de mamut? ¿o de las exageraciones, creemos que intencionales, de sus partes, de exageradas esteatopigias, del prescindir de su cabeza para en su lugar poner un artilugio de colgante?.
    Muy bonito el artículo indudablemente, aunque creo le sobra erudición, pero entiendo que no pasa de bella estatua conceptual sin siquiera pies de barro.

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